La industria de la moda global, tradicionalmente锚ada en flujos comerciales dominados por potencias occidentales, experimenta una reconfiguración profunda impulsada por la consolidación de bloques económicos emergentes. El grupo conformado por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica —conocido como BRICS y ahora ampliado con economías como Egipto, Emiratos Árabes Unidos o Indonesia— ha trascendido su origen como mera categoría financiera para convertirse en un eje decisivo en las cadenas de valor del textil y el lujo. Su evolución, lejos de ser un fenómeno abstracto de geopolítica, tiene implicaciones directas en la procedencia de las materias primas, la logística de distribución y incluso los sistemas de pago que mueven millones en ropa, calzado y accesorios cada año.
La primera gran transformación es cuantitativa. Según datos de organismos multilaterales, los intercambios comerciales entre países del Sur —muchos de ellos miembros o asociados del BRICS— ya representan una quinta parte del comercio mundial de bienes. En el sector moda, esto se traduce en un crecimiento exponencial de la manufactura en países como Vietnam o Bangladesh, que ahora son socios comerciales clave de India y China, y en el acceso directo de naciones como Brasil o Indonesia a mercados antes controlados por Corredores logísticos transatlánticos. La creación del Nuevo Banco de Desarrollo (NBD), con sede en Shanghái, ha financiado proyectos de infraestructura portuaria y ferroviaria en África y Asia que, aunque no nacieron para la moda, facilitan la exportación de textiles y reducen dependencias.
Paralelamente, la ampliación del bloque ha generado un debate interno sobre los valores que sustenta. La admisión de nuevos miembros, en su mayoría con gobiernos autoritarios o economías en desarrollo con proteccionismo alto, contrasta con la histórica presencia de democracias consolidadas como India o Sudáfrica. Este giro ha priorizado la masa crítica y el acceso a recursos naturales —como el algodón de Uzbekistán o las fibras sintéticas de Rusia— sobre una convergencia en estándares laborales, ambientales o de propiedad intelectual. Para marcas europeas que operan en estos territorios, se abre un dilema: ¿profundizar en mercados de alto crecimiento pero con marcos regulatorios cambiantes, o mantener el foco en jurisdicciones con garantías más predecibles?
La crisis geopolítica más visible, la guerra en Ucrania, puso a prueba la cohesión del bloque. Mientras Rusia veía sanciones que afectaban a sus exportaciones de energía y metales (insumos para la industria textil), China e India incrementaban la compra de petróleo ruso con descuentos, una operación que, indirectamente, impactaba los costes logísticos globales. Sin embargo, las divisiones fueron evidentes: Brasil y Sudáfrica adoptaron retóricas de respeto al derecho internacional, mientras otros callaban. En la práctica, las cadenas de suministro de moda no se interrumpieron, pero sí se diversificaron: las marcas aceleraron la búsqueda de proveedores alternativos en Turquía o México, reduciendo la dependencia de corredores que atravesaban zonas de conflicto.
El giro más significativo ha venido de la mano de Washington. La política exterior transaccional reintroducida en 2025, basada en acuerdos bilaterales y amenazas arancelarias, ha desafiado cualquier intento de coordinación colectiva. La amenaza de aranceles del 100% a países que promuevan mecanismos de pago alternativos al dólar golpea directamente a una industria donde las transacciones internacionales se liquidan casi universalmente en la divisa estadounidense. Países como India o Indonesia, con industrias textiles poderosas, han preferido negociar directamente con Estados Unidos tratados de comercio preferencial, cediendo en temas digitales o propiedad intelectual para proteger sus cuotas de exportación de prendas de vestir.
El futuro inmediato sugiere un BRICS dividido en su capacidad para influir en la moda global. Como actor económico, su peso es innegable: controlan una porción sustancial de la producción de fibras naturales y manufactura. Como bloque político, su incoherencia —visible en la falta de una postura unificada ante conflictos en Oriente Medio o en la defensa de modelos de crecimiento a veces incompatibles— lo debilita. Las marcas de lujo, por ejemplo, observan con atención los cambios en los flujos de capital: si un grupo de países promueve sistemas de pago en monedas locales, podría abrirse una vía para eludir sanciones, pero también generar inestabilidad cambiaria que eleve costes.
Para el sector, la lección es clara: la resilliencia ya no se mide solo en capacidad productiva, sino en agilidad diplomática. Las empresas deberán navegar un tablero donde las alianzas económicas cambian según los acontecimientos, y donde la lealtad a un bloque puede chocar con la necesidad de acceder al mercado consumidor más grande del mundo. El BRICS, en su versión ampliada, representa un mercado y una fuente de suministro colosal, pero su incapacidad para articular una visión común más allá de la retórica antihegemónica lo convierte, hoy por hoy, en unActor económico fragmentado, más que en una alternativa ideológica para la gobernanza de la moda global. Su verdadero desafío ya no es crear bancos o criticar al FMI, sino alinear intereses nacionales a menudo contrapuestos en un sector donde la costura, finalmente, también se hace con hilos geopolíticos.


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