La evacuación masiva del campo de al-Hol, en el norte de Siria, ha puesto sobre la mesa una realidad compleja que trasciende lo humanitario y se adentra en los terrenos de la identidad y la percepción global. Más de 4.000 personas, en su mayoría mujeres y niños presuntamente vinculados a familias de combatientes del grupo Estado Islámico, abandonaron este mes el que fuera considerado el mayor centro de detención de este tipo en el mundo. Tras años de confinamiento en condiciones extremas, su traslado a lugares de acogida temporales o, en algunos casos, a sus países de origen, plantea interrogantes que la industria de la moda y el debate social en Europa y América no pueden ignorar: ¿qué papel jugará la vestimenta en la reconstrucción de sus vidas y en la forma en que serán recibidas por sociedades que a menudo asocian su indumentaria tradicional con el extremismo?
El campo de al-Hol se había convertido en un símbolo de las secuelas del califato. Sus habitantes, en su gran mayoría extranjeros, vivieron bajo un férreo control ideológico que imponía una estética específica: el niqab, largas abayas y guantes para las mujeres, y una vestimenta austera para los hombres. Esta «uniformidad forzada», lejos de ser un mero detalle, era un instrumento de sumisión y control, borrando la individualidad bajo una apariencia homogénea. Hoy, con su partida, esas mismas prendas se convierten en objetos de una dualidad inquietante: para algunas mujeres, son el único vestigio de un pasado que les fue arrebatado y, para las comunidades de acogida, a menudo funcionan como un estigma visible que dispara recelos y prejuicios. La moda, en este contexto, deja de ser un asunto de tendeduría para convertirse en un lenguaje de comunicación no verbal cargado de tensiones geopolíticas y de genero.
La situación genera un vacío operativo y de diseño que los profesionales de la moda sostenible y de la integración social empiezan a abordar con cautela. Organizaciones no gubernamentales que trabajan en la Franja de Gaza, en Turquía o en Jordania han报告ado que, al ofrecer sesiones de asesoramiento en imagen personal o talleres de confección a refugiadas, el tema de la vestimenta islámica modesta es el más espinoso. «No se trata de imponer un cambio, sino de ofrecer alternativas que respeten su fe y su historia personal, pero que también les permitan sentirse seguras en un entorno nuevo», explica una coordinadora de programmes de una entidad española con proyectos en la frontera turco-siria. La oferta de moda inclusiva, que ha crecido en pasarelas internacionales, choca aquí con la crudeza de la realidad: para una mujer que ha vivido encerrada durante años, elegir un color o un corte de ropa puede ser un acto de empoderamiento, pero también una fuente de conflicto interno y externo.
El mercado de la moda «modesta» ha experimentado un auge sin precedentes en la última década, con marcas globales que han lanzado líneas específicas. Sin embargo, este fenómeno está mayoritariamente orientado a consumidoras que eligen el hijab o la abaya como expresión de su fe en contextos de libertad. El caso de las evacuadas de al-Hol es radicalmente distinto: su relación con esa vestimenta está marcada por la coerción y el trauma. Por ello, los diseñadores y psicólogos que asesoran estos procesos advierten que no se puede generalizar. «Ofrecer un ‘vestuario de integración’ como si fuera un paquete preestablecido es una forma más de colonización cultural», señala un experto en moda y diversidad de la Universidad de Barcelona. «El camino debe ser facilitar el acceso a materiales y patrones que les permitan, si lo desean, adaptar su guardarropa a un nuevo contexto, sin renunciar a su identidad religiosa, pero también sin estar atadas a los símbolos de su opresor.»
En el ámbito europeo, donde muchos de estos nacionales serán reasentados, el debate público ha centrado históricamente en el velo islámico como un símbolo de opresión. La salida de al-Hol fuerza a la sociedad a mirar más allá de la prenda y preguntarse por las historias individuales. ¿Cómo se sentirá una joven iraquí, criada en el califato, al caminar por las calles de un municipio español vistiendo un niqab? ¿Será vista como una víctima o como una amenaza? La moda, como disciplina que estudia la interacción social a través de la apariencia, tiene aquí un campo de investigación crucial. Algunas iniciativas pioneras, como talleres de upcycling donde estas mujeres transforman sus viejas abayas en piezas modernas, buscan literalmente «tejer» un futuro diferente, reclamando la autoría sobre su imagen.
El vacío dejado por al-Hol es, en esencia, un vacío de narrativas. La ropa que carried consigo cada evacuada es un archivo cargado de significados contradictorios. Para el mundo de la moda, el reto es monumental: ayudar a escribir nuevas historias con esos mismos hilos, o proveer de nuevos hilos que permitan narrativas autónomas. Esto implica entender que la moda no es un adorno, sino un mecanismo de supervivencia social. Las casas de moda que aspiren a ser creíbles en su compromiso con la diversidad deben ir más allá de las campañas publicitarias y financiar proyectos que trabajen en los márgenes del conflicto, donde la ropa es cuestión de dignidad.
Mientras las instituciones diplomáticas y humanitarias negocian el destino final de cada familia, lasprendas que salieron de al-Hol viajan en maletas y bolsas de plástico. Son, a la vez, lastre y ancla. La industria de la moda, con su poder de influencia en la cultura global, no puede seguir siendo un espectador mudo. La evacuación de este campo infame no es solo el cierre de un capítulo de seguridad; es el inicio de un complejo experimento social donde la tela, el corte y el color determinarán, en gran medida, la capacidad de estas personas para ser vistas, por fin, como individuos y no como emblemas de un terror que no eligieron. La pregunta que queda en el aire es si la moda contemporánea está preparada para responderte con la humildad y la inteligencia que este momento histórico exige.



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