La 78ª edición de los Premios BAFTA, celebrada en el Royal Albert Hall de Londres, no solo consolidó las principales figuras del cine internacional, sino que también desplegó una significativa retrospectiva sobre las corrientes estilísticas que definirán la temporada de alfombras rojas. Más allá de las estatuillas, la narrativa visual de la noche se construyó sobre siluetas reinventadas, la hegemonía del couture reinterpretado y la omnipresente influencia de las plataformas de streaming en la estética celebrity.
El regreso a la formalidad clásica se impuso como la tendencia predominante entre la mayoría de las asistentes. Los vestidos de corte princesa, con voluminosas faldas en tul o seda vaporosa, y los trajes sastre deconstruidos con pantalones de corte ancho, evidenciaron un giro hacia la elegancia arquitectónica. Firmas como Schiaparelli, con su juego de metáforas surrealistas en dorado, y Bottega Veneta, con su artesanía en piel sin costuras, acapararon las elecciones de las nominadas a mejor actriz. Este revival del glamour old Hollywood, sin embargo, estuvo matizado por un audaz uso del color: los verdes esmeralda, los rojos carmesí y los azules zafiro teñieron la alfombra en un contraste deliberado con el negro omnipresente de las galas anteriores.
El momento de mayor tensión estilística, y que generó múltiples comentarios en el área de prensa, involucró al nominado Paul Mescal. El actor irlandés, conocido por su estilo desenfadado, optó por un esmoquin de terciopelo azul noche de una casa italiana poco convencional en estos certámenes. Según pudo observarse, un supuesto comentario sardónico proveniente de un colega de profesión durante la ceremonia —que trascendió rápidamente en los corrillos— pareció provocar su visible sonrojo, captado por las cámaras de televisión. Este episodio subraya la presión mediática que rodea no solo el trabajo actoral, sino también la performatividad de la imagen pública, donde cada gesto y elección textil se escruta milimétricamente.
El homenaje institucional a la monarquía británica, con la presencia de la Princesa de Gales, Catherine, en un vestido de tono ivory de su diseñador de cabecera, representó el polo opuesto: una contención institucional y un mensaje de continuidad. Su look, centrado en la simplicidad de la silueta y la calidad de los tejidos, funcionó como un contrapunto serio a la osadía de otras propuestas, reafirmando el código no escrito de la vestimenta real como herramienta de comunicación política.
Pero fue en la afterparty organizada por Netflix, rumoreada como el verdadero epicentro del networking de alto nivel, donde las reglas se relajaron por completo. La plataforma, que acumuló un número récord de nominaciones, utilizó su fiesta privada en un club del oeste de Londres para proyectar una estética de «lujo relajado» o quiet luxury. Allí, estrellas de sus producciones más exitosas aparecieron con conjuntos de punto firmados, chaquetas de cuero perfecto y jeans de alta costura, borrando la línea entre el día y la noche. Este será, sin duda, el código que se imponga en las futuras cenas de productores y actores: una sofisticación sin esfuerzo que privilegia la comodidad y la marca personal por encima del protocolo de la gala.
Para el lector interesado en trasladar estas tendencias a su armario, el análisis de esta edición de los BAFTA deja several claves accionables:
- El esmoquin no es solo negro: La propuesta en terciopelo o satén de colores profundos (azul, burdeos, verde) se posiciona como la alternativa definitiva para el hombre que busca distinción.
- La falda amplia es la nueva falda tubo: Busca diseños en tejidos con caída (lana merina, crepé, seda) que se muevan al caminar, ofreciendo un dramatismo elegante y favorecedor para casi todas las figuras.
- Inversión en un «blazer» de corte impecable: Es la pieza clave del smart casual. Un corte en los hombros y una caída perfecta en un color neutro (beige, gris pizarra) elevará cualquier conjunto básico.
- Joyas de autor como punto focal: En lugar de acumulación, la tendencia apunta a una única pieza de joyería de autor —un collar escultural o un broche— que dialogue con el vestido.
Los BAFTA 2026 han sido, en última instancia, un termómetro de la contradicción actual de la moda de premiación: por un lado, un ansia de tradición y排场; por otro, una revolución silenciosa impulsada por las nuevas narrativas de las plataformas que dictan que la autenticidad y la personalidad son el lujo más codiciado. La verdadera historia de la noche no se contó en los discursos de agradecimiento, sino en los hilos, las telas y las siluetas que desfilaron entre bastidores.
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