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India protagoniza la era del orden fragmentado.

La moda india emerge como polo autónomo en un panorama global fragmentado

La industria de la moda mundial, históricamente jerarquizada en torno a capiteles como París, Milán o Nueva York, experimenta una reconfiguración profunda. En medio de una era definida por la fragmentación de las tendencias y la redistribución del poder creativo, India no solo consolida su presencia sino que redefine las reglas del juego. Su ascenso ya no se lee como una promesa futura, sino como una realidad tangible que desafía los modelos establecidos. Lejos de ser un mero espectador, el subcontinente se posiciona como un centro de decisión independiente, capaz de influir en los códigos estéticos globales sin sucumbir a las presiones de homogeneización.

Esta transformación no es fortuita. Durante décadas, la identidad moda india se vio reducida a estereotipos folclóricos o a un mercado de producción de bajo costo para marcas occidentales. Hoy, sin embargo, una nueva generación de creadores transpone esos límites. Diseñadores como Sabyasachi Mukherjee, Rahul Mishra o Anita Dongre no solo inundan las alfombras rojas internacionales con estéticas que mezclan handcraft tradicional —bordados zardosi, tejidos ikat, sedas de Varanasi— con siluetas contemporáneas, sino que encabezan un movimiento que reivindica la artesanía como lenguaje de lujo. Su crecimiento refleja una estrategia de autonomía clara: en lugar de buscar validación en las capitales de moda tradicionales, han construido ecosistemas propios, con Weeks de la Moda en Mumbai y Delhi que atraen compradores globales y atención mediática.

Esa independencia operativa adquiere especial relevancia en un contexto donde las cadenas de suministro y los flujos de tendencias se han vuelto volátiles. La pandemia y las tensiones geopolíticas pusieron en evidencia la fragilidad de un sistema dependiente de unos pocos polos. Mientras muchas marcas occidentales replanteaban su producción, la industria textil india, con su escala y diversidad —desde el algodón de Gujarat hasta los tejidos de seda del sur—, demostró una resiliencia estructural. No se trata solo de capacidad manufacturera, sino de un conocimiento técnico ancestral que hoy se exporta como valor diferencial. Países como España, con una tradición textil fuerte, observan con interés cómo estas propuestas logran penetrar en mercados exigentes, ofreciendo sofisticación sin perder autenticidad.

Paralelamente, el fenómeno Bollywood y el boom del entretenimiento indio en plataformas globales han actuado como altavoz involuntario. Serie como «El juego del calamar» (aunque coreana) o la influencia de producciones indias en Netflix han popularizado estéticas que antes permanecían locales. Vestuarios con colores vibrantes, joyería statement y mezclas audaces han calado en el imaginario colectivo internacional, creando una demanda orgánica por productos que evoquen esa vitalidad. Este soft power moda es un activo que el Estado indio, a través de iniciativas como «Make in India», ha comenzado a capitalizar, apoyando la internacionalización de sus diseñadores.

Sin embargo, el camino hacia la consolidación como polo estabilizador —en la lógica de un orden multipolar— no está exento de sombras. La competencia con China en producción de bajo costo sigue siendo feroz, y la presión por estándares de sostenibilidad, una exigencia cada vez más no negociable en mercados europeos, plantea desafíos. India debe demostrar que su crecimiento no sacrifica el medioambiente ni los derechos laborales, un requisito para ser percibida como un líder responsable. Además, debe navegar la tensión entre la masificación —que podría diluir su propuesta de lujo artesanal— y la exclusividad, que garantiza prestigio pero limita alcance.

La dimensión interna también pesa. La credibilidad de India como alternativa a los modelos occidentales de moda descansa, en parte, en su pluralidad democrática y en la supervivencia de sus tradiciones artesanales frente a la industrialización acelerada. Si la modernización se traduce en pérdida de técnicas ancestrales o en desigualdades regionales acusadas, su discurso de autenticidad se resquebrajaría. La moda, como expresión cultural, refleja la salud institucional del país. Por eso, su proyección exterior debe ir acompañada de políticas que protejan a los artesanos, muchos de ellos en zonas rurales, y que fomenten una innovación que dialogue con el pasado sin replicar fórmulas coloniales.

El paralelismo con la geopolítica es evidente: en un mundo donde la confianza en los garantes tradicionales se erosiona, los actores medianos buscan autonomía. India aplica ese principio a la moda: diversifica sus socios comerciales, cultiva alianzas con plataformas digitales como Instagram o Amazon para llegar directo al consumidor, y evita depender exclusivamente de las ferias de moda europeas. Su lema podría ser «ni alineación ni aislamiento», sino flexidad estratégica. Esta postura le permite jugar en múltiples ligas: es proveedora de materia prima y conocimiento para Occidente, pero también createora de narrativas propias que cautivan a una clase media global ávida de significados más profundos que el fast fashion.

Para el lector español, esto se traduce en un acceso cada vez mayor a propuestas indias de alta gama en Madrid o Barcelona, tanto en boutiques especializadas como en grandes almacenes. Marcas indias de joyería, ropa de hogar o accesorios están encontrando nichos en un mercado que valora la artesanía y la historia. Además, la tendencia slow y la búsqueda de autenticidad —pilares de la moda sostenible— encuentran en la artesanía india un aliado natural. Quienes incorporation piezas hechas a mano por comunidades de tejedores no solo adquieren un producto, sino una historia de resistencia cultural.

En definitiva, India está protagonizando su momento en la moda global no por mero crecimiento económico, sino por una combinación única:Scale industrial, profundidad cultural, y una política exterior de autonomía que ahora se traslada al terreno estético. Su capacidad para convertirse en un verdadero «tercer polo» —distinto de los bloques occidental y chino— dependerá de su habilidad para transformar reconocimiento en provisión de bienes públicos en el sector: no solo vender productos, sino establecer estándares éticos, impulsar la innovación en materiales sostenibles y ofrecer espacio a voces diversas dentro de su propia industria. La moda, como la geopolítica, ya no se trata de imposición, sino de capacidad de atracción. Y en esa nueva gramática, India está dictando sus propias reglas.

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Escrito por Redacción - El Semanal

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