En un mundo saturado de estridencias visuales y tendencias fugaces, la película Moscas, del director mexicano Fernando Eimbcke, ofrece una lección de contención estética que trasciende la pantalla para convertirse en un manifiesto sutil sobre la elegancia de lo esencial. Filmada en un riguroso blanco y negro, la cinta no solo construye una narrativa íntima sobre la soledad y la conexión humana en un bloque de apartamentos de la Ciudad de México, sino que diseña, fotograma a fotograma, un universo de estilo minimalista donde la ropa se convierte en un lenguaje silencioso de identidad y circumstance.
La paleta monocromática de la película,obra de la directora de fotografía María Secco, establece un diálogo directto con tendencias de moda que han explorado la pureza cromática como expresión de sofisticación. Lejos de ser una limitación, la ausencia de color en el vestuario de los personajes —tonos arena, grises cálidos, blancos desgastados— enfatiza la textura de los tejidos, el drapeado de una sudadera o la solidez de un denim. Esta aproximación recuerda a la escuela minimalista de los noventa, encarnada en diseñadores como Jil Sander o Helmut Lang, donde la arquitectura de la prenda prima sobre la decoración. En Moscas, la moda no viste para impresionar, sino para resistir; cada costura parece cosida con la pragmática de quien prioriza la durabilidad sobre la decoración.
El vestuario, aparentemente anodino, es en realidad un mapa emocional. Olga, el personaje central interpretado por Teresita Sánchez, habita un uniforme de comodidad austera: sudaderas holgadas, pantalones de tela resistente, zapatos planos sin adorno. Su imagen evoca el normcore más puro, pero cargado de una historia de desgaste vital. No hay maquillaje, ni accesorios, solo la piel y la tela en diálogo. En cambio, Cristian, el niño de nueve años, viste con la uniformidad genérica de la infancia popular: camisetas de algodón, shorts descoloridos, una inocencia textil que contrasta con la carga de su realidad hospitalaria. Su padre, Tulio, se mueve entre camisas a cuadros y pantalones de trabajo, el atuendo del hombre que debe proveer en un entorno de escasez. Esta jerarquía de estilos no es casual; refleja una estratificación social donde la moda se reduce a lo functional, un concepto que hoy rescata la moda sostenible bajo el lema «menos es más».
El contexto urbano —ese bloque brutalista de concreto, los pasillos desnudos, la escalera interminable— funciona como un catálogo de formas arquitectónicas que se filtran en la estética personal. La rudeza del entorno se suaviza con la blandura de las prendas, creando una tensión visual que encuentra paralelos en las colecciones urban utility actuales. Marcas como A-Cold-Wall o incluso propuestas de alta costura que abrazan la simplicidad estructurada, beben de esta misma fuente: la belleza nace de la honestidad material, no del ornamento. En España, esta filosofía tiene eco en diseñadores que privilegian la calidad sobre la cantidad, como la catalana Cazal o el madrileño Roberto Piqueras, cuyo trabajo con telas nobles y cortes impecables recuerda al desapego formal de Moscas*.
Sin embargo, lo que verdaderamente eleva la película es su capacidad para narrar una transformación a través de detalles textiles. La evolución de Olga, de un aislamiento rugoso a una apertura tímida, no se anuncia con un cambio de vestuario dramático, sino con pequeños gestos: quizás una prenda más limpia, un abrigo que se desabrocha, la forma en que se sienta en el borde de la cama. Esto conecta con una corriente contemporánea de moda emocional, donde las prendas son depositarias de memoria y cambio. En lugar de comprar piezasstatement, la película sugiere invertir en básicos que陪伴en momentos de transición, un enfoque que resonía con el consumo consciente que promueven informes de la industria, como los del Global Fashion Agenda.
Para el espectador que busca trasladar esta estética a su armario, Moscas ofrece una hoja de ruta clara. Apostar por una base de neutros —blanco, negro, beige, gris— que permita mezclar sin esfuerzo. Elegir tejidos naturales como el algodón, el lino o la lana, que envejecen con dignidad. Priorizar el corte sobre la marca; un pantalón de corte recto en un denim orgánico vale más que diez camisetas de tendencia. Evitar los excesos decorativos: los bolsos deben ser funcionales, los zapatos cómodos y resistentes. Y, sobre todo, aceptar que la ropa puede contar una historia de uso, no de perfección; un pequeño desgaste puede ser un testimonio de vida vivida, no un defecto.
La película también señala, sin decirlo, la dimensión social de la moda. En el mercado informal de alquileres que retrata, la ropa es un bien intercambiable, un activo en contextos de precariedad. Esto nos interpela sobre el verdadero costo del fast fashion, donde la abundancia de opciones baratas esconde explotación y desperdicio. La economía de recursos que muestra Eimbcke —un solo vestido para varios días, la reparación como hábito— es un antídoto contra el consumismo vacío. En España, iniciativas de trueque de ropa o mercadillos de segunda mano han ganado terreno precisamente por esta conciencia, urging a los ciudadanos a ver el vestuario como un recurso循环, no como desecho.
En su magia sutil, Moscas incluye un guiño al mundo digital a través del videojuego Cosmic Defenders, cuyos pitidos electrónicos actúan como banda sonora incidental. Esta fusión de lo analógico y lo digital se refleja en la moda actual, donde la estética retro de los ochenta y noventa —los años de la infancia de Cristian— convive con la producción tecnológica. La moda y2k o el regreso de las siluetas boxy beben de esa nostalgia, pero Moscas nos advierte: el estilo auténtico no se copia, se vive. No se trata de vestirse como un personaje de los noventa, sino de adoptar su espiritu de funcionalidad.
La escena final, donde Olga y Cristian comparten un momento de entendimiento tras la partida de Tulio, está cargada de una emoción que se sostiene sin grandilocuencias. Lo mismo ocurre con la moda que propone la película: no busca lágrimas de emoción, sino reconocimiento. Es una moda que respira, que se adapta al movimiento de una vida real, que no requiere de titulares para ser relevante. En un momento donde la industria se debate entre la innovación tecnológica y la sostenibilidad, Moscas nos recuerda que el mayor lujo sigue siendo la simplicidad bien ejecutada.
En definitiva, esta película mexicana que ahora recorre festivales internacionales es, en el fondo, un tratado sobre la vestimenta como second skin. Nos dice que la elegancia verdadera no está en el precio de la etiqueta, sino en la intención que pones al elegir cada pieza. Que el estilo puede ser, a la vez, un refugio y un puente. Y que, a veces, para conectar con los demás —y con uno mismo— hay que deshacerse de lo superfluo, como Olga intentando ahuyentar esa mosca insistente, para por fin escuchar lo que importa. En la moda, como en la vida, a veces menos volando, más conectando.
«



GIPHY App Key not set. Please check settings