El actor puertorriqueño Benicio del Toro, recién llegado del set de rodaje en Berlín, recibe en el lujoso hotel Peninsula de Beverly Hills con una indumentaria que desdice cualquier etiqueta de estrella: una chaqueta cortavientos negra, una gorra de béisbol de los Atléticos de Oakland y una mirada entre cansada y alerta. Su presencia, de casi dos metros de altura, impone en el lobby dorado, pero su actitud es la de quien prefiere pasar desapercibido. Esta aparente contradicción entre fama mundial y understatement define tanto al intérprete como a la evolución de la moda masculina actual, donde la autenticidad ha desplazado a la pompa.
Su papel como Sensei en One Battle After Another, la epopeya de Paul Thomas Anderson sobre migración y lucha, lo sitúa de nuevo en el epicentro de la conversación cinematográfica. La cinta, con trece nominaciones a los Oscar, incluye la de mejor actor de reparto para él, un reconocimiento que llega más de dos décadas después de su estatuilla por Traffic. Del Toro, sin embargo, aborda este nuevo chaparrón de atención con la calma de quien ha navegado mareas turbulentas. “Es una ola”, define, “algo que te levanta, te desprendes de ella o te entregas. No es una campaña, es algo que está más allá de tu control”. Una filosofía que aplica tanto a los premios como a su relación con la fama y, por extensión, con la imagen pública.
Su vestimenta, deliberadamente excéntrica para un hombresaje de alto nivel, no es un capricho. Es la materialización de una ética: rechazar el personaje preestablecido. “Los latinos no somos todos iguales”, declaró en una conversación previa, en referencia a los roles estereotipados que se le ofrecían al inicio de su carrera. Esta postura se traslada a su armario. En las imágenes de promoción, captadas por el fotógrafo Myles Hendrik, alterna trajes impecables de casas como Hermès o Brioni con una cazadora de cuero de Vince o un abrigo deThom Sweeney, siempre con su propia bisutería, sin concesiones a la dictadura de la etiqueta visible. Es un estilo de “efortless chic” que huye del慌张 y abraza la personalidad, una tendencia que designers y público han adoptado como antítesis del logomanía.
Pero su influencia va más allá de la ropa. Del Toro es un actor que reescribe guiones desde la lógica interna del personaje. En One Battle After Another insistió en que Sensei, un maestro de kárate, no se convirtiera en un asesino por conveniencia de trama. “Si mato a alguien en mi dojo, eso es otra película”, argumentó, forzando una reescritura que transformó a su personaje en el núcleo moral de la historia: un protector de migrantes, un “Samaritano”. Ese mismo rigor lo aplica a su propia imagen. Se niega a “chew the furniture” (un término teatral que significa sobreactuar), tanto en pantalla como en la alfombra roja. Su gorra de béisbol, su tendencia a la discreción, son actos de resistencia craft against a system that demands constant visibility.
Esta coherencia entre vida, filosofía y estética tiene raíces profundas. Su infancia en Puerto Rico, marcada por la pérdida de su madre a los nueve años y una posterior etapa caótica, forjó un carácter introspectivo. “Todavía pienso en ella todos los días”, confiesa. Aquel dolor, que compartió con su ídolo, el director japonés Kaneto Shindo —también huérfano a esa edad—, lo conecta con una generación de iconos masculinos de la talla de Steve McQueen o Clint Eastwood, modelos de una masculinidad estoica que él encarna sin esfuerzo. Esa contención, esa Mirada que parece observar el mundo desde la distancia, es su sello. No es frialdad, es un escudo que protege su intimidad en una industria obsesionada con exponerla.
Su vuelta a la isla, que visita una vez al año, refuerza esta dualidad. “Puedes ser both”, afirma sobre su identidad puertorriqueña y americana, desmontando con sencillez la falacia de las identidades excluyentes. Y critica con aspereza la condición política de Puerto Rico: “Somos ciudadanos americanos desde 1917, pero no podemos votar por el presidente. No tiene sentido”. Esa claridad política, combinada con una resistencia a usar su plataforma para discursos vacíos, lo convierte en un referente para una generación que busca autenticidad por encima de postureo.
En el set de One Battle After Another, su compromiso con la verdad fue tangible. durante una escena en una tienda real de El Paso, se puso tras el mostrador y manejó dinero auténtico de la familia dueña, creando una conexión inmediata con los no actores y con Leonardo DiCaprio, su compañero de reparto. “Fue un momento de bonding”, recuerda. Esa búsqueda de lo real es también su método de actuación: “Eres un intérprete. Si no entiendes al escritor, no puedes hacerlo”. Cuestiona, profundiza, busca la lógica en cada detalle, desde el paradigma de una maleta hasta el origen de una ira. Es un artesano en la era del espectáculo.
Así, Del Toro se erige como un antimodelo en la era del influencer. No瘾 a la exposición, prefiere el trabajo callado. Su estilo, una mezcla de sastrería clásica y piezas utilitarias, refleja a un hombre que viste para sí mismo, no para las cámaras. Es una propuesta de moda profundamente personal: la ropa no debe narrar una historia impostada, sino acompañar a quien la lleva. En sus propias palabras, al final de aquella entrevista en el hotel, mientras el bullicio de una ejecutiva vociferante llenaba el lobby, él se abstrajo: “Olas del océano”. Un mantra. Una forma de filtrar el ruido. Y quizás, esa es la lección de estilo más valiosa que puede ofrecer un actor en la cumbre: la capacidad de encontrar la calma –y la voz propia– en medio del estruendo.
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