La política estadounidense ha irrumpido con fuerza en el sector del entretenimiento digital, desatando una controversia que amenaza con reconfigurar alianzas estratégicas en plataformas clave como Netflix. El expresidente Donald Trump, mediante su red social Truth Social, exigió públicamente la destitución inmediata de Susan Rice, miembro del consejo de administración de la compañía, acompañando su demanda de insultos personales y la advertencia de que, de no hacerlo, la empresa deberá «enfrentar las consecuencias». Este episodio, lejos de ser una mera escaramuza retórica, destapa las tensiones entre el poder ejecutivo y las corporaciones mediáticas, con implicaciones que alcanzan la producción cultural y, por ende, la industria de la moda.
El detonante fue un mensaje de la activista conservadora Laura Loomer, que reprodujo fragmentos de una entrevista de Rice en el podcast ‘Stay Tuned with Preet’. En esa conversación, la exasesora de Seguridad Nacional y exdirectora de Política Nacional de la Administración Biden analizó la conducta de las empresas que, según ella, se plegaron a los intereses de Trump durante su presidencia. Rice señaló que aquellas compañías que priorizaron beneficios inmediatos y «se arrodillaron ante» el entonces mandatario, hoy reconocen que su apoyo era impopular y deben prepararse para un escrutinio severo si los demócratas recuperan el control del Congreso en 2026 y la Presidencia en 2028.
El concepto central que extrajo Loomer, y que desencadenó la ira de Trump, es la denominada «agenda de responsabilidad». Rice fue explícita: las corporaciones deberían «conservar sus documentos» y «estar listas para subpoenas», pues quienes hayan incurrido en prácticas ilegales serán perseguidos judicialmente, mientras que quienes no, podrán presumir de su conducta. Este escenario de posibles investigaciones federales introduce un elemento de incertidumbre legal que podría disuadir a las empresas de entretenimiento de emprender proyectos controvertidos o, por el contrario, impulsarlas a alinearse con corrientes políticas específicas para mitigar riesgos.
Paralelamente, Loomer vinculó esta disputa a la batalla corporativa por la adquisición de Warner Bros. Discovery, donde Netflix compite contra Paramount Skydance. En su publicación, vaticinó que una fusión entre Netflix y Warner Bros. generaría un monopolio en el streaming, que, a su vez, permitiría a Barack y Michelle Obama —a través de su productora Higher Ground, con acuerdos en Netflix— impulsar narrativas abiertamente críticas con Trump. «El monopolio resultante garantizaría que las futuras ‘cacerías de brujas’ contra Trump sean proyectadas en todos los servicios de streaming», escribió, etiquetando tanto a Trump como a Brendan Carr, presidente de la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC), y urgiendo al expresidente a bloquear la operación.
Cabe recordar que, a principios de febrero, Trump había declarado que no intervendría en esta pugna empresarial, afirmando: «No he estado involucrado. El Departamento de Justicia se ocupará». Su reciente diatriba contra Netflix, por tanto, revela un cambio de postura o una estrategia de presión selectiva, según analistas. Lo que está en juego no es solo la composición de una junta directiva, sino el rumbo editorial y creativo de una plataforma que, a través de series, documentales y películas, moldea gustos y estilos a escala mundial.
Susan Rice, con un historial que incluye la embajada ante la ONU y roles de alta seguridad nacional, encarna un perfil de liderazgo orientado a la gestión de riesgos geopolíticos. Su presencia en Netflix ha sido vista por algunos como un intento de dotar de solidez institucional a la compañía en tiempos de polarización. Para el ecosistema de la moda, esto es crucial: las decisiones sobre qué contenidos financiar —desde dramas de época con vestuario meticuloso hasta realities de diseño— pueden estar ahora sujetas a un escrutinio que valora no solo el rating, sino la compatibilidad ideológica. Series como ‘The Crown’ o ‘Emily in Paris’ han demostrado que Netflix puede imponer tendencias globales; un viraje en su programación, motivado por presiones políticas, podría alterar la visibilidad de ciertos diseñores o estéticas.
En el ámbito hispano, donde Netflix ha invertido fuertemente en producciones locales que han popularizado marcas y siluetas (como el impacto de ‘La Casa de Papel’ en la moda urbana), cualquier reestructuración en la compañía reviste especial relevancia. Los creadores españoles y latinoamericanos dependen en gran medida de estas plataformas para proyección internacional; por tanto, cambios en la junta o fusiones que concentren el poder editorial podrían redirigir los flujos de inversión, priorizando mercados o narrativas específicas.
Mientras tanto, reguladores como la FCC observan con atención cualquier movimiento que altere la competencia en el sector del streaming. La fusión propuesta ya enfrenta objeciones antimonopolio, y ahora se le suma el peso de la intervención política. En este tablero, figuras como Susan Rice se encuentran en el centro de la tormenta: su experiencia en políticas públicas podría ser un activo para navegar aguas turbulentas, pero también la convierte en un blanco para quienes ven en Netflix un campo de batalla cultural.
En síntesis, lo que comenzó como un comentario en un podcast se ha transformado en un caso emblemático de cómo la política penetrate los circuitos creativos. Para los profesionales de la moda atentos a las narrativas mediáticas, este pulso subraya que las tendencias ya no se dictan únicamente en las pasarelas, sino también en las salas de juntas donde se deciden las historias que el mundo consumirá. La capacidad de las marcas para anticipar estos vientos de cambio podría marcar la diferencia entre ser protagonistas o meros espectadores en la próxima temporada.
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