Ports 1961, la casa de moda que este año celebra su 65º aniversario, ha presentado su colección de Otoño/Invierno 2026 con una propuesta que busca reconectar con su esencia viajera original. La filosofía fundacional de Luke Tanabe, aquel emprendedor canadiense que soñaba con “desayunar en el Sáhara y cenar en Nueva York”, planea sobre una propuesta que, bajo la dirección creativa de Francesco Bertolini, se debate entre dos narrativas de estilo muy distintas.
La primera de ellas bebe directamente de los uniformes profesionales vinculados al desplazamiento: el mundo de la aviación y el ámbito militar. En teoría, el paralelismo resulta coherente; en la práctica, la ejecución se antoja forzada. La colección incluye abrigos de lanolina en tonos caqui con cordones funcionales, monos de sastrería que evocan a los pilotos y suéteres de punto con motivos argyle en combinaciones de color poco convencionales. Sin embargo, estos elementos utilitarios carecen de la suavidad y la sofisticación oblicua que caracterizan al mejor trabajo de Bertolini, pareciendo más una ilustración literal que una reinterpretación fashion. La propuesta pierde fluidez en su intento de transmitir una narrativa de funcionalidad extrema.
El cambio de rumbo se produce cuando se comprende la segunda capa conceptual que el diseñante articuló durante el show. “Viajar también es una mentalidad. Me gusta pensar en la clienta de Ports 1961 como un nómada mental”, explicó Bertolini en el espacio habilitado como una-terminal de aeropuerto, donde pantallas mostraban ciudades y años clave en la expansión de la marca. Es aquí donde la colección cobra sentido y elegancia.
Aparecen entonces las piezas que destacan por su aparente simplicidad y su calculada espontaneidad: pantalones de corte sesgado con una falda superpuesta, que remiten al gesto de anudar una chaqueta a la cintura al correr por una sala de embarque; tops de gasa con la soltura de un pañuelo, sujetos por un broche de metal martillado, sugiriendo el arreglo de última hora para una noche de teatro; y un magnífico abrigo doble de cachemira con una bufanda integrada, una solución perfecta para un temporal de nieve en Manhattan. Guantes de ópera en cuero completan lookazos que hablan de una mezcla de pragmatismo y glamour.
Son estas últimas creaciones, de una coolness innata, las que confirman que Bertolini alcanza su máximo registro cuando abandona la explicitud y se entrega al instinto y al detalle gestual. La colección, en su mejor versión, no vende un uniforme de viaje, sino una actitud: la capacidad de sentirse en casa en cualquier parte, vestida con piezas de una calidad exquisita y un corte impecable que, lejos de ser estridentes, susurran sofisticación. La lección más valiosa para el vestidor contemporáneo reside en esa mezcla de piezas statement con un aire de despreocupación calculada, un legado mucho más fiel al espíritu nómada y cosmopolita que siempre definió a Ports 1961.


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