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Hermès demuestra maestría artesanal en su desfile otoño 2026.

En un espacio transformado por la luz tenue y la vegetación artificial, Hermès presentó su colección otoño-invierno 2026 en París, desdibujando los límites entre el atardecer y la noche. Nadège Vanhée, directora creativa de la línea femenina, concibió un desfile que funcionaba como un viaje sensorial: los modelos emergían entre un paisaje de musgo y un falso cielo azul noche, avanzando por una pasarela sinuosa que replicaba la intuición de un sendero desconocido.

La propuesta de Vanhée gira en torno a una garde-robe para la exploración contemporánea, donde la funcionalidad se viste de sofisticación. Las chaquetas de cuero blando, con su distintivo diseño de cuatro bolsillos de inspiración militar, y los abrigos acolchados con protecciones en los hombros —detalle que remite al equipamiento técnico—, revelan un estudio minucioso de la protección sin renunciar a la silueta. Junto a ellos, las salopettes y los jodhpurs, herencia ecuestre de la casa, confirman que el ADN de Hermès se reinventa sin perder su esencia.

Los acabados responden a una lógica de abrigo: cuellos de piel desmontables, capuchas integradas en las solapas y estructuras acolchadas que sugieren resistencia. Vanhée complementó estas piezas con sombreros de fieltro negro tipo Cossack y botas altas de tacón plano, elegantes pero diseñadas para caminar largas distancias, subrayando su manifiesto de “poesía práctica”.

Donde la colección adquiere un aire decididamente festivo es en su paleta cromática y sus formas, que evocan la liberación estética de los años sesenta. Las siluetas A-line dominan la escena: minifaldas de cuero con un aire colegial, vestidos cortos con cremalleras frontales superpuestas sobre cuellos altos, y camisas entalladas con corbatas. Un guiño a la era del “youthquake” se materializa en las medias de colores intensos, en tonos verde bosque, amarillo maíz y burdeos, que añaden un contrapunto vibrante a las combinaciones.

La experimentalidad de Vanhée se aprecia en piezas únicas que juegan con la escala y la textura: una bufanda de seda estampada, coronada por un cuello de pelo azul eléctrico que funciona como capa improvisada, o una chaqueta de shearling teñida del color del merengue de limón, un amarillo lo bastante brillante como para iluminar el crepúsculo. Son gestos que equilibran la seriedad de la línea con un destello de optimismo.

En conjunto, la colección dibuja a una mujer que navega con determinación entre lo tangible y lo etéreo. Vanhée evita la fantasía hueca para tender un puente entre la utilidad y el deseo, proponiendo prendas que no solo visten, sino que equipan para adentrarse en territorios nuevos, tanto externos como internos. El desfile, cuidado hasta el último detalle, reafirma a Hermès como un laboratorio donde la tradición se somete a una constante y serena reinvención.

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Escrito por Redacción - El Semanal

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