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La IA rediseña la seguridad global, no solo su titulización.

La convergencia entre la alta tecnología de defensa y la industria de la moda ha dejado de ser un tema de ciencia ficción para convertirse en una realidad tangible que está redefiniendo caducidad de las tendencias, la innovación en materiales y, en última instancia, el concepto mismo de vestimenta protectora y de expresión. Lo que durante años se relegó a laboratorios secretos y a las páginas de especulación geopolítica, hoy impregna las pasarelas y las líneas de producción de marcas globales. El acelerado ritmo de la développer de aplicaciones militares de inteligencia artificial (IA) ha creado un efecto dominó que está transformando en tiempo real la cadena de valor de la moda, introduciendo una lógica de «seguridad-ficación» donde la protección, la vigilancia y el rendimiento algorítmico se integran como nuevos pilares estéticos y funcionales.

Este fenómeno no surge de un vacío. El contexto geopolítico europeo, marcado por la guerra en Ucrania y la búsqueda de autonomía estratégica, ha impulsado una inyección masiva de capital público hacia tecnologías disruptivas. La Comisión Europea ha esbozado planes para multiplicar por cinco la financiación en defensa en el próximo marco financiero, con un énfasis explícito en la IA, la ciberseguridad y las infraestructuras de doble uso.Este flujo de miles de millones de euros no se canaliza solo hacia gigantes tradicionales de la industria armamentística, sino que está fomentando un ecosistema vibrante y descentralizado de start-ups de tecnología de defensa (defense-tech). Estas nuevas empresas, financiadas principalmente por capital riesgo y no por ministerios, operan con una agilidad y una mentalidad comercial propias del Valle del Silicio. Su modelo no es esperar a que un Estado solicite un producto, sino desarrollar prototipos—a menudo basados en IA generativa, procesamiento de imágenes y sistemas autónomos—con la esperanza de que el mercado militar los adopte posteriormente. Esta dinámica de «moverse rápido y escalar» está colonizando la frontera de la innovación.

El campo de batalla ucraniano, convertido en un laboratorio a cielo abierto sin precedentes, es el epicentro de esta transformación. Allí, aproximadamente el 80% de los impactos en objetivos se atribuyen hoy a sistemas no tripulados, muchos de ellos fabricados con componentes comerciales y software de código abierto que pueden ser adaptados y mejorados en ciclos de semanas. Este entorno de conflicto hiperconectado ha bautizado a Ucrania como la «capital mundial del dron» o el «nuevo Silicon Valley de la tecnología de defensa». La lección es clara: la ventaja ya no la dicta únicamente el tamaño del ejército, sino la velocidad de iteración tecnológica, la capacidad de integrar algoritmos de decisión en tiempo real y la habilidad para reconfigurar herramientas civiles (como una cámara de consumidor o un chip de teléfono) en componentes letales.

Es aquí donde la moda entra en escena. Los materiales desarrollados para chalecos antibalas ultraligeros, tejidos con sensores biométricos integrados para monitorizar al soldado, o sistemas de camuflaje adaptativo que cambian de patrón según el entorno, son tecnologías de doble uso por excelencia. La misma lógica que impulsa a un fondo de venture capital a financiar un dron de reconocimiento autónomo puede financiar la siguiente generación de textiles inteligentes. Empresas emergentes que trabajan para el sector de defensa en sistemas de visión artificial para drones están, de facto, desarrollando los algoritmos que luego podrían utilizarse para crear experiencias de fashion tech o para optimizar cadenas de suministro de grandes grupos textiles. La barrera entre el campo de batalla y la pasarela se difumina cuando la IA que analiza imágenes satelitales para detectar movimientos de tropas es la misma que, adaptada, puede analizar tendencias de consumo en redes sociales para predecir el próximo color de moda.

Sin embargo, este acelerado proceso de «IA-ficación de la seguridad»—donde la propia seguridad se redefine y reorganiza en torno a las capacidades de la IA—plantea interrogantes profundos para el sector de la moda. ¿Quién define las prioridades de innovación? ¿Los dictados del rendimiento militar o los de la estética y la circularidad? La actual ola de inversión, justificada por una narrativa de urgencia estratégica y soberanía tecnológica, corre el riesgo de desviar recursos y talento hacia aplicaciones con un claro enfoque en la defensa, dejando en un segundo plano otros aspectos de la innovación textil, como la sostenibilidad radical o la inclusividad. La lógica del beneficio y la carrera tecnológica, ahora potenciada por capital privado con miras a contratos estatales futures, puede primar sobre objetivos de seguridad pública más amplios o de bienestar social.

El fenómeno es, en efecto, un círculo virtuoso pero también vicioso. La securitización de la narrativa en torno a la IA—presentada como una carrera existencial contra adversarios geopolíticos—justifica la inyección masiva de fondos públicos y privados en su desarrollo militar. El rápido desarrollo de estas aplicaciones, a su vez, refuerza la percepción de que Europa no puede permitirse el lujo de regular o ralentizar este proceso, alimentando una espiral de «carrera hacia el fondo» donde la precaución es vista como una debilidad. Para la industria de la moda, esto significa que las herramientas, los materiales y, sobre todo, la mentalidad de desarrollo rápido provenientes del sector de defensa van a filtrarse cada vez más. La agilidad y la escalabilidad, valores centrales de las start-ups de defensa, se están convirtiendo en los nuevos mandamientos también para las marcas de moda que quieran sobrevivir en un mercado volátil.

El desafío de gobernanza para Europa es monumental. No se trata simplemente de subsidiar un ecosistema de defense-tech para no quedarse atrás en una hipotética carrera de armas algorítmicas, sino de preguntarse qué tipo de moda—y, por extensión, qué tipo de sociedad—se está construyendo con esta fusión. La adaptación de políticas para acomodar esta realidad, donde la urgencia reemplaza a la deliberación y la regulación, sugiere un futuro donde las líneas de prêt-à-porter y las de suministro militar podrían compartir no solo proveedores, sino también una filosofía corporativa basada en la velocidad, la opacidad algorítmica y la priorización de la resiliencia tecnológica sobre otros valores. La gran incógnita es si la moda, como expresión cultural y comercial, logrará domesticar esta lógica de seguridad o si, por el contrario, terminará absorbiéndola por completo, diseñando un futuro donde la prenda más avanzada es, simultáneamente, la más vigilada y la más preparada para un conflicto que ya ha traspasado la pantalla para instalarse en el tejido de nuestra vida cotidiana.

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Escrito por Redacción - El Semanal

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