En la alta costura y el prêt-à-porter, donde el color de una temporada puede decidir fortunas y una silueta desata batallas decopycats, subyace una tensión poco discutida: la tragedia inherente a la creación y difusión de la belleza. Lejos de los focos y los aplausos, los teóricos del realismo clásico, como Herbert Butterfield o Hans Morgenthau, ofrecen un mapa inesperado para navegar los conflictos que definen la moda contemporánea. Su legado no es solo para politólogos; es un espejo para entender por qué, a pesar de los avances técnicos y la globalización, la industria sigue plagada de malentendidos, rivalidades eternas y ciclos de destrucción creativa.
Para Butterfield, la tragedia nace del malentendido estructural. Aplicado a la moda, esto se traduce en la brecha entre la intención del creador y la recepción del público. Piensen en una maison que presents una colección inspirada en el arte popular de una comunidad marginalized, con el objetivo de rendir homenaje y generar diálogo. Sin embargo, en un atmosphere de miedo a la apropiación cultural —ese “miedo hobbesiano” que satura las redes— la colección es recibida como un acto de explotación, no de admiración. La auténtica inclinación hacia la colaboración se oscurece, y lo que pudo ser un puente se convierte en un campo de batalla. Butterfield señalaría que, en este “conflicto geométrico”, la tragedia no reside en la maldad de una parte, sino en la imposibilidad epistemológica de que el mensaje cruce intacto. La solución, insinúa, podría estar en una “simpatía imaginativa” profunda, pero duda que sea posible en un entorno donde el temor al cancel nubla cualquier intento de comprensión mutua.
Morgenthau, en cambio, vería esta dinámica como un reflejo de una verdad ontológica más cruda: el conflicto es consustancial a la condición humana y, por ende, a cualquier espacio donde se disputen recursos y reconocimiento, como la moda. Para él, la rivalidad entre conglomerados como LVMH y Kering o la lucha por patents entre marcas de lujo accesible no son anomalías, sino la expresión de un “hecho social primordial”. Cada fashion week es un escenario donde los intereses Emotions —el deseo de innovar, de proteger el know-how, de dominar el mercado— triunfan sobre un conocimiento objetivo que sugeriría la cooperación. La tragedia morgenthauiana para el diseñador o el director creativo es la conciencia de que, aunque se domine el arte de la seducción, nunca se escapará de la lógica del conflicto. La paz, ya sea en forma de truce creativo o de estándares industriales comunes, es siempre precaria y provisional.
E.H. Carr introduce una capa adicional: la paradoja de que la vida política —y la moda es, sin duda, un ecosistema político— requiere de ideales para motivar la acción, pero esos ideales, al institucionalizarse, se vuelven “huecos” y deben ser destruidos. En la moda, esto se manifiesta en el ciclo implacable de las tendencias. Lo que ayer fue revolucionario —el minimalismo de los 90, el normcore, el athleisure— se convierte en el estándar, en el “orden establecido”. Para que algo nuevo emerja, ese ideal debe ser cuestionado, desmantelado y a veces ridiculizado. El diseñador genuinamente comprometido vive en esta tensión: debe creer en la posibilidad de un futuro estético (su nueva colección) mientras es plenamente consciente de que su obra está condenada a ser superada o convertida en cliché. La tragedia carriana es la del realista que, para actuar, debe nutrirse de esperanzas que su propia filosofía desconfía.
Reinhold Niebuhr, con su calvinismo trágico, vería en la moda un campo de batalla para la construcción de una comunidad universal imposible. La industria global textil es, en sí misma, un monstruo de explotación laboral y desperdicio ecológico. El anhelo de una moda verdaderamente ética, sostenible y globalmente justa choca contra la “corrupción inherente” de los sistemas económicos y las egoístas motivaciones humanas. Sin embargo, para Niebuhr, precisamente en ese reconocimiento del imposible reside la única base para la acción política auténtica. El diseñador o activista que lucha por salarios dignos en Bangladesh o por la reducción del fast fashion no es un iluso; es un realista trágico que, sabiendo que jamás alcanzará la perfección, intenta “construir un orden que implique una justicia nunca realizada en este mundo”. Su tragedia es la paradoja de que, mientras más cerca está de su ideal, más evidente es su lejanía.
Este espectro de pensamiento revela fracturas en la propia industria. Butterfield sería el creativo que, tras un backlash, clama por más diálogo y educación, confiando en que si el público entendiera su proceso, el conflicto se disiparía. Morgenthau lo despreciaría como ingenuo: el conflicto no se soluciona con mejor comunicación, es la esencia del juego. Carr le diría que su falta de ironía —esa distances necesaria para destruir y reconstruir ideales— le resta vitalidad política. Niebuhr, por último, vería en su retirada ante la “predicamento” estructural una rendición nihilista, un abandono de la “lucha trágica” que es el único terreno fértil para la política.
Hoy, cuando la moda debate su futuro entre la innovación digital y la deuda ecológica, estas perspectivas son más urgentes. ¿Se puede reformar la industria desde dentro, entendiendo los malentendidos (Butterfield)? ¿O debemos aceptar que la competencia por el beneficio y la atención es un rasgo no negociable (Morgenthau)? ¿Debemos destruir el concepto mismo de “temporada” para construir algo nuevo (Carr)? ¿O debemos abrazar la lucha imperfecta por la justicia, aunque sepamos que jamás la alcanzaremos plenamente (Niebuhr)?
La respuesta, como en las relaciones internacionales, probablemente no sea única. Pero reconocer la dimensión trágica de nuestro acto creativo —que cada desfile, cada colaboración, cada decisión empresarial está teñida de estas tensiones— es el primer paso para una moda más consciente. No se trata de resolver lo insoluble, sino de aprender a actuar con claridad y humildad en un campo donde, como escribiera Niebuhr, “las más altas aspiraciones humanas están infectadas de corrupción”. En el diorama de la moda, la tragedia no es el fracaso; es la condición misma de la posibilidad de crear.



GIPHY App Key not set. Please check settings