Diesel redefine su legado rave con una colección que abraza el desorden festivo
Glenn Martens ha desafiado las expectativas en su última propuesta para Diesel durante la semana de la moda de Milán, presentando una colección para el otoño-invierno 2026 que se aleja de las agrupaciones de producto rigurosas para sumergirse en una narrativa más amplia y visceral: la celebración de la resaca festiva como estado de ánimo. Lejos de la pulcritud, el desfile—y la ropa—susurran una filosofía contundente: el éxito reside en haberse divertido sin medida, en el descontrol que deja recuerdos borrosos pero sensaciones intensas.
La colección se erige como un manifiesto sobre la “caminata de la vergüenza” reinterpretada sin culpa. Martens plasma esa energía post-fiesta, ese momento de lucidez embotada donde todo parece desajustado pero excitante, a través de una manipulación textil virtuosa. Telas que se retuercen, se envuelven y se deforman crean siluetas que parecen envueltas en el propio Ganglio de la noche anterior. Técnicas que recuerdan su etapa en Y/Project se aplican incluso a las piezas más sencillas: jerséis y vaqueros se rigidizan con resina y se marcan con pliegues permanentes, mientras que losLooks de trompe-l’oeil imitan camisetas metidas en minifaldas a cuadros que se enredan en el cuerpo.
La paleta y los materiales oscilan entre lo terroso y lo explosivo. Martens explora el patchwork aplicado a abrigos y trajes confeccionados con capas superpuestas de retales de lana, y a felpas artificiales de colores vibrantes. El denim se lava y se desgasta, y el terciopelo aparece en tonos apagados que contrastan con acentos brillantes en un bloque de color de piezas de cuero pintado. La temática floral, presente en jerséis de intarsia con flores recortadas en el escote y en vestidos plisados que mezclan motivos botánicos, aporta un contrapunto delicado al desorden general.
Un guiño irónico al “resplandor matutino” aparece en modelos cubiertos de purpurina y en camisetas estampadas y pantalones vaqueros engarzados con cristales, subrayando la ironía de buscar el brillo en la fatiga.
El escenario era, en sí mismo, una pieza de la colección. Más de 50.000 objetos—desde muñecos inflables y figuras de Santa Claus hasta ropa interior branded, peluches, juguetes sexuales, globos, confeti y auténticas porciones de pizza—extraídos de archivos y oficinas de Diesel en todo el mundo, formaban una instalación caótica y fascinante. Este D-land universal, donde conviven lo kitsch y lo iconoclasta, servía como prueba tangible de fiestas pasadas y recordaba que, en el universo Diesel, toda celebración deja un rastroPhysics tangible. La propuesta invita al espectador a imaginar historias tras cada objeto y a elegir su favorito, cerrando el círculo: la diversión, como la belleza, reside en quien la experimenta.
Martens consolida así su reinvención del ADN de la marca: una cultura rave y una irreverencia que ahora se canalizan a través de un discurso deArtesanía contemporánea y una narrativa profundamente humana. La colección no vende solo productos, sino una actitud—compleja, desordenada y, sobre todo, vivida.



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