El diseñador galés Julien Macdonald ha marcado un antes y un después en la presente edición de London Fashion Week con su desfile para laColección Otoño 2026 de Ready-to-Wear. Su regreso a la capital británica tras tres años de ausencia no pudo ser más impactante: por primera vez, una pasarela se instaló en el mirador de The Shard, el icónico rascacielos de Renzo Piano, a más de 70 plantas sobre el nivel del suelo. Las modelos, envueltas en tejidos que capturaban y reflejaban la luz, surcaron una pasarela visiblemente suspendida sobre el skyline de Londres, en una puesta en escena que desafiaba tanto la geografía como el grisáceo憧憬 atmosférico que ha caracterizado los últimos meses en la ciudad.
La elección del emplazamiento no fue casual. Macdonald confesó haber quedado prendado de la torre durante un atardecer del verano pasado, cuando observó cómo su fachada de vidrio reverberaba con una paleta cromática que iba del naranja al violeta. Esa epifanía lumínica se tradujo directamente en una colección de resort wear vibrante y optimista, donde los tonos dorados, el rosa palo con destellos metálicos, el turquesa profundo y el amarillo con flecos recordaban a ese instante mágico. La propuesta include una línea de bañadores de corte muy sugerente, lo que subraya una nueva y deliberada apuesta de la firma por centrarse exclusivamente en prendas para la temporada cálida.
Este desfile también simboliza un punto de inflexión estratégico para la marca. Macdonald ha decidido reconducir su negocio hacia el ready-to-wear de lujo más accesible, abandonando la exclusividad de la alta costura que exigía inversiones de decenas de miles de libreras. A partir de ahora, sus creaciones estarán disponibles a través de su canal online, en presentaciones privadas en resorts de lujo y en una selección de departamentos de grandes almacenes como Harrods y Selfridges. Se trata de una maniobra para democratizar su estética glamurosa sin perder el lustre de la firma.
El timing de su resurgir resulta irónicamente providencial. Mientras Londres ha estado sumida en un ciclo ininterrumpido de lluvia y cielos plomizos desde el inicio del año, la pasarela de Macdonald funcionó como una inyección de luz artificial. Los vestidos largos y ceñidores en tonos dorados y champán, con hombros arquitectónicos y aberturas audaces, los vestidos tipo flapper en amarillo y las capas vaporosas ribeteadas con plumas en tonos acuáticos, crearon una narrativa visual de verano perpetuo. Más allá de la ropa, el show ofreció un escape sensorial, un destello de alegría cromática que contrastaba notablemente con la realidad meteorológica de una urbe ávida de luminosidad.
Con esta vuelta a Londres, Macdonald no solo ha reafirmado su lugar en el circuito de la moda internacional, sino que ha articulado un mensaje claro: su marca evoluciona hacia una oferta más amplia y comercial, anclada en un poderío visual innegable. La combinación de un emplazamiento espectacular, una inspiración cromática poderosa y una nueva estrategia de mercado sugiere que el diseñador está preparado para conquistar un público más extenso, ofreciendo un lujo desenfadado y bañado en sol, incluso cuando el clima exterior se empeñe en lo contrario.



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