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Pixar da voz a los animales en nueva comedia de aventuras

Pixar regresa a la gran pantalla con una propuesta que, lejos de los experimentos fallidos de su último estreno, recupera la esencia de sus mejores obras. «Hoppers» no es solo una película de animación; es una fábula ecológica con un ritmo frenético, un humor inteligente y una reflexión sobre nuestro lugar en el mundo natural que cala hondo en un momento de crisis ambiental. Su premisa, aparentemente descabellada —una adolescente que se infiltra en una comunidad animal mediante un cuerpo robótico de castor—, se convierte en el vehículo perfecto para una aventura que divierte a los más jóvenes y no duda en lanzar pullas a la especulación urbanística y la политика cortoplacista.

La protagonista, Mabel Tanaka, es un torrente de energía. Huérfana de la influencia calmante de su abuela, su carácter战斗ivo la lleva a desafiar al alcalde populista de su pueblo, Jerry Generazzo, un personaje que, en su ambición por un proyecto vial, amenaza con destruir el último reducto de paz que le legó su familiar: un estanque en el bosque. Lo que descubre allí es una desbandada masiva de fauna. Su búsqueda de respuestas la lleva a un laboratorio universitario donde la Dra. Sam y su equipo trabajan en un proyecto de transferencia cerebral temporal y comunicación interespecies. La tecnología, presentada con un humor brillante que bordean lo absurdo —desde el reconocimiento facial en móviles hasta el descubrimiento animal de los emojis—, permite a Mabel convertirse en un castor robot llamado «Mabel-B» para vivir desde dentro la misteriosa retirada de las criaturas.

El genio del film reside en su ecosistema narrativo desbordante y perfectamente orquestado. Dentro del estanque, Mabel se adentra en una sociedad animal con jerarquías tan serias como ridículas: el feliz y algo iluso Rey Castor George, la huraña Rana Rey, la altiva Reina Pez, las tres temibles pero simples Serpientes-Reina y, en la cima de todo, la majestuosa e imperturbable Reina Insecto, con la voz de una Meryl Streep que imprime una autoridad glacial. La trama se enreda con una elección municipal, un desarrollo urbanístico destructivo y una conspiración ecológica, pero el ritmo no decae gracias a secuencias de acción trepidantes, como una persecución por carreteras de montaña con un tiburón volador llamado Diane —otra de las alucinaciones cómicas que encajan a la perfección en este universo—, o el clímax donde la naturaleza mismo parece cobrar venganza.

El guion de Jesse Andrews (colaborador en Luca) y el director Daniel Chong, creador de We Bare Bears, logra un equilibrio casi milagroso. Sobre el papel, la acumulación de subtramas —el ayuntamiento, el consejo real animal, la tecnología, la crisis hormonal de un grillo aspirante a mariposa— podría ser caótica. En la práctica, la película zigzaguea con una libertad y confianza que resultan refrescantes, como si rechazara el exceso de pulido en las mesas de reuniones de estudio. Esa lógica narrativa casi anárquica es, en realidad, su mayor virtud.

Desde la perspectiva del diseño, «Hoppers» es un festín visual. La paleta de verdes exuberantes del bosque contrasta con los tonos más artificiales del laboratorio y el pueblo. El diseño de los personajes animales es delicioso, dotado de una fisicalidad expresiva y llena de detalles que generan risa constante. El reparto de voces, compuesto casi íntegramente por cómicos estadounidenses, es un acierto absoluto. Bobby Moynihan dota al Rey George de una jovialidad achicorrada, Eduardo Franco es Loaf, el castor despistado, y Jon Hamm se entrega a lactoria del alcalde zalamero. La elección de Meryl Streep para la Reina Insecto es un golpe de efecto magistral.

Más allá de la aventura y la comedia, el film anida un mensaje claro y necesario: la interdependencia de todos los seres vivos y la responsabilidad de proteger lo vulnerable, incluso cuando eso signifique defender a un adversario político. La lección que la abuela de Mabel le inculca —»Es difícil estar enfadado cuando te sientes parte de algo grande»— resuena como una llamada a la humildad y a la acción comunitaria.

Para el espectador español, la película conecta con preocupaciones locales muy arraigadas: la lucha contra la especulación inmobiliaria en entornos naturales, la pérdida de biodiversidad y el escepticismo hacia promesas políticas que anteponen el progreso económico al patrimonio ecológico. «Hoppers» no da lecciones con un tono pedagógico, sino a través de una comedia disparatada que, en su caos controlado, deja una huella más duradera que muchos documentales.

En un panorama cinematográfico a veces falto de coraje, Pixar ofrece con «Hoppers» una película que arriesga en su concepto y acumula en su ejecución. Es una apuesta por la imaginación desbordada al servicio de una causa urgente. Una película para niños que les hablará de política y ecología sin bajar la mirada, y para adultos que quizá necesiten recordar que, a veces, hay que meterse en la piel de otro —literal o figuradamente— para entender lo que está en juego. El estanque, al final, es de todos.

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Escrito por Redacción - El Semanal

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