V&A London muestra la fusión de moda y arte en Schiaparelli

La relación entre la moda y el arte siempre ha sido un campo de tensión creativa: mientras el arte busca la trascendencia intelectual, la moda se enfrenta a las urgencias del mercado y las temporadas. Sin embargo, hubo una diseñadora que logró fundir ambos mundos en un diálogo productivo y revolucionario. ElVictoria & Albert Museum de Londres dedica desde hace unos días la exposición «Schiaparelli: la moda se convierte en arte», un recorrido por la figura de Elsa Schiaparelli y aquel momento histórico en el que la vanguardia surrealista se infiltró en los confines de la alta costura.

La muestra, que estará abierta hasta noviembre, no solo es la primera dedicada a la casa en el Reino Unido, sino también un estudio riguroso sobre cómo una creadora italiana, con un capital aristocrático y una curiosidad insaciable, desafió los códigos de su tiempo. Schiaparelli no se limitó a «decorar» prendas con imágenes surrealistas; su salón de costura en el París de entreguerras se convirtió en un verdadero laboratorio cerebral donde artistas como Salvador Dalí, Alberto Giacometti o Jean Cocteau aportaban ideas que ella traducía en volúmenes y tejidos.

La comisaria jefe de moda del V&A, Sonnet Stanfill, lleva dos años y medio trabajando en este proyecto y sus hallazgos son reveladores. «Las nuevas investigaciones demuestran que Schiaparelli no era una mera apropiadora de iconos surrealistas», explica. «Ella estaba inmersa en ese círculo. Los artistas consideraban su taller como el corazón palpitante del movimiento, un flujo constante de las mentes más brillantes de los años treinta». La evidencia más poderosa de esta simbiosis reside en piezas como el vestido esqueleto de 1938, confeccionado en seda negra y bordado con una falsa caja torácica en la parte delantera y trasera. Junto a la prenda, el museo exhibe los bocetos de Dalí donde se ven esqueletos femeninos en poses elegantes y una nota suya celebrando la idea de «poner los huesos por fuera». «Esto», señala Stanfill, «es como asomarse a una conversación en curso entre la diseñadora y el artista, un intercambio constante de ideas».

El influjo bidireccional se materializa también en el famoso vestido Langosta, co-creado con Dalí. La silueta era de Schiaparelli y la pintura, del maestro catalán. Tan fructífera fue la colaboración que, según la comisaria, Dalí concibió su icónico teléfono langosta un año después inspirado por este trabajo. Ambas piezas, la prenda y el objeto, se exhiben ahora una frente a la otra.

La magnitud de la exposición —más de 400 objetos en la Galería Sainsbury— abarca desde ensembles de alta costura hasta obras de Picasso, Man Ray o Eileen Agar, pasando por joyería, muebles, perfumes y archivo documental. Lo que más impacta al visitante es la vigencia de las propuestas de Schiaparelli. Sus creaciones, lejos de parecer piezas de museo, conservan una modernidad desconcertante. Ella experimentó con textiles alternativos como el celofán o el vidrio tejido, impermeabilizó sus trajes de tweed y diseñó ropa deportiva y de playa con una anticipación asombrosa, incluyendo copas de sujetador en los bañadores.

Su genio también residía en la transformación de elementos convencionales en declaraciones de intención. Los botones, por ejemplo, dejaron de ser meros cierres para convertirse en esculturas miniatura: acróbatas voladores para una chaqueta bordada o figuras doradas firmadas por Giacometti para un abrigo. Un pañuelo al inicio del recorrido sintetiza su maestría para el autobombo: un collage de titulares de prensa que la citan, una estrategia de branding visual décadas antes de que el concepto de «imagen personal» se volviera viral.

El actual director creativo de la maison, Daniel Roseberry, subraya este carácter visionario. «Su trabajo no trataba tanto de reinventar la silueta como de crear imágenes», afirma. «Hay algo muy pre-redes sociales, muy pre-digital en su obra. Era puro reclamo de atención en una época de ropa sosegada». Roseberry señala una sala repleta de chaquetas estructuradas y festoneadas, cada una en su vitrina como una joya. «Estas chaquetas estaban pensadas para ser vistas en una cena, el bordado justo a la altura de la cintura. Eran un canto de sirena en el restaurante que te hacía girar la cabeza hacia quien las llevaba».

La narrativa popular suele enfrentar a Schiaparelli con Coco Chanel, otra revolucionaria. Stanfill desmonta el mito de la rivalidad: «Si pones un Chanel de los años 30 al lado de un Schiaparelli típico, no los confundirías. Tuvieron estéticas y clientelas distintas, no competían directamente. Ambas empezaron con proyectos pequeños —ella con suéteres de trampantojo, Chanel con sombreros— y supieron crear prendas cómodas, usables y elegantes».

El rigor de la diseñadora trascendía lo profesional. Su nieta, la actriz Marisa Berenson, recuerda su elegancia extrema hasta para estar sola en casa: «Incluso si cenaba sola en el sofá, frente al televisor, se ponía un kimono antiguo traído de China, se recogía el pelo y se cubría de collares increíbles. Era profundamente clásica en el día a día, pero convertía cada instante en un rito estético». Berenson añade que su abuela desaprobaba su estilo bohemio de los setenta: «Lo consideraba escandaloso. Era severa y refinada hasta la médula».

El mensaje final de la exposición, según Delphine Bellini, CEO de la maison hoy propiedad de Diego Della Valle, es de continuidad, no de nostalgia. «Revivir a Schiaparelli no significa reconstruir el pasado, sino probar que su visión radical sigue perteneciendo al presente. Nosotros no preservamos un legado, lo activamos como una fuerza cultural que desafía e inspira nuestro tiempo», afirma.

La llama de esa actitud transgresora sigue encendida. Esta misma semana, los escaparates de Harrods en Londres se transformarán en instalaciones inspiradas en el emblemático ojo de cerradura de Schiaparelli, como «portales de descubrimiento» que mostrarán imágenes del nuevo libro «Anglomaniac» (editado por Thierry‑Maxime Loriot), que explora la influencia de la casa en artistas británicos contemporáneos.

La exposición del V&A logra así algo complejo: no solo rinde homenaje a una figura capital de la moda del siglo XX, sino que reinstala el debate sobre la moda como arte aplicado, como pensamiento hecho tela, y recuerda que las ideas más transgresoras a veces se cosen con aguja y dedal.

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Escrito por Redacción - El Semanal

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