La moda de entretiempo se enfrenta este año a un doble desafío: responder a la volatilidad climática y consolidar la transición hacia prácticas más sostenibles. Lejos de las soluciones temporales, el sector apuesta por tejidos innovadores y siluetas versátiles que prometen perdurar más allá de una temporada, según análisis de plataformas especializadas como Vogue Business y el informe State of Fashion 2024 de McKinsey.
Uno de los desarrollos más significativos es la irrupción de materiales que fusionan tecnología y ecología. Ya no se trata solo de algodón orgánico, sino de tejidos derivados de residuos agrícolas, como el piñatex (cuero de hojas de piña), o de bacteriocelulosa producida por microorganismos. Estas alternativas, que antes pertenecían a laboratorios de investigación, hoy desfilan en pasarelas como la de Milán y están disponibles en colecciones cápsula de marcas accesibles. Su ventaja principal radica en una huella hídrica y de emisiones notablemente inferior a los materiales convencionales.
Paralelamente, el concepto de “vestuario modular” gana terreno entre el consumidor informado. La idea es simple: piezas clave —un abrigo estructurado, un vestido camisero, un pantalón de corte recto— diseñadas para combinarse entre sí en múltiples looks, reduciendo la necesidad de acumulación. Estilistas y personal shoppers señalan que esta tendencia, impulsada también por la economía y la conciencia medioambiental, se tradujo en un aumento del 25% en la búsqueda de “outfits versátiles” durante el último año, según datos de la plataforma Lyst.
En cuanto a paletas cromáticas, los tonos tierra y neutros (verdes musgo, arena, beige tostado) dominan las propuestas, sustituyendo la explosión de colores vibrantes de temporadas anteriores. Este giro hacia la sobriedad no implica monotonía; la textura se convierte en la protagonista. Lanas con relieve, punto de canalé, tweed reinventado y crepes con brillo sutil aportan profundidad y sofisticación a looks monócromos. La clave, apuntan expertos, está en la mezcla de acabados: un jersey grueso con una falda de seda o un pantalón de lana con una camisa de lino.
La confección responsable abarca también el apartado de accesorios. Los bolsos y calzados de “cuero vegetal” (curtido con extractos de árboles) y los derivados de materiales reciclados —desde botellas de plástico hasta neumáticos— han dejado de ser nicho para integrarse en las líneas principales de casas como Stella McCartney o la española
No obstante, el entusiasmo por la innovación convive con una realidad compleja. La escalabilidad de estos nuevos materiales sigue siendo limitada y su coste de producción, más elevado. Esto se traduce en precios finales que aún no son mayoritarios, aunque marcas de gran distribución como
Para el lector que busca aplicar estas tendencias sin renunciar al presupuesto, la recomendación de los especialistas es clara: invertir en “capas básicas” de alta calidad en tonos neutros y buscar piezas de segunda mano o de colecciones pasadas que incorporen tejidos duraderos. La artesanía local también ofrece oportunidades: pequeños talleres que trabajan bajo pedido con materiales de proximidad pueden ser el mejor aliado para construir un armario consciente sin pagar el sobrecoste de las marcas de lujo.
El escenario, en definitiva, apunta hacia una moda menos efímera, donde la innovación textil y el diseño atemporal convergen. El verdadero lujo, parece conspirar el mercado, ya no reside en el logotipo visible, sino en la historia desconocida del material que se viste: su origen, su proceso y su promesa de no terminar en un vertedero tras un breve ciclo de uso. La pregunta que queda en el aire es si esta evolución será suficiente para contrarrestar el ritmo vertiginoso de la producción global, o si requerirá de una regulación más estricta que acelere el cambio de todo el sector.
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