La gala de los Premios BAFTA del cine británico, celebrada este domingo en el Royal Festival Hall de Londres, se vio envuelta en una inesperada polémica que trascendió la alfombra roja para adentrarse en un complejo debate social. El centro de la controversia fue John Davidson, activista escocés y figura inspiradora del film I Swear, cuyo comportamiento durante la ceremonia reactivó conversaciones globales sobre el síndrome de Tourette, la concienciación y los límites de la representación pública.
Davidson, cuya vida y lucha con el trastorno neurológico dieron lugar a la película galardonada con el BAFTA a Mejor Actor para Robert Aramayo, estuvo presente en la ceremonia. Pronto, su presencia se hizo notar a través de una serie de tics vocales, característicos de su condición, que irrumpieron en momentos clave de la retransmisión. Durante los primeros compases del evento, se le escuchó proferir exclamaciones como “¡Aburrido!” mientras se daban las instrucciones iniciales al público, o “¡Mentira!” en respuesta a una petición de no usar lenguaje soez. El punto álgido se produjo durante la entrega del premio a Mejores Efectos Visuales, cuando Davidson pronunció un insulto racial dirigido, de manera involuntaria, a los presentadores Michael B. Jordan y Delroy Lindo, lo que generó una audible exclamación de incomodidad en la sala.
El presentador, Alan Cumming, interrumpió la gala en varias ocasiones para contextualizar lo que ocurría. “Es posible que hayan notado lenguaje fuerte de fondo. Esto puede ser parte de cómo se manifiesta el síndrome de Tourette en algunas personas, tal como explora la película”, declaró, solicitando comprensión para “crear un espacio respetuoso para todos”. Posteriormente, tras la salida voluntaria de Davidson del recinto unos 25 minutos después de iniciada la ceremonia —un detalle confirmado por este medio a través de fuentes de la organización—, Cumming añadió una disculpa formal: “El síndrome de Tourette es una discapacidad y los tics que han escuchado son involuntarios. Pedimos disculpas si alguien se ha sentido ofendido”.
Previamente, un coordinador de producción había informado a los asistentes y al público en directo sobre la posibilidad de escuchar “ruidos o movimientos involuntarios” durante la gala, una medida que buscaba preparar el terreno pero que no evitó la posterior controversia. La cadena BBC, encargada de la emisión en Reino Unido con dos horas de retraso, declinó hacer comentarios sobre la decisión de no editar digitalmente estos fragmentos, una elección que ha sido cuestionada en círculos internos de la industria.
Las reacciones entre los asistentes fueron dispares. Para muchos, incluidos profesionales británicos, el incidente subraya la profunda incomprensión que aún rodea al trastorno. “El Tourette es unimaginable para quien no lo vive”, comentó un executive presente. Sin embargo, otros, particularmente de la comunidad internacional, expresaron menos tolerancia, señalando que el lenguaje utilizado, especialmente el insulto racial, podría haber resultado emocionalmente desencadenante para los presentes, independientemente de su naturaleza involuntaria.
Una de las voces más críticas surgió en redes sociales. Hannah Beachler, diseñadora de producción de Sinners, detalló en su perfil de X: “No encuentro las palabras. Sucedió tres veces esa noche, y una de ellas fue dirigida a mí. Entiendo la imposibilidad de la situación, pero lo que la agravó fue la disculpa genérica de ‘si se sintieron ofendidos’”. Su testimonio refleja la tensión entre el imperativo de educar sobre la discapacidad y el impacto real del comportamiento resultante.
Frente a esta corriente, Robert Aramayo, tanto en su discurso de aceptación del BAFTA a Mejor Actor como del premio Rising Star, dedicó su triunfo a Davidson. “Es el hombre más extraordinario que he conocido. Su deseo es que aprendamos mucho más sobre el Tourette”, afirmó. Aramayo hizo un llamado directo: “Para las personas con Tourette, somos quienes las rodeamos las que definimos su experiencia. Necesitan apoyo y comprensión”.
El debate se trasladó masivamente a internet, donde usuarios compartieron definiciones clínicas del trastorno —un trastorno neurológico que causa tics motores y vocales, donde el coprolalia (pronunciar palabras obscenas) afecta solo a una minoría de los casos— y narrativas personales. “Es debilitante y terriblemente malentendido”, escribía un afectado, mientras otros insistían en separar la condición del acto ofensivo en sí.
Lo sucedido en los BAFTA expone, en esencia, un desafío pendiente para la sociedad y los medios: cómo normalizar la visibilidad de las discapacidades invisibles sin simplificar sus complejidades, y cómo equilibrar la necesaria educación con la gestión del daño colateral que pueden generar los síntomas involuntarios. La película I Swear buscaba precisamente ese puente de empatía. Sin embargo, la vida real, sin guion, demostró que el camino hacia una comprensión plena sigue plagado de friction points, donde la buena intención choca con la experiencia sensible del espectador. La discusión, lejos de cerrarse, ha abierto una ventana necesaria, aunque incómoda, sobre un trastorno que afecta a miles de personas en el mundo hispanohablante y que, como quedó claro en Londres, aún no tiene un guion establecido para su representación pública.
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