El arresto del príncipe Andrés, el pasado mes de enero, marcó un punto de inflexión mediático en el escándalo que lo vincula con el caso Epstein. Sin embargo, para Virginia Giuffre, la principal demandante, este paso legal estuvo lejos de representar la justicia completa que buscaba. La narrativa pública, nutrida por informaciones procedentes de distintos medios internacionales, ha centrado el debate en las consecuencias institucionales para la monarquía británica, un análisis que trasciende lo meramente judicial para adentrarse en el ámbito de la percepción y la marca personal.
Este colapso de credibilidad tiene反射aciones directas y sutiles en el universo de la moda, especialmente en aquel vinculado a la realeza. El «efecto corona», ese fenómeno por el cual las elecciones de estilo de los miembros de la familia real británica impulsan ventas y tendencias globales, se encuentra en un territorio incierto. El príncipe Andrés, históricamente menos influyente en moda que otros royals como la reina Isabel II o los duques de Cambridge, simboliza ahora una imagen desgastada. Su vestimenta, otrora asociada a un clasicismo uniformado de la élite, hoy evoca un pasado de privilegios cuestionados. Los diseñadores y casas de moda que tradicionalmente han vestido a la corte deben navegar con extrema cautela. Asociar públicamente una marca de lujo a una figura cuyo nombre está manchado por acusaciones graves supone un riesgo reputacional considerable.
La pregunta clave para el sector es cómo se redefine el atractivo de la «realeza» como referente de estilo. La publicidad negativa no discrimina: el desprestigio de un miembro contamina, en cierta medida, la percepción global de la institución. Observadores del look real señalan que el enfoque comunicativo de la casa de Windsor, hasta ahora milimétricamente calculado, ha tenido que adaptarse a esta crisis. Se ha priorizado la imagen de continuidad con figuras como el rey Carlos III y la princesa de Gales, cuyas apariciones públicas han sido estratégicamente más visibles y sus elecciones de moda, más alineadas con un discurso de modernidad contenida y servicio público. El desafío para los creadores es captar esa esencia de «renovación institucional» sin caer en lazos tácitos con las figuras defenestradas.
Más allá de las celebridades, el caso invita a reflexionar sobre la fragilidad de la asociación entre poder y elegancia. Durante décadas, la monarquía británica fue sinónimo de un estándar de elegancia atemporal y de calidad técnica. Hoy, ese vínculo se enfrenta a una erosión sin precedentes. El «estratega de moda» debe analizar no solo tejidos y siluetas, sino también el árbol genealógico de sus potenciales embajadores. El nombre de un royal ya no es una garantía de brillo mediático; puede convertirse en un lastre. Virginia Giuffre no obtuvo el «reckoning» judicial total que esperaba, pero su caso ha desencadenado, de manera involuntaria, un profundo replanteamiento sobre qué imagen vale la pena promocionar y cuál debe ser enterrada, incluso en el cuidadoso mundo de la alta costura y el ready-to-wear de lujo.
En este contexto, la moda española e iberoamericana, con su propia tradición de referentes reales históricos pero con una monarquía actual diferente, observa con atención. Lección aprendida: la疏影 de la fama es caprichosa, y hoy un diseñador puede ver cómo su creación, lucida en un evento real, puede pasar de ser un «must-have» a un recordatorio incómodo de un escándalo en cuestión de semanas. La nueva diplomacia de la aguja pasa, inexorablemente, por un escrutinio ético que antes era secundario.



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