El hilo invisible: cómo las guerras comerciales entre EE.UU. y Canadá te afectan en el armario
Lo que sucede en los pasillos del poder en Washington y Ottawa no solo dibuja mapas geopolíticos, sino que termina por definirse en las perchas de las tiendas y en el precio de las prendas que vestimos. La reciente decisión de la Corte Suprema de Estados Unidos contra los aranceles “recíprocos” impuestos por la administración Trump ha dejado un escenario de claroscuros que, lejos de apaciguar los mercados, mantiene en vilo a un sector clave: el de la moda y el retail.
Aunque el fallo judicial anuló la base legal de los gravámenes generales vinculados a la crisis de fentanilo, los aranceles específicos que más directamente impactan las cadenas de suministro transatlánticas permanecen intactos. Se trata de las medidas amparadas en la Sección 232 de la Ley de Expansión Comercial de 1962, que permiten al presidente imponer derechos “por razones de seguridad nacional”. Y aquí es donde el daño textil es real y medible.
Una partida arancelaria afecta, por ejemplo, al acero y el aluminio, gravados al 50%. Estos metales son fundamentales para elementos tan aparentemente menores como cremalleras, botones, remaches y estructura de calzado. Un aumento del costo en estos insumos, originados en Norteamérica y utilizados por fabricantes globales, se filtra inevitablemente hacia el precio final. Lo mismo ocurre con los aranceles del 25% a automóviles y autopartes, que encarecen la logística y distribución de mercancías desde y hacia el continente americano.
El testimonio del premier de Ontario, Doug Ford, refleja la frustración de una región industrial profundamente interconectada. “La Corte Suprema no ha cambiado nada aquí en Ontario”, declaró, reconociendo que la presión sobre la Sección 232 continúa. Sus palabras, difundidas en medios internacionales, subrayan un mensaje clave: la incertidumbre regulatoria sigue being el mayor obstáculo para la planificación a largo plazo. La suspensión de inversiones en la industria automotriz de Ontario y los despidos masivos en siderurgias como Algoma Steel son el preludio de un efecto contagio que los consumidores terminan pagando.
Para el mercado español y latinoamericano, la repercusión es indirecta pero significativa. Nuestras importaciones de moda y accesorios proceden de una red global compleja. Muchas marcas europeas y asiáticas utilizan componentes metálicos estadounidenses o ensamblan en México bajo el tratado USMCA (antes TLCAN). Los aranceles de la Sección 232 alteran la ecuación de costos de estas operaciones, forzando a los fabricantes a absorber pérdidas, buscar proveedores alternativos —a menudo más caros— o trasladar el incremento al consumidor.
La estrategia de protesta diplomática y boicots simbólicos, como la cancelación de contratos con empresas estadounidenses o el retiro de productos de estanterías públicas, aunque visible, tiene un alcance limitado frente a la maquinaria arancelaria. Como señalan analistas comerciales, se trata de un conflicto de larga duración cuyo epílogo más inmediato podría estar en las elecciones de medio mandato en Estados Unidos. Mientras tanto, el sector textil-local, que depende en gran medida de la importación de materias primas y tecnología, navega en un mar de previsiones inciertas.
¿Qué puede hacer el consumidor informado? En primer lugar, apostar por la transparencia. Muchas marcas están empezando a detallar el origen de sus materiales en sus etiquetas o páginas web. Priorizar piezas de diseñadores que utilicen proveedores locales o de la Unión Europea, menos expuestos a esta conflagración comercial, puede ser una estrategia. En segundo lugar, reconsiderar el concepto de “valor”.Una prenda de mayor precio inicial pero con mejores componentes y una cadena de suministro más estable podría representar un ahorro a medio plazo frente a una increasingly volátil que sufre revisiones constantes por costos de importación.
En definitiva, la moda nunca ha sido ajena a la política. Los hilos que sostienen un vestido están tejidos con acuerdos comerciales, decisiones gubernamentales y dinámicas globales. Lo que ocurre en las cortes de justicia estadounidenses hoy, determinará, en silencio, lo que nos pondremos mañana. Mantenerse alerta a los cambios arancelarios no es solo cuestión de economía, sino de estilo consciente en un mundo interconectado e impredecible.



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