El discurso de Carney en Davos y la revolución silenciosa del Sur Global
En el último Foro Económico Mundial en Davos, el primer ministro canadiense Mark Carney no solo habló de economía; desmontó públicamente uno de los pilares discursivos de Occidente: la supuesta universalidad del orden internacional liberal. Su intervención, que terminó con una ovación en pie, calificó de «farsa» la idea de un sistema basado en reglas que siempre ha sido selectivo, impuesto por las potencias a los estados más débiles. Para Carney, este artificio se sostiene gracias a la retirada progresiva de Estados Unidos como garante de bienes públicos globales, y urge construir «inversiones colectivas en resiliencia» entre las potencias medias. Sus palabras,而不是 una herejía, resonaron como un reconocimiento tardío de lo que muchos en el Sur Global llevan décadas denunciando.
Efectivamente, la provocación de Carney iluminó lo que académicos como Dipesh Chakrabarty denominan la «desigualdad del conocimiento»: el privilegio del Norte Global de ignorar sistemáticamente la producción intelectual y las experiencias del Sur. Lejos de ser un espacio de atraso, como stereotypically se presenta en los medios occidentales, el Sur Global se ha convertido en un laboratorio vivo de alternativas. Allí se experimentan, discuten y perfeccionan modelos que desafían el status quo. Sin embargo, esta efervescencia sigue siendo invisibilizada por una geopolítica del conocimiento que, heredera del colonialismo, amplifica voces como la de un líder canadiense en Davos mientras silencia —aunque sean mayoritarias— las de India, Sudáfrica o Brasil.
Justamente el grupo BRICS encarna esta dinámica. Más que una alianza económica, es un espacio de innovación institucional que busca reformar la gobernanza global creada tras 1945, reformando organismos como el FMI y el Banco Mundial. Su objetivo es claro: construir un orden multipolar que refleje el peso real de las naciones que hoy representan a la mayoría de la población mundial. Formado por Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica y las recién incorporadas Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Etiopía, Irán e Indonesia, el BRICS no surgió de la nada. Es heredero directo de las luchas del Movimiento de Países No Alineados, del Grupo de los 77 y de la demanda por un Nuevo Orden Económico Internacional (NOEI). Todas estas iniciativas compartían una crítica mordaz a un sistema que, bajo el pretexto de la soberanía universal, la violaba rutinariamente en las periferias, en lo que el politólogo Stephen Krasner llamó «hipocresía organizada».
El diseño original del orden de posguerra está impregnado de desigualdad. El Consejo de Seguridad de la ONU, con sus cinco miembros permanentes y derecho a veto, es el ejemplo más flagrante: los vencedores de 1945 se autoatribuyeron el control sobre la paz y la seguridad. Hoy, cuando más de la mitad de los conflictos armados ocurren en África, ningún país africano tiene asiento permanente. Como señala Carney con su metáfora macabra, África no está sentada a la mesa; está en el menú. Frente a esto, el BRICS propone que representatividad y eficiencia no son incompatibles, desafiando el dogma de que solo las potencias pueden dirigir el mundo.
Sin embargo, las contradicciones internas son evidentes. Brasil, por ejemplo, ha liderado la demanda de democratizar el Consejo de Seguridad dentro del BRICS. Pero cuando el bloque amplió su membresía, la diplomacia brasileña mostró recelos: temía que la expansión convirtiera al grupo en una nueva y torpe versión del G77, diluyendo su influencia. Esto revela la tensión entre el ideario de un nuevo orden y los cálculos de poder reales.
Para comprender esta encrucijada,必须 mirar atrás. Cuando se diseñó el orden liberal, gran parte del Sur Global aún era colonizado. Las instituciones —ONU, FMI, Banco Mundial— se estructuraron para perpetuar la división internacional del trabajo, relegando a estos países a la exportación de materias primas. Su voz fue sistemáticamente excluida de las decisiones clave. Aun así, aprendieron a usar las propias reglas del sistema en su contra. En la Asamblea General de la ONU, como mayoría, impulsaron resoluciones por el NOEI, que abogaba por industrialización, diversificación productiva y soberanía económica. Lograron incluir el «Tratamiento Especial y Diferenciado» en la OMC, reconociendo la asimetría estructural. Fue una victoria simbólica y práctica.
Paradojas del destino: hoy es el BRICS, no Occidente, quien defiende un orden basado en reglas, aunque reformado y democratizado. Mientras tanto, Estados Unidos —el arquitecto principal del orden liberal— ha emprendido su desguace. Bajo la segunda presidencia de Trump, se ha retirado de 66 organizaciones internacionales, lanzado una guerra arancelaria global y recurrido a la fuerza en intervenciones como las de Irán (2025) y Venezuela (2026). Sin embargo, hay una línea roja que no cruza: la hegemonía del dólar, blindada por las instituciones de Bretton Woods. Trump ha advertido a los países del BRICS que cualquier intento serio de desdolarización se encontrará con un arancel del 100%. En lenguaje gramsciano, estas acciones son «síntomas mórbidos» de una potencia en decline: el uso brusco de la fuerza delata la incapacidad de persuadir.
En este escenario, las estrategias de autonomía ganan terreno. Carney propone alianzas «tema por tema, con socios que compartan suficiente terreno común», una lógica que recuerda al viejo No Alineamiento pero actualizada. Los científicos políticos latinoamericanos hablan de «no alineamiento activo»: no rechazar a priori el acercamiento con Washington o Pekín, sino evaluar cada caso según el interés nacional. La política exterior de Brasil bajo Lula es un ejemplo: tras los aranceles del 50% de Trump, lanzó el «Plano Brasil Soberano», diversificando mercados hacia la UE, el mundo árabe y el Sur Global, reduciendo la dependencia tanto de EE.UU. como de China.
India, por su parte, inventó el concepto de «multi-alineación»: participa en el BRICS, en la OCS (con China) y en el Diálogo de Seguridad Quad (contra China, con EE.UU., Japón y Australia). Esta flexibilidad, antes vista como falta de coherencia, ahora se celebra como pragmatismo. De hecho, la Unión Europea —históricamente escéptica— ha acelerado acuerdos comerciales con Mercosur e India precisamente tras las amenazas de Trump a la OTAN y su expansión territorial. El mundo está aprendiendo la lección del Sur Global: en tiempos de turbulencia, la diversidad de alianzas es un activo, no una debilidad.
El BRICS, lejos de imitar la UE, ha forjado una identidad propia. Su flexibilidad es su fuerza: no impone modelos de gobernanza interna, sino principios generales como el rechazo a sanciones unilaterales. Esta informalidad, que los analistas occidentales solían criticar, le permite adaptarse. Se vio en la reacción al «Consejo de Paz» propuesto por Trump en Davos: ocho países árabes e islámicos (incluyendo tres nuevos miembros del BRICS) se sumaron, pero Brasil condicionó su adhesión a la inclusión de Palestina y a limitar el enfoque a Gaza. China evitó escalar para no dañar negociaciones comerciales, e India guardó silencio. Cada movida fue un cálculo pragmático, no una alineación ideológica.
predicting the future is reckless, pero las tendencias son claras. El orden que Carney llama «en su agonia» ya no satisface ni siquiera a sus creadores. Mientras el elite occidental añora un pasado ya inexistente, el Sur Global experimenta con arquitecturas alternativas. La próxima cumbre del BRICS en India tendrá como eje central «inversiones colectivas en resiliencia» —justo la fórmula de Carney— para navegar incertidumbres climáticas, sanitarias y geopolíticas. Quienes históricamente fueron tratados como objetos de intervención están hoy en la primera línea de rediseñar las reglas del juego. La moda ya no la dictan las capitales occidentales; la están cosiendo en Nueva Delhi, São Paulo, Johannesburgo y Yakarta.



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