El Festival de Cine de Berlín cerró su edición número 76 con un mensaje claro: el arte, y por extensión la estética que lo acompaña, no puede desvincularse del contexto social y político que lo envuelve. Este principio, tan debatido en los días previos, encontró su reflejo no solo en los discursos de la ceremonia de clausura, sino también en la selección de galardonados, donde varias películas utilizaron la indumentaria y la puesta en escena como herramientas narrativas para explorar identidades fragmentadas y resistencias silenciosas.
El máximo galardón, el Oso de Oro, recayó en Yellow Letters (Cartas Amarillas), del director alemán de origen turco Ilker Çatak. Más allá de su argumento sobre la persecución política de dos artistas teatrales en Ankara, la película supone un ejercicio de hibridación cultural visible en su estética. Filmada íntegramente en Alemania pero ambientada en Turquía, la obra de Çatak sugiere, a través de un lenguaje visual que borra fronteras geográficas, que las luchas por la expresión son universales. Su triunfo señala un renovado interés por el cine que dialoga con la diáspora y cómo la moda, en este caso el vestuario que alterna referencias otomanas contemporáneas con un entorno europeo, se convierte en un mapa de pertenencia y desarraigo.
Uno de los momentos más estelares de la noche fue la concesión del Oso de Plata a la mejor interpretación principal para Sandra Hüller por su papel en Rose. La película, dirigida por Markus Schleinzer, presenta un ejercicio de transformación radical: Hüller interpreta a una mujer que, en la Alemania rural del siglo XVII, decide vivir como un hombre. Este planteamiento no solo es un desafío actoral, sino también una exploración profunda de la moda como mecanismo de construcción y subversión de género. El vestuario de época, rigurosamente documentado, se convierte en un dispositivo narrativo para cuestionar las normas, anticipando debates actuales sobre la ropa sin género. El premio a Hüller, una intérprete en irreversible ascenso internacional —próxima a projects con Tom Cruise y Ryan Gosling—, subraya cómo el cine de autor europeo sigue siendo un vivero de talento que redefine cánones estéticos.
El Oso de Plata a la mejor interpretación de reparto fue compartido por los británicos Anna Calder-Marshall y Tom Courtenay en Queen at Sea, de Lance Hammer. Su historia, que aborda el Alzheimer desde la perspectiva del cuidador, encontró en la sencillez y funcionalidad de su vestuario una poderosa aliada. La ropa, despojada de artificios, refleja la vulnerabilidad y el desgaste del tiempo, demostrando que la verosimilitud en el diseño de vestuario es crucial para anclar el dramatismo en una realidad tangible. La cinta, además, se alzó con el Premio del Jurado, confirmando su poderío global.
La fuerte carga política de la gala, con múltiples discursos que denunciaron la violencia en Oriente Medio y corearon «liberad Palestina», no fue un telón de fondo, sino un protagonista más. Este clima de compromiso social tuvo su eco en el reconocimiento a Salvation, de Emin Alper, que recibió el Gran Premio del Jurado. Su narrativa sobre la escalada de violencia en una alde a aislada de la montaña turca utiliza el paisaje y la indumentaria tradicional de la región para construir una alegoría sobre la opresión y la resistencia. El director, en su emotivo agradecimiento, extendió su solidaridad a pueblos oprimidos, recordando que la expresión artística, en todas sus formas —incluida la moda como arte aplicado—, es un acto de denuncia.
Otros galardones destacaron la innovación formal, un campo estrechamente ligado a la vanguardia textil y escenográfica. El premio al mejor guión para Nina Roza, de Geneviève Dulude-de Celles, celebra una historia sobre el retorno a las raíces, donde la ropa y los objetos funcionan como símbolos de memoria. El Oso de Plata a la contribución artística extraordinaria fue para el documental experimental Yo (Love Is a Rebellious Bird), de Anna Fitch, que emplea marionetas y maquetas para narrar una vida. Esta decisión del jurado, presidido por Wim Wenders, valora la artesanía y la creatividad en la materialización de las ideas, un paralelismo evidente con el trabajo meticuloso de los diseñadores de moda.
El premio a la mejor dirección para Grant Gee por Everyone Digs Bill Evans —un drama fragmentado sobre el pianista de jazz— rinde homenaje a la capacidad del cine para encapsular una era a través de su estética. La moda de los años 60 y 70, con sus siluetas definidas, es un personaje más en esta biografía íntima, mostrando cómo la indumentaria puede evocar una época y un estado de ánimo con la misma precisión que una nota musical.
El cierre de laDirectora del Festival, Tricia Tuttle, quien definió la edición como «cruda y fracturada», pero celebró la diversidad de voces, encapsuló el espíritu de un evento donde el estilo no quedó relegado a la alfombra roja, sino que se trenches en las historias mismas. La ceremonia, lejos de ser una simple entrega de premios, se erigió en una declaración de intenciones: en un mundo polarizado, el cine —y su inseparable universo visual, que incluye la moda— debe ser un espacio para la complejidad, el debate y la empatía. Los osos de este año no solo premian películas; premian una forma de mirar el mundo donde la estética y la ética son inseparables. Una lección que, sin duda, resonará en los talleres de diseño y en las próximas pasarelas, ávidas de narrativas que trasciendan lo puramente decorativo.
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