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Stanley Schtinter reescribe la historia con su cine innovador.

El cine como brújula existencial: ‘Últimas películas’, el documental que reescribe la historia a través de lo que vieron los icónicos antes de morir

¿Qué película vio Elvis Presley la noche antes de fallecer? ¿Y Kurt Cobain? El documental Últimas películas, debutado en el Festival Internacional de Documentales de Copenhague (CPH:DOX), aborda estas preguntas aparentemente anecdóticas para proponer una radical relectura de la historia cultural del siglo XX. Su creador, el cineasta y artista británico Stanley Schtinter, ha construido un ensayo fílmico narrado por Jeremy Irons que traza una «línea de tiempo alterna y oscuramente humorística», donde el hilo conductor no son los grandes eventos, sino las ficciones que acompañaron los últimos momentos de figuras públicas.

La génesis del proyecto nació de un detalle obsesivo: el asesinato del primer ministro sueco Olof Palme en 1986,justo después de salir de un cine. «Mi pregunta no era quién lo mató, sino qué película había visto», revela Schtinter. Ese detalle lo llevó a recordar la leyenda sobre Ian Curtis, de Joy Division, quien se suicidó tras ver Stroszek, de Werner Herzog, en su estreno televisivo británico. De ahí surgió la hipótesis: ¿podría mapearse el siglo XX —el siglo del cine— según lo que sus protagonistas vieron por última vez? El criterio de inclusión es estricto: que la figura «se entregara a la cámara» en vida, que consintiera ser filmado.

La investigación, minuciosa, transitó por bibliotecas, hemerotecas y testimonios directos. «Parasita la relación depredadora que la cultura de pantallas fomenta con sus estrellas», explica. Se nutre de la excesiva escrutinización de los últimos días de las celebridades, donde a menudo queda registro de sus visionados. El resultado es un archivo que abarca desde Franz Kafka viendo a Charles Chaplin en El chico hasta Jean-Luc Godard observando su propia Fausse Note, pasando por figuras políticas, músicos y artistas.

El filme no es un mero ejercicio de curiosidad mórbida. Schtinter lo concibe como un instrumento para «revelar agujeros y sesgos en la narrativa histórica establecida». «La palabra es autoridad. La repetición de un relato produce verdad, pero la cámara también miente», argumenta. Su propuesta sigue la idea del historiador Peter Linebaugh sobre arrojar una «luz satánica» —no anti-cristiana, sino cuestionadora de todo poder— sobre la historia oficial. «La verdad, si existe, está en la calle, no en el palacio», sostiene, alineándose con la visión de reescribir la historia «desde abajo».

La película, editada únicamente con fragmentos de las películas vistas por los retratados, genera un collage donde un plano aleatorio de un filme sin relación aparente puede «reemplazar de manera más iluminadora» lo que la escritura del libro homónimo (en el que se basa) describía con minucia. «Los vivos pueden asistir a la imaginación de los muertos», parafrasea a Yeats. Schtinter descarta cualquier juicio de valor sobre las figuras incluidas —desde JFK hasta Donald Trump, quien intentó comprar el piano de Casablanca— y rechaza que su selección refleje sus propias preferencias. «Es el azar. No aplico juicios de valor sobre su obra o su vida», afirma. El proyecto evita deliberadamente el «comedero de cerdos» de la cultura pop contemporánea.

Defensor acérrimo de la experiencia cinematográfica en sala grande —»nada se le acerca»— y del vinilo como formato de máxima fidelidad, Schtinter se declara en guerra contra el «mito del progreso» neoliberal que reduce la vida. «No soy nostálgico, pero reconozco cuándo y cómo se hacen mejor las cosas. No acepto compromisos», sentencia. Su existencia como artista está ligada a lo presencial: «Mi obra, o ‘desobrar’ como prefiero llamarlo, existe en el espacio compartido, en el viaje a la sala, en el encuentro fortuito».

Respecto a una posible secuela, Last Movies: Resurrection, sugiere que solo la mitad del libro original está en el documental. Y sobre su propia última película, esboza una escena idílica —un espresso en un café argelino de Soho, cabras en los Alpes suizos— para recordar la lección central: «El azar interviene siempre. No sabré cuál fue mi última película, y eso es precisamente el punto». Mientras tanto, entre sus proyectos flota una idea para una adaptación de Cumbres Borrascosas con clasificación U (universal) y una ambigua «gran idea para Persia», quizás un espejismo más en un mundo donde «todo está filmado y un genocidio se transmite en vivo». Su obra persiste como una pregunta incómoda: ¿qué relato de la historia emerge si medimos sus hitos no por lo que hicieron, sino por lo que vieron antes de callar para siempre?

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Escrito por Redacción - El Semanal

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