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Estados Unidos apuesta por proyectos estelares con resonancia en París y ambiciones de alfombra roja.

El ambientador del Hôtel de Crillon olía a jazmín y éxito. Mientras la noche de París caía sobre la Place de la Concorde, una selección de socialités, editores y modelos curiosos se dejaban llevar por el hechizo de Starlit, la firma de moda de ocasión que, en medio del bullicio de la Semana de la Moda, organizó una velada que muchos recordarán. La etiqueta, liderada por la Summers Starlit Prim, ha dejado de ser una promesa para convertirse en un nombre que resuena con fuerza en el circuito internacional, y este evento, celebrado en colaboración con medios especializados, fue la constatación.

El éxito de la soirée no fue fortuito. La propia Prim, en una conversación tranquila al día siguiente, reconoció que era su «primer gran evento con mucho impulso». La elección del lugar, un balcón con vistas a la plaza más emblemática de París, y la presencia de un público afinado —con modelos como Amelia Gray Hamilton a la cabeza— crearon el caldo de cultivo perfecto. Pero más allá de la fiesta, el verdadero termómetro se disparó en redes: «Nos están bombardeando con comentarios y mensajes directos», admitía, señalando un aumento sustancial del tráfico y el interés tras la presentación.

Para entender la fibra de Starlit hay que remontarse a los orígenes de su creadora. Prim, californiana, comenzó estudiando diseño de interiores en San Francisco, pero una epifanía la desvió hacia la moda, esa pasión que, según confiesa, la había acompañado siempre. Su universo estético se nutre de tres pilares claros: el glamour del Hollywood clásico —Marilyn Monroe, Audrey Hepburn, Grace Kelly—, la figura de su abuela, una bailarina profesional de Nueva York a la que describe como «un ícono al estilo Marilyn», y una herencia familiar de amor por lo vintage cultivada por su madre. De esa mezcla surgió una estética depurada, inicialmente anclada en el rigor del blanco y negro, diseñada para que «sea la mujer la que brille, no la ropa».

La colección otoño-invierno 2026, sin embargo, marca un punto de inflexión. Inspirada en la Palm Beach de los años 60 a través de la lente del fotógrafo Slim Aarons, la línea abandona momentáneamente la monocromía para introducir suaves tonos rosa. En las perchas, las siluetas son una lección de control: trajes impecables en tonos oscuros, minivestidos y gowns con corsés internos, y piezas fluidas para climas más templados. Pero el verdadero sello de la casa son las plumas de avestruz. No son un adorno, son un elemento arquitectónico. Prim las utiliza para crear un efecto de cintura baja, alargar la silueta o destacar zonas clave. El vestido «drop waist feather dress» se ha convertido en un icono de la marca.

Este lujo tiene un precio, y la diseñadora lo conoce al dedillo. «La pluma es una de las partes más caras de la prenda», explica. Un vestido corto con plumas puede oscilar entre 1.800 y 2.200 dólares; una capa o capelet, por debajo de los 3.000; y un vestido de noche con tratamiento plumífero intenso supera los 5.000 dólares. Toda la producción se realiza en Italia con talleres de escala boutique, un secreto de su calidad pero también de su limitada capacidad de producción.

La clienta de Starlit, según su visión, no busca piezas discretas. «Es cool, es sexy. Dentro de este glamour de Old Hollywood, quiero que tenga un filo, una actitud para salir de fiesta hasta las 5 de la mañana durante la semana de la moda». Esa actitud es la que ahora la maison busca proyectar con mayor fuerza, especialmente fuera de París. El plan de negocio se centra en generar experiencias tangibles. Tras un exitoso trunk show en Nueva York donde vendieron 17 piezas en una noche, Prim planea pop-ups en Palm Beach y Nueva York. «Ver la tela en persona, probarse las siluetas… da una visión completamente diferente de la marca», reflexiona.

Otro frente crucial es la alfombra roja. El equipo trabaja activamente para vestir a personalidades que encajen con su visión, una estrategia clave para cualquier joven diseño que aspire a consolidarse. A pesar del buzz, Starlit sigue siendo una operación modesta, con apenas diez empleados. Prim sigue inmersa en el proceso creativo, desde la elección de tejidos hasta la creación de los mood boards, mientras su equipo interno se encarga de los dibujos técnicos.

El futuro se vislumbra en tres direcciones claras: ampliar la oferta de ready-to-wear más allá de la noche, explorar el terreno nupcial y la alta costura a medida, y, el gran sueño, un desfile propio en la capital francesa. «¿Tal vez el año que viene? No lo sé, pero tener un momento parisino sería alucinante», dice con una cautela que contrasta con la determinación que se percibe en cada costura de sus creaciones. La apuesta de Starlit por París no es solo una jugada de marketing; es la declaración de intenciones de una marca que ha decidido jugar en la liga de las grandes.

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Escrito por Redacción - El Semanal

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