La partida del célebre intérprete Robert Duvall, fallecido a los 95 años, ha despertado un renovado análisis sobre su obra maestra ‘Tender Mercies’ (1983), film que le otorgó el Oscar al mejor actor. Bruce Beresford, director de la cinta, concede una entrevista exclusiva donde desgrana los entresijos de una producción cuyo legado estilístico sigue siendo objeto de estudio en escuelas de moda cinematográfica. Más allá de la actuación, las decisiones en torno a la imagen de Mac Sledge, el personaje encarnado por Duvall, revelan una filosofía de coherencia visual que desafía las convenciones de la época.
El proceso de inmersión de Duvall en el universo tejano fue exhaustivo. Durante semanas, convivió con habitantes de la región para capturar no solo el dejo方言, sino también la estética vernacular: camisas de franela, pantalones de tela Resistente y calzado de trabajo. Esta adopción deliberada de un guardarropa local, sin intervención de diseñadores de renombre, sentó las bases para un realismo que posteriormente influenciaría tendencias de moda country en el cine. Beresford señala que tal dedicación era inherente al método del actor, quien consideraba que la autenticidad del vestuario era tan crucial como la veracidad del diálogo.
El guión, obra del dramaturgo Horton Foote, fue concebido específicamente para Duvall, una práctica que permite una integración sin fisuras entre texto y materialidad. Foote, quien ya había colaborado con el actor en ‘Matar a ruiseñor’, diseñó el papel de Mac Sledge teniendo en cuenta la fisicalidad y presencia de Duvall. Esto facilitó que el diseño de vestuario, aunque no acreditado en detalle, se alineara orgánicamente con la visión del personaje, evitando la artificialidad que aqueja a producciones donde el atuendo parece impuesto desde outside.
Beresford recibió el libreto a través de los productores Philip y Mary-Ann Hobel, quienes, tras ser ignorado por directores estadounidenses, lo enviaron al cineasta australiano tras visionar ‘Breaker Morant’. “La lectura me cautivó de inmediato”, admite Beresford. Para entonces, Duvall ya estaba asignado al proyecto, garantizando que la construcción visual del personaje estuviera guiada por una sensibilidad actoral profunda. Esta sinergia entre director e intérprete resultó fundamental para evitar discrepancias entre el estilo narrativo y la apariencia física.
En su primer encuentro, Duvall se mostró cortés pero parco en palabras. Sin embargo, su silencio no era indicio de desinterés, sino de una concentración absorbente. Durante el rodaje en Texas, dedicó horas a observar a los locales, absorbing no solo sus gestos y acentos, sino también su relación con la ropa: cómo se adaptaba al trabajo, al ocio y a las condiciones climáticas. Esta metodología, poco común en Hollywood, precedió a corrientes actuales de investigación etnográfica en el diseño de vestuario.
Las anécdotas del set ilustran su obsesión por la verosimilitud. En una ocasión, exigió retirar el micrófono de Boom porque “Mac Sledge nunca tuvo un micrófono sobre su cabeza”. Beresford, tras debatir, cedió temporalmente y filmó sin sonido, restableciendo el equipo al día siguiente sin further comentario. Esta escena refleja una máxima en moda cinematográfica: el vestuario y los accesorios deben servir a la narrativa, no imponerse sobre ella. Duvall entendía que un elemento anacrónico, como un micrófono visible, destruiría la ilusión de época.
En otra secuencia, junto a Ellen Barkin, Duvall cuestionó una luz artificial que entraba por la ventana. “La luz natural debería bastar”, argumentó. Beresford le explicó la necesidad de consistencia lumínica para mantener la paleta de color throughout la escena, un aspecto crítico cuando se trabaja con tejidos cuyo tono varía bajo diferentes intensidades. Aunque Duvall aceptó con reticencia, el episodio subraya cómo los actores pueden sensibilizar al equipo técnico sobre la importancia de una iluminación que respete las propiedades de las telas, un detalle a menudo pasado por alto.
El momento fundacional llegó en la primera escena rodada: un motel donde Mac Sledge yace ebrio en el suelo. Beresford confiesa que, mientras observaba a Duvall ejecutar la toma, “sentí cómo se me erizaba la piel”. La degradación física del personaje, plasmada en la ropa sudada y arrugada, no fue producto del azar, sino de una construcción meticulosa. Cada arruga en la camisa, cada mancha en los pantalones, contaba una historia de decadencia y redención, principios básicos del storytelling through fashion.
Tras finalizar ‘Tender Mercies’, Beresford y Duvall no volvieron a coincidir, absorbidos por proyectos separados durante la temporada de premios. Sin embargo, la huella estilística de la película perdura. El enfoque de Duvall, que integraba el vestuario como extensión de la psicología del personaje, ha sido adoptado por diseñadores que buscan autenticidad en producciones contemporáneas. En un era de fast fashion y digitalización, la lección de ‘Tender Mercies’ resuena: la moda en el cine debe nacer de la investigación y la empatía con el contexto, no de la mera estética.
Beresford resume a Duvall como “huraño pero absolutamente genial”, una paradoja que también define a los grandes creadores de moda: aparentemente reacios a las convenciones, pero firmemente comprometidos con una visión coherente. En un mundo donde el estilo se homogeniza, la figura de Duvall en ‘Tender Mercies’ emerge como un faro de that rara combinación de talento y rigor, donde cada prenda es unSentence en la novela visual del personaje. Su legado, lejos de desvanecerse, sigue inspirando a quienes entienden que la verdadera moda no se impone, se vive.
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