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Vampire Camp: Isabelle Huppert se sumerge en el lado oscuro de los vampiros

La icónica actriz Isabelle Huppert vuelve a la gran pantalla inmersa en una estética que trasciende lo puramente cinematográfico para instalarse en el territorio de lo radiográfico. La película La Condesa Sangrienta (Die Blutgräfin), dirigida por la cineasta Ulrike Ottinger, no solo propone un relato vampiresco contaminado de humor negro y surrealismo, sino que se erige como un manifiesto visual donde el vestuario se convierte en narrador principal. Cada aparición de Huppert como la Condesa Elizabeth es una composición pictórica en movimiento, un estudio sobre el poder a través del lujo decadente y la simbología sangrienta.

El diseño de vestuario, obra del creador Jorge Jara Guarda, establece un diálogo constante entre el horror gótico y el barroco más excesivo. La paleta cromática se reduce casi a un monotema obsesivo: el rojo carmesí, desde los terciopelos de sus mangos hasta el satén de sus guantes, pasando por la composicióncapilar que juega con tonos cobrizos para evocar el color de la sangre seca. Esta monocromía no busca el realismo histórico, sino la construcción de un arquetipo; la condesa no viste para pasar desapercibida, sino para imponer su presencia con una iconografía que mezcla la nobleza aristocrática con la ferocidad predadora.

La primera secuencia ya anuncia esta filosofía. Huppert emerge de las aguas subterráneas de Viena sobre una barcaza forrada de terciopelo bermellón, erguida como una efigie. Su atuendo, un vestido de corte Imperio con una capa de vuelo dramático, no es solo un conjunto, sino una declaración de intenciones: el lujo como arma y la piel alabastrina como lienzo sobre el que destaca el rojo, color de la seducción y de la herida. Los materiales son ricos, táctiles, casi comestibles en su visual: terciopelos, brocados, gasas pesadas y joyería statement que acentúa sus gestos. Cada collar, cada anillo, parece una herramienta de su carisma glacial.

Esta concepción del vestuario como armadura emocional se extiende a su cohorte de personajes. Hermione, su devota servidora interpretada por Birgit Minichmayr, rivaliza en teatralidad con un look que remite a las heroínas del cine mudo alemán, con su black bob y su vestimenta oscura de corte casi monástico, pero de cortes severos y sensuales a la vez. Es el contrapunto: la oscuridad como uniforme de la lealtad, frente al rojo regio de su ama. El resto del elenco —dandis, vampirologos, policías— se mueve en un registro de caricatura estilizada donde los nombres (Baron Rudi Bubi, Theobastus Bombastus) se corresponden con un exceso en los atuendos, un pastiche de épocas que refuerza el tono de farsa grotesca.

La película utiliza locations vienesas —desde el cementerio de San Carlos hasta la Noria del Prater— como escaparates para estos diseños. En el baile de vampiros, la Condesa es «una mujer ajena a la virtud», y su vestido de fiesta, de nuevo en rojo intenso y con un escultural corte, se convierte en el centro de un tableau vivant que incluye un cuarteto de cuerdas, un bufet de cadáveres y un ritual de afeitado y degollación. Aquí, la moda no adorna, instruye: establece la jerarquía, el ritual y la identidad del grupo. El diseño de Guarda no se limita a vestir, sino a escenificar.

Sin embargo, este despliegue estilístico convive con una trama deliberadamente caótica y una narrativa fragmentada. Ottinger, conocida por su cine queer y experimental, prioriza la sucesión de imágenes poderosas —la condesa en una biblioteca, frente a un café mortuorio, en un cabaret— sobre una lógica narrativa clara. Esto convierte a los trajes en los únicos hilos conductores consistentes. Son el ancla para un espectador que podría perderse en la Mare Magnum de referencias báthorianas, guiones escritos junto a la premio Nobel Elfriede Jelinek, y cameos como el de Conchita Wurst.

El resultado es una película que funciona más como un desfile de alta costura de horror que como un relato coherente. La trayectoria de Huppert, de la frialdad distante de La Ceremonia a esta autoparodia glamorosa, encuentra en el vestido su mejor aliado. La actriz parece disfrutar de cada pliegue, de cada gesto contemplativo que hace relucir los bordados. Es la encarnación de un personaje que, según la leyenda, se bañaba en sangre para conservar su juventud; aquí, su juventud no está en la piel, sino en la11 magnificencia de su vestuario, intocado por el tiempo y la trama.

Para el lector interesado en moda, La Condesa Sangrienta propone una reflexión sobre la construcción de la identidad a través de la ropa. ¿Es Elizabeth Báthory una asesina en serie histórica o simplemente un ícono de estilo? Ottinger y Guarda optan por lo segundo, presentando a la villana como una modelo viviente de una estética radical: el gótico barroco, donde el lujo es tan opresivo como la sangre. Cada表层 de seda, cada filo de encaje, cuenta una historia de poder, vanidad y decadencia. Quizás, en el siglo XXI, la verdadera inmortalidad no esté en el baño de sangre, sino en la capacidad de un look para trascender la película que lo contiene.

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Escrito por Redacción - El Semanal

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