La diseñadora belga Ester Manas, al frente de su firma homónima, ha alzado la voz para denunciar una realidad incómoda en el mundo de la moda: la aparente adhesión a la inclusividad de tallas no es más que un espejismo, una tendencia superficial carente de compromiso estructural. En un sector que ella misma reconoce haber sido apoyada —con premios internacionales, distribución en boutiques de lujo y cobertura mediática—, Manas señala con crudeza cómo, tras un año alejada de las pasarelas para formar una familia, observa con preocupación que el entusiasmo por la diversidad corporal se ha desvanecido, reducido a una moda pasajera comparable al “lujo silencioso”.
Este fenómeno, advierte, no es casual. La industria, con su poder para moldear cánones de belleza a través de imágenes y narrativas mediáticas, históricamente ha normalizado la idea de que ciertos cuerpos —especialmente los mayores— no merecen ocupar espacio. La diseñadora desmonta dos argumentos recurrentes que sostienen esta exclusión. El primero, el supuesto coste adicional de confeccionar tallas grandes, lo califica de absurdo y simplista. La fabricación de una prenda implica múltiples variables —logística, mano de obra, diseño, economías de escala—, por lo que reducir la cuestión a unos centímetros de tela es ignorar la complejidad de la cadena de suministro. El segundo argumento, que responsabiliza a las mujeres por su tamaño, revela una doblez moral: una industria que vende sueros no puede permitirse avergonzar a sus clientas.
El llamado “esfuerzo” de muchas marcas, sostiene Manas, suele limitarse a un tokenismo cómodo. Se incluyen cuerpos apenas más diversos —como una talla 6-8 estadounidense (equivalente a una 38-40 europea)— para proyectar una imagen de progreso, mientras el grueso de la oferta sigue excluyendo. Esta simulación se hace evidente en campañas que muestran talentos o modelos de tallas grandes con prendas hechas a medida, que nunca llegarán a las tiendas. La representación, así, se convierte en un decorado vacío, una ilusión que frustra a quienes buscan ropa real.
Su perspectiva se ha agudizado tras convertirse en madre. La maternidad, lejos de apartarla de la reflexión, le ha permitido ver con mayor claridad las contradicciones de un sector obsesionado con la espectacularidad de sus desfiles, pero reacio a innovar en temas de tallaje. Mientras todos copian los mismos códigos estéticos, la diversidad corporal es la excepción que confirma la regla: nadie se atreve a seguir a quien rompe el molde. Esta omisión, insiste, no es un descuido, sino una negativa estructural a considerar estos cuerpos como legítimos y deseados.
Para su propia marca, esta lucha se traduce en obstáculos económicos. En un modelo que prioriza la rentabilidad antes de escalar, Ester Manas choca contra un techo de cristal. Inversores y distribuidores dudan, tachando el enfoque de “demasiado nicho” o “demasiado reivindicativo”. Ironías de un capitalismo que renuncia a un mercado masivo por prejuicios arraigados. ¿Hasta cuándo, se pregunta, la industria seguirá prediciendo su propio declive rechazando a millones de potenciales consumidoras?
El mensaje final es una exigencia: la moda necesita autenticidad, no maquillaje. Las marcas que asuman compromisos claros —sin reservas, sin medias tintas— merecen ser apoyadas. Solo así se podrá construir una industria verdaderamente inclusiva, donde la diversidad no sea una colección temporal, sino la base misma del diseño. Ester Manas, con su ejemplo, demuestra que otro horizonte es posible, aunque la ruta esté aún por definir.



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