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El espejismo del esfuerzo y la quiebra institucional del mérito contemporáneo

La reciente revelación demoscópica aportada por la revista Nature Human Behaviour y difundida por el sociólogo Luis Miller sitúa a España en una posición insólita dentro del mapa global: nuestro respaldo a la meritocracia se desploma hasta niveles comparables con los de economías periféricas, quedando relegados a una suerte de desafección estructural donde el libertarismo ultrameritocrático parece imponerse sobre la equidad distributiva. Este fenómeno, agudizado por la coyuntura política y el ruido de las urnas, exige un examen riguroso que trascienda la coyuntura para interrogar las bases mismas de nuestra convivencia. La tensión entre el esfuerzo individual, la lotería de la cuna y las exigencias de la justicia social dibuja un panorama donde el ascensor social chirría y la ciudadanía opta, con escepticismo, por un pragmatismo descarnado.

La paradoja española frente al espejo internacional

El estudio impulsado por los investigadores noruegos Alexander Cappelen y Bertil Tungodden desentraña cómo las distintas sociedades occidentales justifican o rechazan la desigualdad económica en función de su origen. Mientras que las naciones más prósperas y cohesionadas tienden a abrazar la equidad meritocrática pura, premiando el rendimiento honesto frente al privilegio heredado o la simple fortuna, el caso español arroja una desconcertante contradicción. Lejos de gravitar hacia un igualitarismo antimeritocrático protector, el pulso social patrio bascula hacia la aceptación de cualquier forma de desigualdad. Esta anomalía pone de manifiesto un arraigado desapego respecto a las reglas del juego meritocrático, alimentado históricamente por dinámicas de favor, redes familiares opacas y una percepción generalizada de que el éxito económico responde menos al talento propio y más al arbitrio de la suerte o del poder establecido.

Nadie merece nada: la deconstrucción del mérito moral

Frente al embate simplificador que la izquierda académica dirige contra el concepto de mérito, surgen voces lúcidas que invitan a refinar el análisis sin arrojar el agua sucia de la modernidad liberal con el niño dentro. Es el caso del brillante ensayo Nadie merece nada, firmado por la filósofa Jahel Queralt en Anagrama. Queralt parte de una premisa tan incómoda como irrefutable: la lotería natural descrita por John Rawls nos condena a la desigualdad de origen. No somos autores plenos de nuestras biografías; ni nuestros talentos genéticos, ni nuestros apellidos, ni los estímulos culturales de nuestro hogar natal responden a un mérito previo. Sin embargo, la pensadora catalana defiende con lucidez que la meritocracia sigue siendo un instrumento imprescindible para la eficiencia colectiva y la provisión de bienes públicos, siempre y cuando se desvincule de su pretendida superioridad moral.

Hacia una meritocracia sin coartadas ideológicas

El desafío contemporáneo consiste en rescatar el ideal meritocrático de sus desviaciones ideológicas, aquellas que utilizan el éxito en el mercado para santificar fortunas desmedidas y justificar la precariedad de los más desfavorecidos. La propuesta de Queralt aboga por modular las recompensas mediante políticas públicas que garanticen la suficiencia y reduzcan unas distancias económicas lacerantes, permitiendo así que la existencia cotidiana no dependa de la vulnerabilidad extrema:

No propongo un sistema en el que todos cobren casi lo mismo. Una sociedad justa es una sociedad libre y, por lo tanto, inevitablemente desigual. (…) Lo que sugiero es algo más modesto: que cuando los salarios permiten una existencia segura y las distancias económicas no se traducen ni en vulnerabilidad ni en privilegio desmedido, la presión por dotar al éxito de una significación moral particular pierde intensidad.

  • El laberinto de la cuna: La desigualdad de oportunidades iniciales dinamita la premisa de que vivimos en una competición justa y universal.
  • Eficiencia versus moralina: Es preciso separar la necesidad funcional de premiar la competencia profesional de la coartada ideológica que convierte al rico en un ser moralmente superior.
  • El papel del Estado: La justicia distributiva no solo fluye a través de los mercados desregulados, sino también mediante la acción y el intervencionismo de los poderes públicos.
  • El pulso de la Cultura: En una sociedad madura, la superación del pesimismo estructural requiere blindar instituciones democráticas que garanticen la igualdad de oportunidades por encima de los privilegios heredados.

En definitiva, reflexionar sobre el estado de la meritocracia en España equivale a interrogarse por la salud ética de nuestra democracia. Si persistimos en la convicción de que el esfuerzo individual carece de recompensa justa y de que solo prevalece el amiguismo o la pura contingencia, el contrato social se debilita. Devolver la legitimidad al esfuerzo exige un compromiso colectivo donde el mérito deje de ser un privilegio de clase para convertirse en una auténtica garantía de libertad y progreso para el conjunto de la sociedad.

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Escrito por Elena Navarro

Analista sénior de economía, inversión y mercados financieros en El Semanal. Graduada en Economía y Periodismo Económico por la Universidad Carlos III de Madrid. Especialista en ecosistemas de capital riesgo (venture capital), rondas de financiación tecnológica, innovación fintech y política monetaria internacional.

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