La 76ª edición del Festival de Cine de Berlín concluyó con una ceremonia de entrega de premios donde el cine y la moda convergieron en un narrativa profundamente política. La alfombra roja, tradicional escaparate de tendencias, se transformó en un territorio de expresión ideológica, donde los diseños y los accesorios reforzaron los discursos de protesta que dominaron la noche.
Desde la apertura del evento, la presencia de invitados y galardonados reflejó un ánimo de compromiso social. Varios asistentes optaron por looks en tonos oscuros o incorporaron elementos simbólicos, como lazos o pins en apoyo a Palestina, en clara respuesta al contexto geopolático. Esta estética de protesta se alineó con las declaraciones de los ganadores, que utilizaron su momento en el escenario para denunciar la violencia en Oriente Medio y criticar la inacción internacional. La directora libanesa Marie-Rose Osta, al recibir el Oso de Oro al mejor cortometraje por Someday a Child, lució un vestido sobrio que contrastaba con la intensidad de su mensaje, recordando que los niños en Gaza y Líbano no tienen “superpoderes para sobrevivir a un genocidio”.
El director del festival, Tricia Tuttle, reconoció en su intervención la fractura emocional de esta edición, afirmando que el “dolor y la urgencia” del mundo exterior pertenecían a la comunidad cinematográfica. Su estilo, caracterizado por piezas de corte minimalista y diseñadores locales, buscó transmitir una imagen de seriedad y apertura al debate, lejos de la frivolidad. Junto a ella, el presidente del jurado, Wim Wenders, figuraba con su habitual elegancia clásica, aunque su silencio inicial sobre los conflictos generó polémica; finalmente, al presenting los premios, intentó tender puentes entre el arte y el compromiso, un equilibrio que también se observó en la vestimenta de muchos cineastas.
Los galardones principales estuvieron marcados por la moda como extensión del discurso. Sandra Hüller, premiada con la Plata de Plata a la mejor interpretación por Rose, eligió un traje de silueta andrógina que desafiaba los cánones de alfombra roja, un guiño a la complejidad de los roles femeninos en el cine contemporáneo. Por su parte, Abdallah Alkhatiz, ganador del premio al mejor documental por Chronicles From a Siege, subió al escenario con una bandera palestina visible bajo su chaqueta, un accesorio que se convirtió en el foco de atención y que replicó la estética de resistencia vista entre el público.
El host, la actriz luxemburguesa Désirée Nosbusch, intentó mediar entre los gritos de apoyo a los discursos políticos con un vestido de corte clásico en tonos neutros, un intento de mantener la formalidad del evento sin opacar las voces disonantes. Su labor se complicó cuando parte del público interrumpió con consignas, evidenciando que la moda en el Berlinale ya no es solo un asunto estético, sino un campo de batalla simbólico.
Los premios, que incluyeron el Oso de Oro para Yellow Letters de İlker Çatak y la Plata de Gran Jurado para Salvation de Emin Alper, fueron recordados menos por las películas en sí y más por el contexto de sus directores. Çatak, al recibir el galardón máximo, llevó un traje oscuro sin corbata, un estilo que priorizaba la comodidad sobre la pompa, en sintonía con el espíritu reivindicativo de la gala. Entre las menciones especiales, el documental If Pigeons Turned to Gold de Pepa Lubojacki y el cortometraje A Woman’s Place Is Everywhere de Fanny Texier, ambos con temáticas sociales, reforzaron la idea de que el certamen premia obras que trascienden lo puramente cinematográfico.
La edición de 2026 del Berlinale ha dejado una lección clara: en tiempos de polarización, la moda en los festivales de cine ya no es un mero adorno. Se ha convertido en un lenguaje complementario al cine, capaz de comunicar solidaridad, identidad o descontento. Los diseñadores y asistentes han entendido que cada elección de vestimenta puede ser un acto de testimonio, y que la alfombra roja, lejos de ser un pasarela frívola, es ahora un foro donde la estética dialoga directamante con la ética. Este año, el verdadero premio fue la visibilidad otorgada a causas que, desde la butaca o el escenario, encontraron en la tela, el color y el accesorio un aliado poderoso.
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