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Los marginados exigen participación y visibilidad

En Afganistán, un país donde las autoridades talibanes prohíben a las mujeres estudiar, trabajar o expresarse libremente, un grupo de jóvenes ha organizado un club de lectura clandestino. Inspiradas por el diario de Ana Frank, registran sus vidas bajo una opresión que convierte la distopía en realidad cotidiana. Su historia, contada en el documental El club de lectura secreto de Kabul, llega ahora a la pantalla internacional, ofreciendo un testimony crudo sobre cómo el arte y la palabra se convierten en herramientas de supervivencia y afirmación personal.

El filme, codirigido por Shakiba Adil y Elina Hirvonen, sepresentará en la competición Nordic:DOX del Festival Internacional de Cine Documental de Copenhague (CPH:DOX), una de las citas más relevantes del género en Europa. La producción, gestionada por la compañía finlandesa Yellow Film & TV, ha sido rodada en condiciones de extremo riesgo, con medidas de seguridad estrictas para proteger a las participantes, cuyas identidades se preservan en el material audiovisual.

La pieza se erige como un documento excepcional que refleja cómo, incluso en los contextos más restrictivos, la necesidad de narrar la propia experiencia persiste. Para sus protagonistas, escribir no es solo un acto creativo, sino un acto político que desafía el silencio impuesto. El documental captura no solo los golpes y la violencia visible, sino también el daño profundo en la construcción de la identidad: una de las jóvenes confiesa haber llegado a negar su propia condición de mujer y a cuestionar su fe, secuelas psicológicas de una tiranía que busca borrar la autonomía individual.

Detrás de este proyecto está la figura de Shakiba Adil, una cineasta que conoce de primera mano el horror del régimen talibán. Criada durante el primer período de dominio integrista, logró convertirse en la primera mujer en aparecer en la televisión afgana tras la caída de los talibanes en 2001. Su activismo por los derechos femeninos la obligó a abandonar su país en dos ocasiones. “Cuando los talibanes tomaron Kabul en agosto de 2021, recibí mensajes desesperados de mis colegas, periodistas mujeres. Mi sobrina volvió del colegio llorando porque le dijeron que no podría volver. Sentí un frío en el cuerpo; reviví mi propia niñez bajo su yugo”, relata Adil. Su experiencia personal está entrelazada con la del colectivo de adolescentes que surgió tras recomendarles la lectura del Diario de Ana Frank, un texto que descubrió en Finlandia y que le hizo sentir que su dolor no era único.

La colaboración entre Adil y Hirvonen surgió en Helsinki, durante un taller financiado por el Ministerio de Asuntos Exteriores finlandés. Cuando la toma de poder talibán se hizo inminente, Hirvonen movilizócontacts políticos para lograr la evacuación de Adil, consciente de que su perfil público la convertía en objetivo. “Lo primero era garantizar su vida; después, proteger a las chicas que se atrevieron a grabar”, explica Hirvonen. La filmación implicó un protocolo severo: se utilizaron nombres ficticios, se evitó mostrar rostros en contextos de alto riesgo y se contó con asesores de seguridad locales.

El resultado es un(documental) que huye del sensacionalismo y se centra en la intimidad de las voces. Las jóvenes seleccionadas para aparecer fueron escogidas por su capacidad de reflexión y su deseo de hacer público su mundo interior. “Lo que me conmueve es la elegancia de su lenguaje y la valentía para mostrar su vulnerabilidad”, señala Hirvonen. “Quieren ser escuchadas y vistas como seres humanos, no como lo que el talibán intenta hacer de ellas: invisibles”.

En las imágenes, se observa cómo el arte se transforma en forma de resistencia cotidiana. Una de las protagonistas camina entre hombres con una determinación que contrasta con la pasividad impuesta; en otra escena, un talibán armado permanece cerca mientras ella graba. “Estas chicas son distintas a mi generación. Están educadas, conocen sus derechos y no tienen miedo a enfrentarse al opresor. Cada vez que cierran una de sus clases, ellas encuentran otra manera de seguir”, apunta Adil.

La hermandad entre ellas es otro pilar del relato. En un entorno que busca aislarlas, crean una red de apoyo emocional e intelectual. Su lucha, sostienen las directoras, trasciende lo local y debería motivar una respuesta internacional similar a la que se articuló contra el apartheid sudafricano. “Esperamos que el documental unifique a la comunidad global para exigir que se termine con esta tortura sistemática”, afirma Adil. “Los derechos humanos son universales, y lo que ocurre en Kabul no puede seguir siendo ignorado”.

El estreno de El club de lectura secreto de Kabul en un festival de la talla de CPH:DOX subraya la urgencia de su mensaje. Más allá de la sección de documentales, su temática conecta con debates centrales en la moda y la cultura contemporáneas: la expresión de la identidad bajo restricciones, el cuerpo como territorio de control y la creación como acto de rebeldía. En sociedades donde la vestimenta puede ser un símbolo de opresión o de libertad, estas afganas demuestran que incluso sin posibilidad de elegir su ropa, pueden reivindicar su humanidad a través de la palabra escrita.

El filme se presenta así como un espejo que obliga a preguntarse: ¿qué haríamos si nos prohibieran contar nuestra historia? La respuesta de estas jóvenes es clara: seguirían escribiendo, aunque tuvieran que hacerlo en secreto. Y ahora, gracias a este documental, sus diarios recorren el mundo, desafiando el intento de silenciarlas. En la moda, como en la literatura, lo que se viste —o se escribe— habla de quiénes somos. Ellas han decidido que, pese a todo, serán escuchadas.

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Escrito por Redacción - El Semanal

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