Un 0-2 en la ida de una eliminatoria convierte la clasificación del derrotado en algo improbable. Sin embargo, el fútbol tiene muchos matices que admiten miradas más condicionadas. El Barça sabe que tiene la Champions casi perdida, que no tiene que conservar nada ni tener miedo a que se le escape algo. Puede apelar a la versión más desinhibida, la más natural en los planes de Hansi Flick. O firma una remontada histórica como visitante, o se queda otra vez a medio camino en la Champions. La primera opción sería extraordinaria, a estas alturas de la ronda la segunda sería la más convencional.
El objetivo blaugrana debe ser un gol. Ni tres, ni tan sólo dos. Quizás no tenga que pensar tanto en la remontada, sino simplemente en estar en disposición de remontar. Y eso sólo está a un gol, no a tres como en la Copa. Si consigue marcar, algo que esta temporada ha pasado siempre que ha acabado con once jugadores en el campo, empieza otro duelo. Cambian las emociones, se modifica el escenario y aparece otra realidad. El Atlético tendría que evitar el miedo a perder. Se trata de un equipo que hubiese entendido quedar fuera de la Champions en cuartos hasta el resultado de la ida, ahora ya no lo puede asumir. No se lo podría perdonar. Debe convivir con la etiqueta de favorito absoluto, aquella que lucha por alejar día a día, casi como un lema de vida. No acabó de digerirlo bien, por ejemplo, en la segunda parte del Camp Nou en superioridad numérica, donde se protegió más que se expuso para ampliar la distancia. Se sintió extraño, como le pasará en la vuelta en casa.



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