La decisión de la administración estadounidense de retirarse de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) en 2025, citing un supuesto sesgo anti-israelí, no es un hecho aislado. Se inscribe en un patrón más amplio de desafíos al andamiaje institucional multilateral que ha definido las relaciones internacionales desde la Segunda Guerra Mundial. Este gesto, que recuerda a las retiradas similares de las administraciones Reagan y Trump en décadas anteriores, pone sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿está el orden internacional basado en reglas undergoing una transformación evolutiva o, por el contrario, una descomposición acelerada?
El epicentro de esta controversia se sitúa en la tensión entre dos fuerzas aparentemente contradictorias. Por un lado, el regreso explícito a una política de poder cruda, donde los intereses nacionales unilaterales se imponen mediante la coerción económica —como aranceles— o la reivindicación de esferas de influencia históricas, como la Doctrina Monroe. Por otro, el intento de construir parallelismos institucionales, como la «Junta de Paz» propuesta por el expresidente Trump para Gaza, que opera al margen del Consejo de Seguridad de la ONU. Este fenómeno sugiere que no se trata simplemente de un triunfo del realismo político, sino de un experimento caótico para reconfigurar el sistema, acelerando un rumbo hacia la multipolaridad, aunque sea a través de mecanismos inestables yad hoc.
Las señales de fatiga institucional son históricamente profundas. El veto de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad, por ejemplo, ha sido objeto de critique constante durante décadas, considerado un anacronismo que paraliza la acción ante conflictos como el de Ucrania o Gaza. La capacidad de una superpotencia para ejercer la unipolaridad dentro de estas estructuras, utilizando tanto el poder duro como el blando, ha parecido más viable que actuar contra ellas. Sin embargo, cuando esa misma potencia comienza a erosionar los cimientos —mediante recortes a la ayuda exterior, la dilación de cuotas a la ONU o la promoción de planes que ignoran el derecho internacional—, el resultado no es una estabilidad renovada, sino un vacío que alimenta la incertidumbre y la vulnabilidad ante cambios de gobierno internos.
El caso palestino actúa como un prisma que magnifica estas contradicciones. La propuesta de Trump para transformar Gaza en una «Riviera» tras la reocupación, avalada por una resolución del Consejo de Seguridad (la 2803) con un tono abiertamente colonial, ilustra la hibridación entre discursos de desarrollo económico y proyectos de anexión. Mientras tanto, la reacción desigual ante los ataques de Israel contra Qatar frente a sus agresiones contra otros estados, o la impunidad concedida a Emiratos Árabes Unidos por su papel en Sudán, revelan una lógica de pragmatismo mercantilista. La estabilidad y la legitimidad, parece sugerirse, pueden ser compradas o impuestas por actores con recursos suficientes, marginando la moralidad y los derechos humanos, tradicionales pilares discursivos del orden liberal.
Paradójicamente, este descaro en la violación de las normas ha expuesto la hipocresía acumulada del sistema. La concesión del Premio Nobel de la Paz a una figura venezolana que apoyó la guerra en Gaza, y su posterior entrega simbólica a Trump, encapsula la tragicomedia de una política donde los símbolos pierden su significado original. Las naciones europeas, otroraladeras de la ortodoxia liberal, se encuentran desorientadas ante la varya unilateral de Washington, forzadas a confrontar su propia duplicidad al aplicar principios de manera selectiva durante décadas.
No obstante, subestimar la capacidad de resiliencia del sistema sería un error. El propio Congreso de EE.UU. ha frenado recortes extremos en ayuda exterior, manteniendo financiación clave para la ONU. Y en el plano social, el descontento público —observado en elecciones municipales en Nueva York o en las revelaciones de los archivos Epstein— podría germinar como una fuerza correctiva. La transformación或许是 inevitable, pero su dirección final dependerá de choque entre la élite adaptada a un «neocapitalismo» de rasgos neocoloniales y una ciudadanía global que aún reclama democracia y justicia. Lo único cierto es que el viejo relato de un orden regido por reglas universales ha perdido su credibilidad. Hoy, la política internacional se escribe más en los consejos de administración de las petroleras y en los rascacielos de las capitales, que en los hemiciclos de Ginebra o Nueva York.


GIPHY App Key not set. Please check settings