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Este domingo, el partido de los ex FARC colombianos se juega su supervivencia.

En medio de la vorágine electoral que vive Colombia este domingo, un partido con un pasado armado libra una batalla no solo en las urnas, sino también en el terreno de la percepción pública. La antigua guerrilla de las FARC, hoy convertida en la fuerza política Comunes, enfrenta su prueba más crítica: sobrevivir como alternativa viable en un escenario democrático que aún los mira con recelo. Y en esta estrategia de supervivencia, la moda se ha erigido como un lenguaje silencioso pero potentísimo.

Hace una década, la imagen de un comandante fariano estaba asociada a uniformes verde oliva, botas militares y un austerity visual que reflejaba su doctrina de lucha clandestina. Hoy, los candidatos de este partido desfilan por plazas públicas con camisas de lino, chaquetas casual y calzado urbano. No es un mero cambio de guardarropa; es una reinvención calculada. Asesores de imagen, algunos contratados de forma discreta, han trabajado en suavizar los rasgos que evocan un pasado de conflicto, apostando por una estética que dialoga con el votante urbano y las nuevas generaciones. Según analistas consultados, el uso de colores tierra y tonos pastel en sus materiales de campaña busca evocar tranquilidad y conexión con la tierra, abandonando el rojo revolucionario por una paleta más reconciliatoria.

Esta transformación estética no surge del vacío. En una región donde líderes como el expresidente uruguayo José Mujica o la vicepresidenta argentina Cristina Fernández han utilizado su imagen para construir relatos, la moda se ha consolidado como un recurso estratégico. En Colombia, donde el estigma contra los exguerrilleros permanece, cada gesto y prenda es escrutado. Un candidato que usa una camiseta de una banda local en un municipio del Catatumbo envía un mensaje de arraigo diferente al que proyecta otro con un blazer impecable en Bogotá. La adaptación contextual es clave, y aunque algunos críticos tachan esta evolución de superficial, dentro del partido la defienden como parte indispensable de un proceso de reinserción integral.

Los desafíos, sin embargo, son monumentales. Más allá de la ropa, el electorado duda de su capacidad de gobernar. Las encuestas sitúan a Comunes con un apoyo residual, lejos del umbral que les permitiría mantener personería jurídica. Su supervivencia depende de conquistar a un electorado joven que, aunque menos prejuicioso, prioriza propuestas concretas sobre narrativas históricas. Aquí, la moda jugaría un papel secundario: sirve para abrir puertas, pero no para construir programas. El vacío entre la imagen renovada y la oferta política tradicional persiste, y muchos observadores señalan que sin un contenido ideológico claro y alejado de su pasado armado, incluso el estilo más pulido no bastará.

Desde una perspectiva española, el fenómeno recuerda a procesos de reconciliación en otras latitudes, donde la simbología visual ha sido instrumental. El caso de Sudáfrica postapartheid, con la estrategia de comunicación del ANC, o incluso la evolución del vestuario de ETA en sus últimos años de actividad política, muestran patrones similares: la ropa como señal de normalización. No obstante, en Colombia el contexto de violencia residual y narcotráfico complica cualquier analogía. La moda, en este tablero, es un factor más entre muchos, y su impacto real sigue siendo difuso.

Para el lector interesado en las dinámicas de poder, este escenario subraya una verdad incómoda: la política también se consombe a través de los ojos. La ropa no cambia los hechos, pero puede modular las emociones. Mientras las urnas definan el futuro de Comunes, sus chaquetas de mezclilla y sus camisas sin planchar seguirán enviando un mensaje tan deliberado como cualquier eslogan de campaña. En un país cansado de décadas de conflicto, la pregunta ya no es solo qué proponen, sino cómo se atreven a presentarse. Y en esa respuesta, cada costura cuenta.

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Escrito por Redacción - El Semanal

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