El futuro de Tricia Tuttle al frente del Festival de Cine de Berlín (Berlinale) pende de un hilo tras una reunión extraordinaria del consejo supervisor de la Kommanditgesellschaft Berliner Festspiele mbH (KBB), la entidad que organiza el evento. La cita, convocada con urgencia en la Cancillería Federal, abordó directamente la continuidad de la directora y el rumbo del certamen, un asunto que ha escalado a la más alta esfera del Gobierno alemán, principal financiador del festival a través del Ministerio de Cultura.
El detonante de la crisis se gestó en la ceremonia de clausura del pasado sábado. Durante la entrega de premios, el director palestino Abdallah Al-Khatib, ganador del principal galardón de la sección Perspectives con su película Crónicas del asedio, aprovechó su discurso para exigir una «Palestina libre» y acusar al ejecutivo alemán de ser «cómplice del genocidio en Gaza por parte de Israel». Sus palabras provocaron la salida en señal de protesta del ministro de Medio Ambiente, Carsten Schneider, y desataron una oleada de críticas desde sectores conservadores, que calificaron las declaraciones de antisemitas y de odio hacia Israel.
La presión mediática, liderada por el tabloide Bild, se centró en la figura de Tuttle. El diario publicó una fotografía de la directora junto a Al-Khatib y su equipo en el estreno mundial del film, donde algunos miembros portaban la bandera palestina y kufiyas. Una columna del periodista Gunnar Schupelius la acusó de haberse «prestado a la propaganda gazatí». Bild anticipó, sin citar fuentes, que el consejo supervisor estudiaría su cese, cuando apenas han transcurrido dos años de su mandato quinquenal.
Frente a esta ofensiva, la comunidad cinematográfica internacional ha cerrado filas en defensa de la directora. Las academias de cine alemana y europea emitieron un comunicado conjunto advirtiendo de que una destitución sería injusta —pues los comentarios polémicos no partieron de Tuttle ni del festival, sino de los propios cineastas— y crearía un «efecto chilling» sobre la libertad de expresión en el Berlín. «Un festival de cine internacional no es un instrumento diplomático; es un espacio cultural democrático que debe protegerse. Su fuerza reside en su capacidad para albergar perspectivas divergentes y dar visibilidad a una pluralidad de voces», reza la carta, que han suscrito figuras como Tilda Swinton, Sean Baker o el rumano Radu Jude.
El respaldo ha sido igualmente masivo entre los trabajadores del propio festival. Más de 500 empleados, entre fijos, contratados y freelancers, hicieron pública una declaración en la cuenta oficial de Instagram del Berlinale, calificando a Tuttle de «directora extraordinaria» y «líder inteligente, ética y receptiva», cuya gestión ha hecho que el equipo se sienta «respetado individualmente y colectivamente orgulloso» en dos años difíciles. Como prueba de su ecuanimidad, el festival programó también este año la proyección de Una carta para David – La versión completa, documental del israelí Tom Shoval sobre su amigo David Cunio, secuestrado por Hamas el 7 de octubre. Shoval, en un post en redes, agradeció a Tuttle su apoyo y la describió como «un modelo de liderazgo cultural» que » vio más allá de la política» y actuó con integridad.
Ahora, la pelota está en el tejado del Ministerio de Cultura, que controla la KBB. Las conversaciones entre la dirección del festival y el consejo supervisor proseguirán en los próximos días. La decisión, que trascenderá el futuro de una persona para marcar un precedente sobre los límites de la libertad artística en un evento financiado con fondos públicos, se espera que se traduzca en un comunicado oficial en breve. Mientras, la tensión entre el mensaje de apertura y debate que pregona el Berlinale y las presiones de un clima político cada vez más polarizado se ha instalado en el corazón mismo de la cita cinematográfica europea.
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