Bajo el segundo mandato de Donald Trump, la industria de la moda estadounidense ha dejado de ser un mero reflejo de tendencias estéticas para convertirse en unarena de batalla ideológica. Las políticas de “América Primero” y la retórica del declive civilizacional han permeado pasarelas,Talleres de diseño y armarios, redefiniendo no solo lo que se viste, sino quién tiene derecho a diseñarlo y quién es percibido como un símbolo de la purga nacional. Este fenómeno va más allá de las camisetas con lemas; se trata de una transformación estructural donde la humillación percibida y la lucha contra el “enemigo interno” moldean una nueva cartografía del estilo.
La narrativa de nostalgia y recuperación de la grandeza, central en la retórica trumpista, se ha traducido en un resurgimiento del estilo patriótico telúrico. Marcas emergentes, especialmente en el llamado “Cinturón de la Biblia”, promueven colecciones con águilas, banderas desgastadas y lemas como “Keep America Beautiful”, que evitan el nombre del exmandatario pero enarbolan su ideario. Este revival no es inocuo: coexiste con una política arancelaria agresiva que ha encarecido las importaciones de textiles, impulsando un movimiento de “moda soberana” que, según analistas del sector, busca reconstruir una cadena de suministro nacional a costa de la competitividad global. La Semana de la Moda de Nueva York, otrora epicentro de la globalización, muestra ahora una dicotomía palpable: por un lado, desfiles con claros guiños alprovincialismo industrial; por otro, protestas de diseñadores inmigrantes que denuncian un clima hostil.
Ese “enemigo interno” del que hablaron JD Vance y Marco Rubio en conferencias de seguridad encuentra su eco en los estudios de moda. La constante referencia a la “invasión migratoria” y la “erosión de valores tradicionales” se ha filtrado en los debates sobre apropiación cultural y diversidad. Casas de moda históricamente acusadas de explotar estéticas de comunidades marginadas ahora se ven forzadas a un “puritanismo estético” where solo ciertos cuerpos pueden lucir ciertos símbolos. El supuesto declive de Occidente, convertido en leitmotiv oficial, se manifiesta en la obsesión por la “autenticidad”: telares manuales, técnicas preindustriales y una estética pre-apocalíptica que, según críticos, enmascara un pánico identitario. Una de cada cinco personas en EE. UU. es de origen extranjero, y esa realidad demográfica choca frontalmente con el ideal de “familias tradicionales” que pregona la Estrategia de Seguridad Nacional, generando una moda bifurcada: por un lado, marcas que abrazan el multiculturalismo; por otro, etiquetas para un público que anhela un pasado homogéneo e idealizado.
El componente de humillación, clave en el análisis populista, adquiere en la moda formas concretas. La pérdida de estatus de la clase trabajadora blanca, eje del relato trumpista, se traduce en una revalorización de la ropa de trabajo (overoles, gorras de béisbol) como uniforme de resistencia. Mientras, la elite cosmopolita responde con un minimalismo de alta costura que enfatiza la calidad sobre el mensaje, en lo que algunos intérpretes ven como una forma de desacuerdo silencioso. La violencia, inherente a la narrativa fascista según teóricos como Jason Stanley, se hace visible en la apropiación de estéticas paramilitares: cortes funcionales, tonalidades de camuflaje reinterpretadas y accesorios que evocan un estado de sitio constante. Los desfiles de algunas marcas han incluido modelos con miradas desafiantes y coreografías que simulan confrontación, algo impensable en la neutralidad cool de la moda de los noventa.
La política exterior también deja huella. Las sanciones y la retórica belicista contra Irán, por ejemplo, han perturbations la cadena mundial de seda y alpaca, encareciendo fibras de lujo. Diseñadores mediterráneos, antes seducidos por el mercado estadounidense, ahora miran hacia Asia. El “renacimiento espiritual” que pregona la administración se observa en una corriente de moda religiosa discreta pero creciente: vestidos de manga larga, cuellos altos y una paleta de colores sobrios que promueven “la salud familiar” como antítesis del hedonismo urbano. El Heritage Foundation, en su documento Project 2025, subraya que la mayor amenaza es interna; en la moda, eso se traduce en una cruzada contra lo que denominan “ideología de género en la ropa infantil”, con líneas de moda infantil que refuerzan binarios estrictos.
Sin embargo, resistir es también moda. Colectivos de migrantes y activistas LGBTQ+ han creado redes de moda comunitaria donde los diseños cuentan historias de desplazamiento y resiliencia. El “traje de la indignación”, como llaman a piezas con telas de países de origen, se ha visto en manifestaciones contra las redadas de ICE. La moda española, con su tradición de artesanía y diseño autorreferencial, observa con atención este giro: mientras marcas como Loewe o Desigual mantienen un discurso globalista, talleres en Barcelona y Madrid reportan un aumento en pedidos de clientes estadounidenses que buscan “moda con alma europea” frente al nacionalismo fashion estadounidense.
En definitiva, la moda bajo el segundo trumpismo no es un fenómeno superficial. Es el termómetro de una sociedad que negocia su identidad a través del tejido. Cada desfile, cada compra, cada Choice de tela se convierte en un acto político en un escenario donde la batalla por el alma de Occidente se libra también en el espejo del vestidor.



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