El gobierno canadiense ha puesto sobre la mesa un debate crucial para la economía creativa: cómo regular el uso que los sistemas de inteligencia artificial hacen del contenido periodístico. La cuestión trasciende el ámbito tecnológico y afecta de lleno a industrias que dependen de la originalidad y la inversión en creación, como la moda, el diseño o la publicación especializada.
Marc Miller, ministro de Cultura, ha reclamado una “conversación seria” con las plataformas y las empresas de IA que utilizan material informativo. Su mensaje es claro: cuando una inteligencia artificial “digeriza y regurgita” noticias sin reconocimiento ni compensación, se socava el propio propósito del periodismo y el ecosistema que lo sostiene. Miller se pronunciaba en una cumbre nacional sobre IA y cultura, tras la publicación de un informe que señala la dependencia de estas herramientas con el trabajo de los medios de comunicación canadienses, un intercambio desigual que amenaza su viabilidad económica.
El estudio, llevado a cabo por el Centro de Medios, Tecnología y Democracia de la Universidad McGill, es demoledor. Probó más de 2.200 noticias canadienses en modelos como ChatGPT, Gemini, Claude o Grok. El resultado: aproximadamente el 82% de las veces, las respuestas de la IA no ofrecían atribución alguna sobre el origen de la información. Los investigadores van más allá: las compañías de IA extraen valor en cada fase. Primero, ingieren archivos periodísticos como datos de entrenamiento. Luego, generan contenido derivado sin citar fuentes. Finalmente, entregan respuestas al usuario que pueden anular la necesidad de acudir al medio original, privándolo de tráfico, ingresos publicitarios y, en última instancia, de su razón de ser.
El ministro ha vinculado este problema directamente con la filosofía de la Ley de Noticias en Línea (Online News Act), que ya obliga a gigantes como Google a remunerar a los editores por el enlace a sus contenidos, mientras que Meta decidió bloquear las noticias en sus plataformas. Según Miller, no se trata tanto de modificar la legislación, sino de garantizar que todas las empresas, incluidas las de IA, actúen con responsabilidad. “El principio de compensación justa por el uso de material protegido no cambia”, afirmó, dejando la puerta abierta a futuros acuerdos que podrían incluir a las startups de inteligencia artificial.
La demanda reciente de un consorcio de medios canadienses —entre los que figuran The Canadian Press, Torstar, The Globe and Mail, Postmedia y CBC/Radio-Canada— contra OpenAI por el presunto uso no autorizado de sus contenidos para entrenar ChatGPT, ilustra la tensión jurídica. Los editores alegan vulneración de derechos de autor y lucro indebido. Mientras, en una consulta pública de 2024, las empresas de IA sostuvieron que emplear material con fines de entrenamiento no infringe la legislación de propiedad intelectual, una postura que choca frontalmente con la de los creadores.
El panorama para los sectores creativos es alarmante. A diferencia de las redes sociales, que desviaban la atención aunque mantenían un vínculo con la fuente, los sistemas de IA pueden eliminar esa necesidad por completo, ofreciendo una síntesis directa. Esto no solo impacta en los ingresos por publicidad, sino en el modelo de negocio de cualquier industria que invierta en contenido único: desde la crítica de moda de una revista especializada hasta el reportaje en profundidad sobre tendencias textiles. Si una IA puede, tras entrenarse con miles de artículos y reseñas, generar un análisis de la temporada de moda sin citar a la publicación original, el incentivo para producir periodismo de calidad —o análisis de colecciones— se evapora.
El reto legislativo es complejo, como reconoce Miller. La reforma de la propiedad intelectual es un proceso largo que afecta a múltiples sectores. Sin embargo, la urgencia la impone la velocidad de la tecnología. El mensaje desde el gobierno es que la ley actual debe aplicarse con firmeza para proteger a quienes crean. Mientras tanto, la industria de la moda y otros campos creativos deberían observar este pulso con atención: la línea entre inspiración y extracción no autorizada se difumina cuando las máquinas aprenden de nuestro trabajo sin pagar el precio. La pregunta ya no es solo si la IA entiende la creatividad, sino quién debe pagar por utilizarla.


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