La intersección entre la disciplina física y la estética personal ha encontrado un inesperado campo de estudio en las aportaciones de Benjamin Chen, empresario y artista marcial de alto nivel,whose metodología trasciende el salón de entrenamiento para infiltrarse en la jornada laboral y, de manera pronounced, en la construcción de una identidad visual coherente. Su reciente obra, «Lessons From The Mat», propone doce principios extraídos de artes como el Hapkido o el Brazilian Jiu-Jitsu que, lejos de quedarse en el ámbito corporativo, ofrecen un marco de action para quienes entienden el vestir como una extensión de su proyección profesional y personal.
El primer y más sólido de estos postulados es el concepto de «Postura de Combate» o «Ready Stance». En el dojo, una base inestable anula cualquier técnica, por brillante que sea. Trladado al terreno del estilo, este principio aboga por la edificación de un armario fundamental impecable. Se trata de invertir en piezas de calidad excepcional, corte perfecto y neutralidad cromática —un traje de sastre bien confeccionado, un abrigo clásico, camisas blancas de algodón pima, unos pantalones de lana de peso adecuado— que funcionen como columnas vertebrales sobre las que articular cualquier outfit. Este armazón, sólido y atemporal, proporciona la seguridad necesaria para incorporar después elementos de tendencia o más personales sin perder autoridad. La moda rápida y las compras impulsivas serían, en esta metáfora, la equivalente a una postura descuidada: un riesgo de caída ante la primera adversidad.
La segunda herramienta clave es lo que Chen denomina «Conectar», la capacidad de leer el flujo de energy del adversario. En moda, esto se traduce en una observación aguda del contexto y del público. No se trata de seguir ciegamente las pasarelas, sino de interpretar las señales del entorno: el código de vestimenta de una industria, la climatología, el mensaje que se desea transmitir en una reunión crucial. Un profesional que «conecta» con su circunstancia viste no solo para sí mismo, sino en diálogo con su audiencia, anticipando necesidades y lecturas. Este principio exige alejarse del espejo y analizar el ecosistema, evitando así el clamoroso error de la desconexión estética, que resta credibilidad antes de articular palabra.
La tercera estrategia, «Ippon», el golpe definitivo que decide un combate, encuentra su correlato en la búsqueda de la pieza transformadora. En lugar de acumular veinte accesorios de baja entidad, la filosofía marcial sugiere identificar esa una prenda o complemento —unos zapatos de diseño inequívoco, un bolso de artesanía excepcional, un reloj de herencia— que eleva y redefine cualquier combinación básica. Es el «golpe de efecto» controlado y significativo, no el alboroto decorativo. Invertir en este «ippon» del vestuario genera un retorno de imagen desproporcionado respecto a su costo, ya que concentra la atención y comunica sofisticación y criterio.
Particularmente relevante para el dinámico panorama laboral actual es el teachings sobre «Tu Círculo». En la negociación o en la gestión de conflictos, los artistas marciales aprenden a centrarse únicamente en lo que pueden controlar: su propia respiración, su posición, su respuesta. Aplicado al estilo, este principio supone desligar la propia valía y decisión de moda de factores externos incontrolables: los vaivenes de las tendencias, las opiniones no solicitadas, la comparación obsesiva con otros. Se trata de definir un propio canon estético basado en la forma corporal, los valores personales y los objetivos profesionales, y defenderlo con serenidad. Esta autonomía visual es un poderoso mensaje de liderazgo y seguridad en uno mismo.
El enfoque de Chen también subraya la importancia de la «Preparación Voluntaria para la Incomodidad». En un mundo de continencias híbridas y eventos informales, entrenarse para situaciones formales —llevar traje en un viaje de negocios, un smoking para una gala— mantiene la musculatura de la elegancia activa. La comodidad como dogma conduce a un uniforme gris y anodino. La preparación para lo exigente, por el contrario, amplía el repertorio y garantiza que, cuando la ocasión lo requiera, la transición hacia un código más elevado sea automática y sin estrés.
Finalmente, su mención al «Mindset de Cinturón Blanco» —la humildad de quien, incluso siendo experto, se mantiene en estado de aprendizaje— es una lección crucial para el mundo de la moda. Rechazar la arrogancia del «ya lo sé todo» permite seguir explorando, adaptándose a los cambios silenciosos en tejidos y cortes, y, sobre todo, respetar la evolución natural del estilo personal. La identidad visual no es una fortificación, sino un río que se adapta al terreno sin perder su esencia.
En síntesis, la propuesta de Benjamin Chen transforma la elección de vestimenta de un acto superficial o de consumo en un ejercicio de estrategia, autoconocimiento y resiliencia. No se trata de vestir como un luchador, sino de adoptar la mentalidad del estratega: con una base inquebrantable, una lectura aguda del entorno, movimientos económicos y decisivos, y una disciplina que supera elgusto pasajero. En una era de saturación visual y cambios acelerados, esta filosofía ofrece un ancla: la moda como arte marcial, donde el verdadero estilo se forja en la disciplina callada y la estrategia consciente, mucho antes de pisar el ring de la vida pública.
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