El espejo digital que distorsiona la moda y la verdad
La industria de la moda, siempre a la vanguardia de la innovación tecnológica, se enfrenta hoy a una herramienta que promete revolucionar la creatividad, pero que también siembra una semilla de desconfianza profunda: los deepfakes o medios sintéticos generados por inteligencia artificial. Más allá de los titulares alarmistas sobre la manipulación política, esta tecnología está redefiniendo los cimientos sobre los que se construye la credibilidad en el mundo digital, un ecosistema donde la apariencia y la autenticidad confluyen de manera peligrosa. El verdadero desafío no radica únicamente en un vídeo falsificado de una celebridad anunciando un producto, sino en la erosión sistémica de la confianza que amenaza con convertir todo contenido visual en una proposición cuestionable.
La dificultad para trazar una línea clara en torno a qué constituye exactamente un deepfake refleja la propia complejidad del fenómeno. Mientras los manuales de estilo anglosajones suelen enfatizar la suplantación maliciosa de la identidad, las regulaciones más amplias, como las que se están gestando en el marco europeo con la Ley de Inteligencia Artificial, abordan el problema desde una perspectiva quase ontológica: cualquier contenido generado o manipulado por IA que pueda inducir a error se jardín bajo este paraguas. Esta divergencia no es meramente semántica; tiene consecuencias prácticas directas sobre qué contenidos deben ser moderados en plataformas como Instagram o TikTok, y cómo las marcas de lujo deben comunicar el uso de modelos virtuales en sus desfiles digitales. En el ámbito de la moda, donde el avatar y el deepfake de un diseñador difunto para presentar una colección ya son una realidad, la discusión trasciende lo legal para adentrarse en lo filosófico: ¿dónde reside el valor de la autoría y la originalidad en un mundo de réplicas digitales perfectas?
Lejos de limitarse a la desinformación con intención dañina, los medios sintéticos han encontrado aplicaciones que, al menos en apariencia, resultan innovadoras y beneficiosas. Casos recientes muestran cómo diseñadores y casas de moda emplean esta tecnología para crear campañas publicitarias inclusivas, generando versiones de sus prendas en infinidad de tipos de cuerpo y tonos de piel sin necesidad de sesiones fotográficas masivas. También se utiliza para “dar vida” a archivos históricos de moda, restaurando en colores y movimiento desfiles legendarios de los años 80. Y en un giro revelador, activistas han utilizado deepfakes para eludir la censura en redes sociales, creando narrativas visuales sobre conflictos o crisis humanitarias que las plataformas bloqueaban por su graphicidad. Esta dualidad—herramienta de opresión versus instrumento de expresión—es la que dota al debate de una urgencia particular para un sector como el de la moda, históricamente sensible a las dinámicas de poder, representación y apropiación cultural.
Sin embargo, el riesgo más sutil y extendido no reside en un deepfake concreto, sino en el “efecto de derrame” que produce en el ecosistema informativo en su conjunto. La prensa especializada en tecnología ha bautizado esto como una “amenaza epistémica”: si toda imagen puede ser puesta en duda, se socava el propio fundamento sobre el que basamos nuestro conocimiento del mundo. Aplicado al contexto de la moda, esto significa que el consumidor podría empezar a cuestionar no solo el vídeo de un unboxing de un bolso de lujo, sino también la autenticidad de la etiqueta “sostenible” en la descripción de un material, la veracidad de las cifras de una marca sobre su huella de carbono o, incluso, la legitimidad de la autoría de una colección. Un estudio experimental publicado en la revista Nature Human Behaviour sugiere que la mera exposición a contenido generado por IA reduce significativamente la credibilidad atribuida a noticias veraces, un fenómeno que en el ámbito de la tendencias podría traducirse en un cinismo generalizado que paralice el mercado.
Esta crisis de confianza se entrelaza, además, con una tendencia preexistente: la erosión de la autoridad de las instituciones tradicionales, incluidos los medios de comunicación especializados y las casas de moda establecidas. En un escenario donde el “como se ve” deja de ser una evidencia, el público tiende a refugiarse en aquella información que confirma sus creencias previas. Los algoritmos de las redes sociales, ya tendientes a la polarización, encontrarían un campo fructífero en deepfakes hechos a medida para cada “tribu” estilística—desde defensores del lujo clásico hasta abanderados del upcycling—consolidando burbujas de realidad donde cada grupo acepta como auténtica solo la narrativa visual que le es afín. La moda, como lenguaje social,puede así convertirse en un campo de batalla para la guerra narrativa, donde la estética gana a la ética.
Frente a este panorama, la industria no puede limitarse a adoptar una postura defensiva. La proliferación de los deepfakes debe interpretarse como un síntoma de una enfermedad más profunda: la fragilidad de los mecanismos de verificación en la economía de la atención. La respuesta no puede ser únicamente tecnológica—sellos de autenticidad digital o watermarks invisibles—sino también de reconstrucción de valor. Las marcas y los periodistas de moda tienen la responsabilidad de reforzar los pilares de la credibilidad a través de una trazabilidad radical: mostrar los procesos creativos, los nombres de los artesanos, las cadenas de suministro verificadas. La transparencia se convierte en el nuevo lujo, en el antídoto contra la sospecha generalizada.
En última instancia, la revolución de los deepfakes en el sector de la moda expone una paradoja: mientras democratiza la creación y difunde estéticas de manera imparable, amenaza con despojar al acto de “ver” de su carácter. La lucha por la confianza ya no se libra únicamente en el terreno de la noticia falsa, sino en el universo visual completo donde la moda se desenvuelve. La pregunta que debemos hacernos, tanto como consumidores como profesionales, no es si un vídeo es real o falso, sino qué estamos dispuestos a creer cuando la evidencia visual pierde, para bien o para mal, su invested authority. El espejo digital ya no solo refleja tendencias; ahora también distorsiona la realidad sobre la que estas se construyen.



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