En el competitivo universo de la alta joyería, donde las piezas icónicas suelen ser un reflejo del legado de sus creadores, la diseñadora Mimi So conmemora tres décadas de trayectoria con una creación que trasciende lo ornamental paraconvertirse en un manifiesto personal. Su collar Cotton Candy, valorado en 1,5 millones de dólares, no es solo un objeto de deseo, sino una narrativa tácita sobre la autocelebración, la pureza de la naturaleza y la perseverancia artesanal.
La pieza, que forma parte de su Colección Signature, despliega un espectro de gemas rosas naturales y sin tratamiento, engarzadas en oro rosa de 18 quilates con diamantes pavé. La paleta, un delicado degradé que evoca el algodón de azúcar, incluye safiros padparadscha de Sri Lanka y Madagascar, espinelas néon de Tanzania, topacios imperiales de Brasil, turmalinas de Mozambique y kunzita de Pakistán. La icónica lazada, sello distintivo de la maison, se integra como broche de cierre con un diseño de rectángulos concéntricos escalonados.
El significado de la obra va más allá de su exquisita ejecución técnica. So, quien fundó su firma en el Distrito de los Diamantes de Manhattan en 1995, lo concibió como «un lazo rosa, una explosión de felicidad inspirada en una juventud nostálgica, la alegría de probar azúcar puro». La joya se erige así en un recordatorio: «Tú eres el regalo». Su filosofía, que sostiene que la joyería debe contar una historia personal, encuentra en este collar su expresión más acabada, representando, según sus palabras, «pasado, presente y futuro». La inspiración inmediata llegó al mirar por la ventana de su infancia, reflexionando sobre el tiempo y la curiosidad ante lo desconocido.
La pureza estética y moral de So se manifiesta en su rigurosa selección de gemas sin calentar. «Las gemas naturales sin calentamiento son más valiosas por su color, que no se desvanece ni cambia con el tiempo», explica. Para ella, este material posee una dimensión paralela al arte, donde la belleza precedes al valor financiero: «Admiro la belleza y luego la inversión». Entre las piedras más difíciles de obtener estuvo una espinela rosa intensa de 4,05 quilates procedente de Mahenge, Tanzania, un ejemplar que califica como «artículo de coleccionista», sujeto a transacciones privadas entre conocedores. «Es imposible encontrar una piedra similar porque son materiales naturales. Ahí reside la belleza de una gema natural y sin tratamiento», subraya.
El proceso de creación no estuvo exento de contratiempos. Durante el engastado, varias piedras se rompieron, forzando al equipo a buscar reemplazos que mantuvieran la gradación cromática original. «Estábamos al borde de nuestros asientos porque no podemos reemplazar los colores; habría que empezar de nuevo, y lo hicimos», reconoce con honestidad. Este episodio refleja los riesgos inherentes a la alta joyería artesanal, donde cada gema es única e insustituible.
El reconocimiento profesional ha llegado con el AGTA Spectrum Buyer’s Choice Award y una mención honorífica en Evening Wear Couture. So valora especialmente el aval de sus pares en un mercado «decididamente competitivo». Al reflexionar sobre su yo de hace 30 años, la diseñadora imagina una reacción simple pero profunda: «Guau. Me alegra ver que sigues apasionada por tu sueño. Esa es una pieza de la que estar orgulloso».
Mirando hacia el futuro, la creadora expande su universo sensorial con el lanzamiento de su propia fragancia en 2026, un paso que busca llevar su narrativa estética a nuevos terrenos. Mientras tanto, el collar Cotton Candy se consolidacomo un hito que encapsula una carrera dedicada a la búsqueda de la pureza y a la construcción, «pieza a pieza», de un lenguaje propio en la moda contemporánea.



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