Lo decisivo son las citas. No hace falta guion si lo que se desea es movilizar la existencia o, para ser más preciso, grabar eso que inevitablemente desaparecerá. Acaso todas las historias que contó Jean-Luc Godard (1930-2022), homenajeado ahora en La Virreina de Barcelona, … respondían a su amor al cine, una tecnología que más que llevar a la desaparición del aura parecía derivar hacia lo elegíaco.
No era ni mucho menos un pedante aferrado a lo críptico, al contrario, trataba de despedirse del lenguaje corriente para acompañar a los que buscaban una ‘escapada’ sin final.
Parece ser que en sus últimos años solía recitar de memoria antes de dormir un aforismo de Raymond Queneau: «Todo el mundo piensa que dos más dos son cuatro, pero olvida la velocidad del viento». Cuando todo está confuso merece la pena prestar atención al arte que, como advirtiera Ortega y Gasset, funciona como el humo de una chimenea, esto es, muestra con toda claridad el rumbo de los acontecimientos.
Godard, un gran conversador que soltaba ideas más brillantes que sus propias películas, no comenzó –como en ocasiones declaró– tarde en el cine. Estaba en la revista que orientaba el discurso cuando la época buscaba otras formas de contar lo que estaba pasando. Junto a sus colegas, supo sacar partido del caudal crítico que se había concentrado en ‘Cahiers du cinema’ y surfear aquella ‘nueva ola’ que era un epifenómeno de la sociedad de consumo, cuando todas las cosas hicieron ‘pop’.
Las poses existencialistas comenzaban a tener el tono del ‘antiguo régimen’ y el bricolaje estructuralista levantaba pasiones, funcionando como una paradójica malla lingüística que dejaba que los acontecimientos derivaran en direcciones insospechadas. Godard confesó a comienzos de la década de los sesenta que tenía ideas para filmar, tras haberse intoxicado placenteramente en los cine-clubs, pero eran ideas completamente delirantes. En verdad, era más un crítico que otra cosa, alguien que filmaba ensayos.
Una forma radical de pensamiento
Fascinó a algunos de los filósofos franceses contemporáneos más brillantes como Deleuze o Rancière, que reconocieron que su cine es, en sentido estricto, una forma radical de pensamiento. Él mismo apuntó que «la puesta en escena es como la filosofía moderna, digamos Husserl o Merleau-Ponty». No me parece casual que mencione a los dos grandes fenomenólogos, si bien en sus películas no se produzca una ‘epojé’. Su modo de ir «a las cosas mismas» deriva d



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