La estética terrorífica de ‘Psycho Killer’: Cuando el vestuario define al monstruo
En el cine de terror, la construcción de un antagonista memorable trasciende la mera actuación para adentrarse en el territorio de la imagen corporeizada. La película Psycho Killer, dirigida por Gavin Polone y que llega a las salas españolas este viernes, ofrece un caso de estudio fascinante sobre cómo el diseño de vestuario y la iconicidad visual pueden intentar sostener un relato carente de profundidad. El filme, gestado durante casi dos décadas, deposita en su estética una carga narrativa que su guión, firmado por Andrew Kevin Walker (guionista de Se7en), no logra igualar.
El corazón visual de la propuesta lo constituye su asesino en serie, interpretado por el exluchador James Preston Rogers. Su personaje, bautizado como el «Degollador Satánico», prescinde de cualquier camuflaje. La combinación ominosa de una imponente complexión física y una máscara de protección radiológica —un emblema de contaminación y peligro invisible— crea una silueta inmediatamente reconocible y perturbadora. Esta elección de vestuario, aparentemente burda, en realidad opera como un atajo visual que comunica amenaza primal y una supuesta lógica de ocultamiento fallido. Lejos de pasar desapercibido, el diseño convierte al personaje en una walking contradiction, un ser que grita «peligro» con cada paso, desmontando cualquier pretensión de realismo en el siempre escurridizo arquetipo del asesino anónimo.
Frente a esta fuerza bruta visual, el personaje interpretado por Georgina Campbell, la agente de patrulla que sobrevive al primer ataque y decide cazar al asesino por su cuenta, opta por una vestimenta funcional y prática. Su imagen se aleja de la hipersexualización clásica del género para vestir un uniforme de trabajo y ropa de calle neutra, lo que subraya su rol de perseverancia terrenal frente a la anomalía sobrenatural (o satánica) que persigue. Campbell, en su ascenso a的可能新 scream queen tras Barbarian, aquí confía en la solidez de su interpretación por encima de un estilismo llamativo. Su transformación de víctima a cazadora se cuenta a través de la expresión facial y la determinación, no a través de un wardrobe evolutivo, un detalle que dista de la fórmula habitual y le confiere cierta veracidad contemporánea.
El punto culminante de la estética propagandística del terror se alcanza en la mansión del culto satánico liderado por Mr. Pendleton, un personaje interpretado con desparpajo por Malcolm McDowell. La ficción de una secta elegante y hedonista se materializa en una paleta de colores oscuros y ricos, trajes de corte impecable y una puesta en escena que evoca el decadentismo barroco. La escena de la orgía ritual, con sus contrastes entre la formalidad de la ropa de los asistentes y la brutalidad inminente, busca生成 una tensión entre lo civilizado y lo salvaje. No obstante, este enfoque visual coquetea peligrosamente con el camp, desdibujando la líneaentre el terror genuino y la parodia involuntaria, un defecto que el guión no consigue enmendar.
El debut directorial de Polone, un productor con crónico en thrillers oscuros como 8mm o Stir of Echoes, demuestra una marcada preferencia por atmósferas densas y un uso expresivo de la sangre. Sin embargo, su apuesta estética choca frontalmente con un libreto de una simplicidad almost insultante. La reiteración de símbolos satánicos pintados con sangre en los escenarios del crimen se convierte en un recurso visual repetitivo que anula cualquier misterio.El cineasta se esfuerza por dotar al «Degollador» de una aura mítica a través de la imagen, pero el personaje carece de trasfondo psicológico o motivación creíble más allá de la etiqueta que le han colgado. La máscara, en última instancia, funciona como un magnífico prop, pero no puede ocultar la falta de alma del conjunto.
Desde la perspectiva de la industria del cine de género, Psycho Killer se presenta como un artefacto de culto potencial, pero de dudoso éxito comercial. Su distribución, aparentemente tímida por parte de Disney (a través de sus filiales), sugiere una falta de confianza en el producto final. El filme parece estar destinado a circular por marketplaces de streaming o a convertirse en una curiosidad de medianoche para los amantes del terror más visual y menos exigente con el guión. Para los estudios de moda y diseño que analizan la construcción de iconos en la pantalla, la película deja una lección clara: por potente que sea una silueta o un símbolo, estos no pueden sostener por sí solos la arquitectura de una película. El vestuario puede crear un monstruo, pero se necesita un guión para darle un verdadero horror.
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