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El orden liberal basado en reglas fracasa en el mundo actual

El colapso del orden internacional basado en normas que emergió tras el fin de la Guerra Fría ya no es un debate académico; es una realidad palpable en la diplomacia global. Lejos de la tesis del «Fin de la Historia», este sistema, diseñado para perpetuarse, ha llegado a su madurez en un estado de profunda crisis o, según muchos analistas, en su ocaso definitivo. Su fracaso no se debe únicamente a la aparición de figuras disruptivas en el escenario mundial o al ascenso de nuevas potencias, sino a una contradicción estructural que lo invalidaba desde su nacimiento: la imposibilidad de construir un orden liberal bajo la égida de una hegemonía absoluta.

Los cimientos teóricos de un sistema político liberal, ya sea en un Estado-nación o en el ámbito internacional, son claros. Exigen, en primer lugar, que la norma de derecho vincille por igual a gobernantes y gobernados. En segundo lugar, demandan la existencia de contrapesos sustanciales al poder, mecanismos que limiten la capacidad de actuación de cualquier líder o grupo gobernante, ya sea mediante la separación de poderes o la necesidad de obtener consenso entre actores independientes. La arquitectura del mundo de pos-Guerra Fría ignoró olímpicamente estos principios en su dimensión supranacional.

Con la desaparición de la Unión Soviética, Estados Unidos se erigió como una potencia hegemónica sin contrapeso real. Su libertad de acción en el exterior superó con creces la de cualquier gran poder en la historia moderna, una condición que el entonces ministro francés Hubert Védrine calificó acertadamente de «hiperpotencia». Las únicas restricciones significativas a su pouvoir were de carácter interno: los límites impuestos por la opinion pública y los costos políticos domésticos. La ausencia de equivalencia en el poder de negociación internacional hizo que, en la práctica, no existiera un sistema de frenos y contrapesos global.

El resultado fue la paradoja predicha por la propia teoría liberal: un actor desatado, aunque inicialmente promotor de valores como el libre comercio o el derecho internacional, terminó por socavar sistemáticamente las estructuras que había ayudado a crear.Operando al margor de las constraintes externas, cada cambio en la voluntad política interna de Washington tenía el potencial de desmantelar pilares del sistema multilateral.

Los ejemplos son elocuentes. Tras los atentados del 11-S, la administración Bush invadió Irak en 2003 sin el amparo de una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU, ignorando el propio marco legal que había contribuido a establecer. El浮夸 recurso a la tortura y la creación de un vacío legal en Guantánamo dañaron de forma irreversible la credibilidad de las convenciones internacionales sobre derechos humanos. Asimismo, la renuencia crónica de Estados Unidos a ratificar tratados clave —desde la Convención del Mar hasta el Tratado sobre el Comercio de Armas—, a menudo después de haber moldeado su contenido, envió el mensaje de que las normas eran para los demás. En materia comercial, una vez que la opinión pública estadounidense viró hacia el proteccionismo, las administraciones, comenzando por la de Obama, socavaron deliberadamente el sistema de la OMC mediante el bloqueo de su órgano de apelación y la proliferación de sanciones unilaterales de alcance extraterritorial.

Esta fragilidad inherente significa que, más allá de la figura de un Trump o de cualquier otro líder, el orden liberal post-Guerra Fría estaba condenado a una crisis terminal. Basta con imaginar un escenario alternativo: en un mundo donde ese presidente nunca hubiera existido, otra disyuntiva interna o un cambio en la política exterior habría desencadenado, más temprano que tarde, una crisis similar. Un sistema que puede ser destruido unilateralmente por su principal arquitecto y garante no es, en esencia, un sistema de reglas; es un instrumento al servicio de una voluntad hegemónica.

Por tanto, cualquier intento futuro por reeditar un orden global estable debe aprender de este error fundamental. No se trata de rescatar retórica liberal, sino de construir una arquitectura donde el poder sea genuinamente distribuido y constreñido. Esto implica, primero, diseñar mecanismos que garanticen que cualquier tratado internacional vinculante para Estados Unidos tenga supremacia automática sobre su derecho interno, eliminando la puerta giratoria de la ratificación condicional. Segundo, y más crucial, requiere abandonar la idea de un líder global único. La estabilidad duradera solo puede surgir de un liderazgo plural, ejercido por múltiples potencias —democráticas y no democráticas— capaces de moderarse mutuamente en un espectro amplio de políticas globales. Solo un orden reglado, arraigado en principios estructurales de limitación del poder y no en la benevolencia de un hegemón, tendrá alguna oportunidad de perdurar.

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Escrito por Redacción - El Semanal

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