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IA provoca escasez de RAM y dispara precios de smartphones.

La revolución de la inteligencia artificial no solo está transformando la forma en que interactuamos con la tecnología, sino que también está reconfigurado silenciosamente el mercado de dispositivos móviles. Un fenómeno que preocupa a analistas y que pronto podría notarse en el bolsillo del consumidor promedio: la presión sobre la memoria RAM podría derivar en precios más altos para los smartphones, o en especificaciones reducidas a un costo similar. Este encarecimiento no responde únicamente a la inflación global, sino a una concatenación de factores industriales impulsados, en gran medida, por la voracidad de los centros de datos de IA.

Para comprender el alcance del problema, es necesario partir de una premisa básica. La memoria de acceso aleatorio, o RAM, constituye la memoria de trabajo inmediata de cualquier dispositivo. Su función es crucial: permite la ejecución simultánea de aplicaciones, el procesamiento de juegos o la edición de vídeo sin interrupciones. En los últimos años, su capacidad se ha consolidado como un argumento de venta primordial, especialmente en el segmento de gama media, donde 8 GB o 12 GB se han convertido en estándares. El consumidor, hoy más informado, asocia mayor RAM con mayor durabilidad y rendimiento futuro. Sin embargo, la demanda de este componente se está viendo secuestrada por un actor impensado hace una década: la infraestructura de inteligencia artificial.

La fiebre del oro de la IA ha desatado una inversión masiva, sin precedentes, en centros de datos por parte de los gigantes tecnológicos. Empresas como OpenAI, Microsoft, Google o Meta construyen complejos gigantescos para entrenar y ejecutar modelos de lenguaje cada vez más complejos. Estos sistemas no solo requieren potencia de cálculo, sino una cantidad descomunal de memoria de alta velocidad, específicamente memorias de ancho de banda alto (HBM) y DRAM de grado para servidores. Aunque estas memorias son técnicamente distintas a las empleadas en teléfonos inteligentes, comparten las mismas líneas de fabricación. Cada oblea de silicio destinada a un módulo de memoria para servidores de IA es una oblea que no puede convertirse en chips para teléfonos móviles, portátiles o consolas. Se produce, en esencia, un efecto de suma cero en la capacidad de producción global.

El agravante reside en la estructura oligopolística de la industria de semiconductores de memoria. Se estima que más del 90% de la producción mundial de DRAM está en manos de tres compañías: Samsung Electronics, SK Hynix y Micron Technology. Ante la perspectiva de contratos millonarios y a largo plazo con operadores de nube e inteligencia artificial, es lógico desde la perspectiva empresarial que estos fabricantes prioricen la asignación de su capacidad limitada a los clientes que ofrecen márgenes más sustanciosos. El mercado masivo de electrónica de consumo, históricamente el gran demandante, pierde peso relativo en la lista de prioridades.

La traslación a la cadena de valor y, finalmente, al precio final, es casi mecánica. El costo de un módulo de memoria DRAM para un fabricante de dispositivos ha experimentado una volatilidad extrema. Mientras que un chip que costaba entre 25 y 30 dólares en periods de abundancia, en un escenario de escasez su precio puede multiplicarse por más del doble, alcanzando los 70 dólares o más. Para un teléfono de gama media, cuyo margen bruto es ya ajustado, un incremento de 40 dólares en el coste de un solo componente es insostenible. Las marcas se enfrentan a una disyuntiva: absorber el costo (reduciendo su margen), trasladarlo íntegramente al precio de venta al público, o bien, mantener el precio y reducir la cantidad de memoria ofrecida.

Este último escenario es particularmente relevante para el consumidor en mercados competitivos y sensibles al precio, como el español o el latinoamericano. Es plausible observar que un modelo que en 2023 se lanzaba con 12 GB de RAM y 256 GB de almacenamiento por 399 euros, en 2025 pueda ofrecerse con 8 GB de RAM por el mismo precio. O, alternativamente, que el precio de los modelos de alta gama con 16 GB o más aumente de forma ostensible. También se podrían producir retrasos en los lanzamientos, una disminución en el número de variantes de memoria disponibles o la cancelación de ciertas configuraciones. Las operadoras de telefonía, que subsidian dispositivos con sus contratos, podrían ver cómo el coste de los terminales se encarece, reduciendo el atractivo de los planes que incluyen teléfonos de gama alta.

¿Por qué no se soluciona construyendo más fábricas? La fabricación de semiconductores es una de las industrias más intensivas en capital del mundo. Una nueva planta de fabricación, o «fab», supone una inversión que supera los 20.000 millones de dólares y un tiempo de puesta en marcha de entre dos y tres años. Además, los fabricantes han aprendido la dura lección de los ciclos de sobreproducción, como el vivido en la década de 2010 tras el boom de los smartphones, que derivó en una caída catastrófica de los precios. En un contexto de incertidumbre sobre la duración exacta de la demanda de IA, la inversión en nueva capacidad se aborda con extremada cautela.

Para el consumidor, el escenario probable para los próximos dos o tres años apunta a tres tendencias. Primero, una contención o ligera alza en los precios de los teléfonos insignia, especialmente en las configuraciones de mayor memoria. Segundo, una erosión de las especificaciones en la gama de entrada y media, donde el «valor por dinero» podría percibirse menor. Tercero, una extensión artificial de los ciclos de renovación de dispositivos, ya que la mejora percibida con cada nueva generación será más pequeña o más cara. Irónicamente, las propias funcionalidades de IA que las marcas promocionan como el nuevo valor diferencial —procesamiento de imágenes, asistentes avanzados, traducción en tiempo real— son las que demandan más RAM, creando un círculo vicioso que justifica, a los ojos de la industria, precios más altos por menos memoria bruta.

El mensaje final para el usuario es de cautela y anticipates. Al evaluar una nueva compra, debeponderar no solo la cantidad de RAM anunciada, sino la relación real entre precio y especificaciones, comparando con generaciones anteriores. La próxima vez que un teléfono parezca más caro sin motivos aparentes, o que su versión base ofrezca menos memoria que la del año pasado, hay que considerar una causa estructural profunda: la batalla global por la memoria que alimenta a las inteligencias artificiales está redefiniendo, de facto, el valor de los objetos que llevamos en el bolsillo. La era de la abundancia de specs regaladas podría estar llegando a su fin, víctima de su propio éxito.

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Escrito por Redacción - El Semanal

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