La premiere mundial de ‘Amazomania’ en el Festival Internacional de Cine Documental de Copenhague (CPH:DOX) ha puesto sobre la mesa un debate crucial sobre la ética en la representación cultural. La cinta, dirigida por el sueco Nathan Grossman, desgrana una expedición de 1996 a la Amazonía brasileña y, décidas después, obliga a replantearse la mirada occidental sobre los pueblos originarios.
El punto de partida es una serie de imágenes rodadas hace tres décadas por el periodista sueco Erling Söderström durante un viaje organizado para contactar con la tribu Korubo, un grupo que vivía en aislamiento voluntario. El material, que en su momento se presentó como un sensacional documental de aventuras, ahora se reinterpreta con una perspectiva crítica. Lo que parecía un hallazgo exótico destapa un campo minado de confusiones: los Korubo confundieron las cámaras con armas, un detalle que simboliza el choque entre mundos.
Grossman accedió a ese archivo –entre 60 y 70 horas de metraje sin digitalizar– durante la pandemia de COVID-19. Al visionarlo en orden, comprendió que la narrativa original omitía capas esenciales. Motivado por la curiosidad, el director inició un diálogo con antropólogos y, de forma fundamental, con miembros de la comunidad Korubo. Esta consulta reveló un profundo malestar: el contacto de 1996 había generado desilusión hacia los medios occidentales y una nueva realidad: la tribu había establecido reglas meticulosas para regular futuros encuentros con periodistas y turistas.
La estructura del documental es contundente. La primera parte muestra el viaje original, pero la segunda sigue a Söderström en su regreso 30 años después. Aquí, la expedición se tuerca: los Korubo no solo recuerdan el episodio, sino que exigen compensación y reivindican su derecho a narrar su propia historia. Grossman ha cedido el control: la comunidad figura como productora ejecutiva, un gesto que busca reparar, al menos en parte, la asimetría de poder.
El filme trasciende el caso concreto. Según datos citados en la producción, más de 200 grupos en el planeta viven en aislamiento voluntario. Los cambios climáticos y la presión territorial incrementarán inevitables contactos. ‘Amazomania’ se erige así como un manual de advertencia para profesionales de la comunicación y el documental: plantea preguntas sobre los derechos inmateriales, la necesidad de reparación simbólica y material, y la urgencia de que sean las propias comunidades las que decidan cómo se les representa.
La acogida entre el público es reveladora. Según el director, los espectadores primero se dejan arrastrar por la emoción de la aventura, pero luego experimentan un giro incómodo: se ven reflejados en esa fascinación colonial. La edición, a cargo de Jordana Berg –reconocida por trabajos como ‘Apocalypse in the Tropics’– convierte conceptos académicos como la restitución en experiencias viscerales, acercando al espectador a la complejidad de las negociaciones culturales.
El título, ‘Amazomania’, nace de esa obsesión occidental por la Amazonía como espacio virgen y misterioso. Grossman reconoce que todos, en mayor o menor medida, padecemos esa “manía”, pero advierte que el documental no señala a Söderström sino a un sistema de mirada. El director confía en que dentro de tres décadas, las prácticas mejoren y sean los Korubo quienes posean los derechos de su imagen y filmen su propia evolución. Mientras tanto, esta obra se constituye como un espejo indispensable para una industria –la del cine, la moda, los medios– que aún negocia su legado colonial.
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