El estilo que ganó unas elecciones (y cambió la moda masculina para siempre)
La reciente noticia del fallecimiento de Jeremy Larner, guionista galardonado con un Óscar por El candidato (1972), no solo ha entristecido al mundo del cine, sino que ha reabierto el debate sobre el poder de la narrativa cinematográfica para modelar no solo la opinión pública, sino también la estética de una época. Más allá de su brillante trayectoria como discurso político para Eugene McCarthy, su legado perdura en el armario de hombres que, sin saberlo, adoptaron el uniforme de un candidato ficticio que se convirtió en ícono de style.
La película, protagonizada por Robert Redford, narraba la ascensión de Bill McKay, un abogado idealista hijo de un exgobernador, a quien un Sr. Smith va a Washington versión setentera se ve arrastrado a una contienda electoral por un maquiavélogo consultor. Lo que muchas audiencias captaron fue una cruda disección de la política espectáculo, pero lo que la industria de la moda萃取ó fue algo más tangible: un look. El estilo de McKay —trajes de corte impecable pero desenfadado, camisas oxford sin Corbata, una naturalidad calculada— se erigió como el antídoto perfecto a la rigidez formal de la política tradicional y, por extensión, al dress code corporativo imperante.
Este casual elegance no surgió del vacío. Larner, con su experiencia en la campaña de McCarthy, trasladó al guion la fenomenología de la imagen política: cómo un candidato, para conectar, debe dejar de ser él mismo y convertirse en un símbolo. «Pensaba que un político era como una estrella de cine», reflexionaba el guionista en una entrevista. «Podía perderse en un personaje que se parecía a sí mismo, solo que a mayor escala, como símbolo de lo bello y lo verdadero». Esa disociación entre el ser y el parecer, y la metamorfosis que sufre McKay a medida que gana popularidad —perdiendo su esencia en el proceso—, encontró su contrapartida visual en un wardrobe que comunicaba accesibilidad sin sacrificar autoridad. El traje no era de sastre exclusivo, sino un uniforme de trabajo para una nueva élite.
El impacto fue inmediato y transversal. Diseñadores de la época, atentos a la cultura pop, comenzaron a democratizar el traje masculino, eliminando hombreras exageradas y favoreciendo siluetas más sueltas. Marcas como Ralph Lauren, que ya construía una narrativa americana around el estilo preppy, encontraron en la figura del candidato joven y televisivo un arquetipo perfecto. La camisa de franela a cuadros sobre un turtleneck o la chaqueta de pana corduroy que vistió Redford en algunas escenas no eran solo elecciones de vestuario; eran declaraciones de intenciones: inteligencia sin albedrío, rebeldía integrada al sistema.
Es crucial entender el contexto de producción. Con un presupuesto ajustado de 1,1 millones de dólares, el departamento de vestuario no podía recurrir a couture. Esta limitación devino virtud: la naturalidad del look era, en parte, una necesidad. Y esa autenticidad forzada resonó profundamente en un público hastiado de los formalismos de la Guerra Fría. La moda se americaniza y se juveniliza. El traje de tres piezas se fragmenta; la corbata se convierte en opcional. El estilo The Candidate prefiguró el auge del power casual de los años 80 y, décadas después, la estética tech-executive de Silicon Valley, donde un hoodie de 300 euros sustituye al traje como uniforme de poder.
El propio Larner, un hombre que difícilmente encajaba en el molde de un insider de Hollywood —con su melena y barba largas en los 70—, aportó la investigación de campo: anécdotas reales de la campaña de McCarthy, como el mífono golpe tras recibir un perrito caliente, se filtraron en el guion y, por ende, en la puesta en escena. Esa credibilidad off-screen se transfirió al look. El cine, al reflejar (y distorsionar) la realidad, terminó por crearla. Los asesores de imagen de políticos jóvenes en los 90 y los 2000, desde Bill Clinton hasta Barack Obama, estudiaron este case study: la ropa debe ser un vehículo para el mensaje, no un fin en sí misma.
Su segunda película como guionista, Drive, He Said (1971), dirigida por un Jack Nicholson debutante, aunque menos conocida, también exploraba la rebeldía de una contracultura que se expresaba, también, a través de la vestimenta: la mezclilla desgastada, las camisetas como segunda piel. Pero fue en El candidato donde la síntesis entre política, cine y moda alcanzó su punto álgido.
Hoy, cuando analizamos el athleisure o la proliferación del sneaker en contextos formales, estamos viendo la evolución de aquella semilla. Jeremy Larner, pues, no solo escribió uno de los libretos más certeros sobre la farsa electoral; inadvertidamente, cosió las bases de una nueva gramática visual para el hombre contemporáneo. Su óscar fue para un guion, pero su legado sastre está en el street style de medio mundo. La pregunta que Marvin Lucas, el consultor encarnado por Peter Boyle, lanzaba a un McKay desconcertado —»¿Y ahora qué hacemos?»— podría resonar hoy en cualquier diseñador que, sin saberlo, sigue desempolvando las lecciones de aquella película para vestir al hombre del siglo XXI.
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