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Los dioses del heavy metal anuncian su retiro definitivo

El legado de Judas Priest: cuando el cuero y los tachuelas se reconcilian con la autenticidad

En un mundo donde la estética a menudo dicta la narrativa, pocas bandas han sido tan monolíticas—y a la vez tan malinterpretadas—como Judas Priest. Su silueta de cuero negro, tachuelas y posturas desafiantes sobre el escenario construyeron el arquetipo del metalero, un icono visual que, paradójicamente, terminó por oscurecer la humanidad de quienes lo habitaban. Un nuevo documental, co-dirigido por el guitarrista de Rage Against the Machine Tom Morello y el cineasta Sam Dunn, se adentra en esta dicotomía, desmontando el mito del Satanás encapuchado para revelar a un grupo de clases trabajadoras de las Midlands inglesas cuya mayor revolución no fue solo sonora, sino profundamente personal.

La película, presentada en el festival de Berlín, logra una hazaña singular: humanizar a los “dioses del metal” sin restar un ápice de su poderío musical. Lo consigue, en parte, mediante un detalle aparentemente menor: las imágenes del vocalista Rob Halford, hoy un septuagenario sonriente, caminando hacia un pub local para pedir su plato de fish and chips con guisantes machacados y un huevo en vinagre. Es un gesto que desmitifica, pero no ridiculiza. Les devuelve a su origen, a esa geografía industrial de la “Black Country” que, lejos de ser un nido de demonios, fue el crisol de una ética de trabajo férrea y una lealtad inquebrantable entre banda y público.

La moda como armadura y declaración

El documento dedica un espacio fascinante a la génesis de su imagen, un aspecto crucial en la construcción de su identidad y, por ende, en la moda rock. El cambio de las túnicas y lentejuelas de sus inicios al uniforme de cuero y metal no fue un capricho estético, sino una búsqueda de una identidad visual coherente con la potencia de su sonido. Morello, con su ojo crítico de erudito del rock, señala que las primeras piezas clave fueron adquiridas en una tienda de artículos sexuales en el barrio de Soho en Londres. Este dato, lejos de confirmar una vinculación con el sadomasoquismo como algunos especularon, subraya la apropiación y transformación de símbolos de las subculturas marginales—en este caso la cultura leather gay de los años setenta—para crear un lenguaje visual propio y agresivo. Halford, con su humor británico, zanja el debate: “Nunca hubo una ecuación con el S&M, porque soy el tipo más vainilla del mundo gay”. La moda aquí era armadura, un código compartido con una tribu que se reconocía en el sonido, no una declaración de prácticas privadas.

El precio de la autenticidad en la era del pánico moral

La sección más estremecedora revisita el “pánico satánico” de los años ochenta, cuando la música de Judas Priest fue llevada a un tribunal de Nevada en 1990. Una familia cristiana demandó a la banda por 6 millones de dólares, alegando que mensajes subliminales en su disco Stained Class habían impulsado a dos jóvenes a un pacto suicida. El documental muestra las actas del juicio, la tortuosa escucha de cintas por parte del jurado buscando el espectral “do it” que nunca existió. Es un capítulo que trasciende lo musical para convertirse en un estudio de caso sobre la histeria moral, la censura y la fácil culpabilización del arte. “La pregunta de sentido común es: ¿por qué le dirías a tus fans que se jodan y se maten?”, razona Halford con una calma que hoy suena a argumento irrefutable. El proceso, aunque terminó en absolución, dejó una cicatriz. Como señala el guitarrista de Metallica, Kirk Hammett, emocionado, el metal no era una invitación a la desesperación, sino un antídoto, una “medicina” para los marginados que encontraban comunidad en sus acordes.

El techo de cristal en el escenario de metal

El documental aborda con una sensibilidad nada cursi la homosexualidad de Halford, un secreto a voces dentro de la banda pero un arma de doble filo en la industria. En los setenta, el metal era un territorio eminentemente masculino y heteronormativo. Halford recuerda haber interiorizado que no había lugar para un hombre gay abiertamente en ese olimpo de testosterona escénica. Esta disonancia entre su éxito masivo y su vida privada lo sumió en un periodo de alcoholismo, del que salió tras una desintoxicación. Su salida del armario en una entrevista con MTV en 1998, cuando las noticias corrieron como la pólvora, generó una reacción inesperada: un torrente de aceptación de su comunidad de fans. Fue una validación poderosa de que la lealtad de la tribu metalera iba más allá de la orientación sexual. La película, con un toque de ironía, propone un juego: releer viejas letras en busca de claves queer, encontrando —no sin gracia— pasajes como “Grinder! Looking for meat!”.

La hermandad como única constante

Más allá de los dramas individuales, el relato se centra en la mecánica de una hermandad que ha navegado medio siglo. La partida del guitarrista K.K. Downing en 2011, la lucha de Glenn Tipton contra el Parkinson, y la larga ausencia de Halford entre 1992 y 2003 (un parón que duró once años) son hitos que la película describe sin sensacionalismo. La anécdota que mejor lo define es la de la reconciliación tras la marcha de Halford: la invitación a volver no necesitó de grandes discursos, solo una conversación, “en el más puro estilo británico, tomando una taza de té”. Esa contención, ese código no verbal, es el verdadero núcleo de su leyenda.

El reconocimiento de la tribu

La inclusión en el Rock & Roll Hall of Fame en 2022, tras dos nominaciones fallidas, se presenta no solo como un logro artístico, sino como un acto de justicia por parte de una comunidad que trasciende géneros. El documental atribuye gran parte de este empuje final a dos músicos negros forjados en mundos aparentemente lejanos al metal: Tom Morello (RATM) y Darryl McDaniels (Run-DMC). Su activismo desde dentro de la institución del rock simboliza la能力 del género para trascender barreras raciales y de clase, uniendo en el Rainbow Bar & Grill de Los Ángeles a figuras tan dispares como Billy Corgan (Smashing Pumpkins), Scott Ian (Anthrax) y Lzzy Hale (Halestorm) en un cónclave de devoción priestiana. Esa diversidad en la adoración es, quizás, la prueba definitiva de que el legado de Judas Priest nunca fue sobre exclusión, sino sobre encontrar—y forjar—un lugar propio.

La película no es un documental de “detrás de las cámaras” al uso. Es un acto de reivindicación cultural que conecta la historia personal de unos hombres de Birmingham con las grandes batallas sociales de las últimas décadas: la libertad sexual, la lucha contra la censura y la tribu como refugio. Su mayor acierto es demostrar que la autenticidad no se mide por la dureza del cuero, sino por la capacidad de mantener la banda unida, perdurar con dignidad y, al final del camino, poder ir a por unas patatas fritas con tus compañeros de viaje sin necesidad de una máscara. Un legado que, como reconoce un sonriente Halford en una de las últimas tomas, resuena con una simple y poderosa verdad: “Priest. Fuck, yeah”.

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Escrito por Redacción - El Semanal

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