El rendimiento de Canadá en los Juegos Olímpicos de Invierno de Milán-Cortina 2026 ha generado un debate que trasciende el podio y se adentra en la estrategia de desarrollo deportivo del país. Tras una serie de ediciones históricamente exitosas —con 26 medallas en Pekín 2022, 29 en PyeongChang 2018, 25 en Sochi 2014 y 26 en la Vancouver 2010—, el equipo nacional cerró esta cita con 21 preseas, un descenso que ha encendido las alarmas en el mundo del deporte de alto rendimiento y, de manera indirecta, en la esfera de la imagen y la tecnología deportiva.
La causa principal señalada por expertos no reside en la capacidad atlética, sino en un modelo de financiación que lleva dos décadas sin actualizarse. David Shoemaker, director ejecutivo del Comité Olímpico Canadiense, fue rotundo en una rueda de prensa: «La financiación base para las organizaciones deportivas nacionales no ha aumentado en 20 años. Y lo necesita». Este dinero, explicó, es el que garantiza la operación diaria: sueldos de entrenadores, apoyo psicológico, logística y, en un entorno tan técnico como el deporte invernal, también la evolución del equipamiento y la indumentaria. «Sostienen el camino desde el patio de recreo hasta el podio», afirmó, vinculando la estabilidad financiera con la capacidad de implementar programas integrales, donde la innovación textil y el diseño funcional juegan un papel capital.
Ann Rucklinger, CEO de la organización «Own the Podium», que asesora a las federaciones en estrategias de inversión, matizó que Canadá suele iniciar los Juegos de Invierno con un ritmo más lento, pero reconoció que el «verdadero desafío» de Milán-Cortina fue estructural. «Contábamos con una plantilla de atletas más reducida que en ediciones anteriores», admitió. Sin embargo, subrayó que la raíz del problema es la financiación federal. Los comités olímpico y paralímpico han solicitado al gobierno un incremento de 144 millones de dólares para 2025, pero los dos últimos presupuestos federales no asignaron nuevos fondos al deporte de base. Los pilares de ingresos de las federaciones —matrículas de afiliación, patrocinios corporativos, organización de eventos y ayudas gubernamentales— se han estancado, mientras la inflación erosiona su poder adquisitivo.
Bruce Kidd, profesor emérito en Política Deportiva de la Universidad de Toronto, aportó una perspectiva que conecta la economía con la vida cotidiana del atleta. «Hay muchos gastos: manutención, guardería, matrículas universitarias. Necesitas confianza para poner pan en tu mesa y un techo sobre tu cabeza», declaró. En el caso de los deportes de invierno, los costes se disparan: campamentos de verano en zonas muy específicas, materiales especializados y viajes para competir. «Atraer y retener a entrenadores de élite es casi imposible sin recursos significativos», continuó Kidd, señalando que esto fuerza a los atletas a pagar más cuotas para acceder a programas de alto rendimiento, una barrera que frena el descubrimiento de talentos.
Para Rucklinger, la relación entre inversión y resultados es «muy directa». «Las organizaciones nacionales no han visto un aumento en su financiación base en 15 a 20 años. Sumen eso a la inflación y deben hacer más con menos dinero; de hecho, es menos dinero porque el coste de los programas de alto rendimiento ha subido», explicó. Además, otras naciones están inyectando más capital, creando «una brecha financiera enorme». Esto, según la experta, ha obligado a las federaciones canadienses a recortar en el área de «desarrollo», es decir, en la formación a largo plazo de atletas y en la innovación en equipamiento, dos pilares para competir tanto en medallas como en presencia visual y tecnológica en el escenario global.
De cara a los Juegos Olímpicos de los Alpes Franceses 2030, el panorama es preocupante. Rucklinger anticipa que las organizaciones deportivas «estarán muy presionadas para invertir recursos suficientes en entrenamiento diario, entornos de competición y oportunidades para los atletas». El debate ya no es solo cuántas medallas se cuelgan, sino cómo se proyecta la marca país a través de sus representantes: los uniformes, la tecnología en el material deportivo y la capacidad de liderazgo en diseño funcional son ahora parte de la misma conversación. Shoemaker, por su parte, cerró con una reflexión que trasciende el metal: «Estos Juegos nos unieron, como siempre. Pero también nos hicieron preguntarnos: ¿cómo queremos aparecer en el mundo? ¿Qué país queremos representar?». La respuesta, parece, dependerá en gran medida de la apuesta económica que se haga hoy, no solo en el talento atlético, sino en la infraestructura que lo sustenta, incluida esa vestimenta que habla de innovación y orgullo nacional.



GIPHY App Key not set. Please check settings