La 78ª edición de los BAFTA, uno de los eventos más mediáticos de la industria cinematográfica y, por ende, un termómetro de las tendencias en la alfombra roja, se ha visto sacudida por un incidente que ha desviado la atención de los ganadores y, sobre todo, de la moda que vistió a las celebridades. Lo que debería haber sido una noche de homenaje al séptimo arte culminó en una crisis de gestión que ha llevado a la Academia Británica a anunciar una «revisión exhaustiva» de sus protocolos para futuras ceremonias, un movimiento que inevitablemente afectará la planificación de cualquier evento de gala que amalgame alta costura y visibilidad masiva.
El detonante fue un momento de incontrolada tensión durante la entrega de premios, cuando John Davidson, reconocido activista y productor ejecutivo de la película Juro que lo digo, —un largometraje que aborda el síndrome de Tourette—, profirió un insulto racial de extrema gravedad desde su asiento. El suceso ocurrió en un instante crítico: los actores Michael B. Jordan y Delroy Lindo, ambos figuras prominentes de la comunidad negra y habituales en las listas de estilo más admiradas, se encontraban en el escenario recibiendo un reconocimiento por Sinners. La palabra, pronunciada como un tic verbal involuntario propio de su condición neurológica, resonó en el teatro y, posteriormente, en la transmisión televisada, desatando una ola de consternación.
Davidson, que ha dedicado gran parte de su vida a educar sobre el Tourette, emitió un comunicado expresando su «profunda mortificación» ante la posibilidad de que alguien interpretara sus tics como un acto deliberado. Su postura, lejos de mitigar el daño, puso sobre la mesa una compleja disyuntiva: cómo equilibrar la inclusión de personas con discapacidades en espacios de alto perfil con la protección de todos los asistentes y la audiencia, especialmente cuando se manejan lenguaje de carga históricamente traumática. La situación se complicó cuando ejecutivos de Warner Bros., estudio vinculado a Juro que lo digo, solicitaron a la BBC, cadena encargada de la emisión, que omitiera la alusión ofensiva en la difusión. A pesar de que la retransmisión se realizó con un retraso de dos horas, la cadena incluyó el exabrupto, lo que forzó una disculpa pública y la retirada de la ceremonia de su plataforma de streaming, iPlayer.
La magnitud de la respuesta institucional fue en aumento. Jonte Richardson, miembro del jurado de los BAFTA, dimitió de su cargo calificando de «imperdonable» la gestión tanto de la Academia como de la BBC. En una carta enviada a los miembros de la organización, BAFTA reconoció haber implementado medidas de precaución, incluyendo advertencias previas al inicio de la ceremonia —a cargo del presentador Alan Cumming— sobre la posibilidad de escuchar lenguaje fuerte o movimientos involuntarios. No obstante, admitió que «la intención de ser inclusivos en modo alguno reduce el impacto de lo ocurrido», y extendió disculpas «sin reservas» a Jordan y Lindo, agradeciéndoles su «dignidad y profesionalismo» en un momento que nunca deberían haber experimentado.
Para la industria de la moda y el entretenimiento, este episodio trasciende lo anecdótico. Los premios BAFTA son un escaparate global donde diseñadores, casas de moda y marcas de lujo despliegan sus creaciones, y la alfombra roja es un espacio de representación culturalmente sensible. La pregunta ahora es cómo se rediseñarán los protocolos de seguridad, inclusión y control de emisiones en eventos que, como las galas de moda, buscan proyectar una imagen de vanguardia y responsabilidad social. La revisión prometida por BAFTA no solo examinará los fallos operativos de esa noche, sino que probablemente abordará la coordinación entre producciones, cadenas de televisión y los invitados con necesidades especiales, un aspecto crucial para cualquier evento que pretenda ser referente en diversidad.
El futuro de ceremonias como los BAFTA, los Oscar o los premios de moda más exclusivos, pende ahora de la capacidad de aprender de este tropiezo. La moda, en su constante diálogo con la sociedad, no puede soslayar que los desfiles y galas son también escenarios de conflicto y representación. La Academia ha prometido mantener «la inclusión en el núcleo de todo lo que hacemos», pero el camino exige medidas concretas que eviten que un acto involuntario, por bienintencionado que sea su contexto, vuelva a convertir una celebración de la creatividad en un專注 de dolor. La lección, amarga para todos, es que la verdadera sofisticación en la industria del espectáculo y la moda reside en anticipar las complejidades humanas, no solo en lucir impecables sobre la alfombra.
«



GIPHY App Key not set. Please check settings