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Deposición de Leslie Wexner revela vínculos con Jeffrey Epstein

El legado de Leslie Wexner, el arquitecto de un imperio textil que definió la moda estadounidense y global durante décadas, se enfrenta a una revisión histórica forzada por su vínculo con el convicto Jeffrey Epstein. Su reciente declaración jurada, que ha sido publicada, no solo desgrana los entresijos de una fortuna forjada desde la humildad, sino que proyecta una larga sombra sobre las icónicas marcas que fundó o adquirió, entre las que destacan Victoria’s Secret, Express y Bath & Body Works. Para el sector de la moda, el testimonio de Wexner es un documento ambiguo: por un lado, revela la mentalidad de un visionary que revolucionó la distribución minorista; por otro, alimenta las preguntas sobre la cultura corporativa y el juicio ético que rodearon a uno de los grupos de comunicación de moda más poderosos del mundo.

La historia que Wexner narra sobre sus inicios es casi un relato quijotesco. Criado en una familia con escasos recursos, un préstamo de 5.000 dólares de una tía, gestionado con astucia para simular solvencia ante los bancos, fue la semilla de lo que luego se convertiría en L Brands. Su narrativa de éxito es clara: abrió la primera tienda de The Limited en 1963, llevó la empresa a bolsa en 1969 repartiendo acciones entre todos los empleados —desde los gerentes hasta el personal de limpieza—, y al percibir un límite en el crecimiento de una sola cadena, fundó Express. Su cálculo es vertiginoso: llegó a acumular, según admite, unas 20 marcas y alrededor de 10.000 tiendas en todo el mundo. Esta proeza le valió el crédito, incluso entre sus críticos, de haber “inventado” el modelo de retail multinacional con múltiples marcas.

Sin embargo, el núcleo de la declaración gira en torno a Jeffrey Epstein. Wexner fue el cliente estrella del financiero, a quien contrató en los años ochenta para gestionar su vasta fortuna personal. Le otorgó un control casi ilimitado sobre sus finanzas, un poder que, según investigaciones, le permitió a Epstein desviar al menos 200 millones de dólares. Este vínculo financiero fue, en palabras de un congresista estadounidense, la base que hizo posible el ascenso de Epstein: sin el respaldo de Wexner, no habría existido la isla privada, el avión o el entramado para atraer a mujeres y adolescentes. La cuestión que surge en la industria de la moda es si esta relación de dependencia financiera creó una ceguera institucional o, peor aún, una complicidad tácita con el estilo de vida depravado de Epstein, que frecuentemente se codeaba con figuras del mundo de la alta costura y los concursos de belleza, ámbitos estrechamente ligados a Victoria’s Secret.

Wexner se desmarca con contundencia de cualquier intimidad. Niega rotundamente haber tenido “ninguna relación sexual o romántica” con Epstein o con cualquier hombre, calificando de “absurdo” cualquier insinuación. Insiste en que fue un “con” —un timo—, el mayor “con artist” de todos los tiempos, que le engañó con una red ficticia de clientes y operaciones bancarias supuestamente complejas que él, absorto en dirigir su conglomerado, no entendía. Su explición para no haber demandado a Epstein tras detectar el desfalco es reveladora de su mentalidad de CEO: “No te metas en una pelea de meadas con un elefante”, le decía su padre. Confió en su equipo legal y ejecutivo para “manejarlo”, una postura que hoy, desde la perspectiva de la gobernanza corporativa, puede verse como una delegación excesiva en materia de riesgo reputacional.

La declaración está llena de detalles que hielan la sangre, pero que Wexner intenta naturalizar. Describe el viaje a la isla privada de Epstein en las Islas Vírgenes como una visita a un lugar “bastante cutre”, “una pila de rocas”, sin playa ni árboles. Sobre la casa de Palm Beach, la tilda de “modesta”. Esta minimización choca con la realidad conocida: Epstein utilizaba esas propiedades para organizar fiestas con adolescentes. Wexner asegura nunca haber visto nada inapropiado, y que cuando su jefe de personal le advirtió sobre una demanda por “conducta agresiva” de Epstein, este se defendió diciendo que era “una prostituta que intentaba extorsionarle”, y él le creyó. La frialdad de este relato, tratado como un mero incidente de relaciones públicas, es lo que más preocupa a los analistas de ética empresarial.

El episodio de la nota de cumpleaños que Wexner escribió para Epstein —con un dibujo de unos pechos y la frase “Quería darte lo que querías, así que aquí está” — es un ejemplo palmario de la ambigüedad de su relación. Él lo justifica como un intento de “bromear” con un soltero, pero reconoce que no era algo que hiciera con sus socios de negocio tradicionales. Para el mundo de la moda, donde la imagen y las conexiones sociales son capital, este tipo de confianza y familiaridad con un personaje tan oscuro plantea interrogantes sobre el filtro ético que se aplicaba en la órbita de Wexner.

El contexto de la moda es crucial. Wexner no era un inversor pasivo; era elrey de un imperio que estandarizó la lencería sexy (Victoria’s Secret), popularizó la ropa casual juvenil (Express) y creó tendencias masivas. Su estética, a menudo criticada por su cosificación de la mujer, ya estaba bajo escrutinio. Ahora, su relación con Epstein —un hombre acusado de tráfico sexual de menores— añade una capa aún más siniestra a la herencia de esas marcas. La pregunta que flota en los consejos de administración de las empresas herederas es si los valores de una era —los Ninety, la cultura del exceso y la ambición desmedida— pueden realmente separarse de la figura que las encarnó.

La declaración, solicitada por un comité de la Cámara de Representantes de EE.UU., termina con una frase cargada de ira contenida: “Hoy me alegro de que esto ocurra porque quiero ayudar y haría todo lo posible por clavar a ese hijo de puta”. Es una confesión de culpa por la dejación. Para la moda, el mensaje es claro: los董事es no pueden limitarse a delegar en abogados cuando los riesgos son tan existenciales. El estilo de gestión que forjó un coloso retail, basado en una confianza ciega en un círculo interno, dejó una puerta entreabierta a una de las tragedias criminales más sonadas de las últimas décadas.

Con la publicación de millones de documentos judiciales del caso Epstein, este asomo a la intimidad de Wexner no cerrará. Para el sector, es un recordatorio incómodo de que el diseño de logos, las campañas publicitarias y la apertura de tiendas no ocurren en un vacío ético. Cada nombre que se cuelga de un albornoz de Victoria’s Secret o de una etiqueta de The Limited está, de manera indirecta, ligado a esta historia de ambición, ingenuidad calculateda y, posiblemente, negligencia. El legado de la moda americana moderna, ese que exportó una idea de sofisticación accesible al mundo, tendrá que digerir esta dualidad: el genio retail y el cómplice involuntario de un depredador. La revisión crítica acaba de empezar.

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Escrito por Redacción - El Semanal

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