La decisión de Paramount Pictures de desestimar la propuesta del guionista Max Landis para reiniciar la franquicia cinematográfica de G.I. Joe ha reabierto el debate sobre cómo la industria del entretenimiento gestiona el legado de figuras envueltas en controversias, un factor que hoy impacta directamente en las estrategias de licencia y en las colaboraciones entre el cine y el mundo de la moda. El estudio, según fuentes cercanas a la producción, ha optado por no avanzar con el tratamiento presentado por Landis, quien fue reclutado inicialmente para revitalizar una de las propiedades intelectuales más longevas de Hasbro.
Este movimiento estratégico de Paramount, que ya ha mantenido conversaciones con otros guionistas como Danny McBride —actor de The Righteous Gemstones— para desarrollar una versión alternativa, subraya la cautela actual de los grandes estudios. La saga G.I. Joe, con dos películas estrenadas en la última década, siempre ha tenido una fuerte vinculación con el mercado de la moda urbana y el coleccionismo, a través de líneas de ropa y accesorios licenciados que recrean el estilo militar y de acción de los personajes. Cualquier nuevo proyecto cinematográfico trae consigo, necesariamente, un ambicioso plan de merchandising y colaboraciones con marcas de moda, desde etiquetas de lujo hasta etiquetas de retail masivo.
El nombre de Max Landis, hijo del célebre director John Landis, lleva asociado desde 2019 un profundocreditario tras las múltiples acusaciones de conducta sexual inapropiada y abuso emocional que salieron a la luz durante el apogeo del movimiento #MeToo. Aunque nunca fue imputado penalmente, el okresor público en su contra fue tan severo que agencias de representación como CAA y productoras asociadas rompieron relaciones de forma inmediata. El propio Landis admitió en un video subido a YouTube hace tres años errores graves en sus relaciones personales, definiéndose como una «pareja tóxica», una autocrítica que no logró revertir el daño a su reputación.
Para la industria de la moda, este caso es una manifestación más de un cambio de era. Las casas de diseño y las marcas de calzado o accesorios que tradicionalmente han explotado licencias de superhéroes y figuras de acción evalúan ahora con lupa el historial de los creativos y directores vinculados a estas franquicias. Un proyecto cinematográfico con implicaciones éticas dudosas puede convertirse en un activo tóxico, arriesgando contratos millonarios de mercadotecnia y provocando rechazo en un consumidor cada vez más sensibilizado con la responsabilidad social corporativa. La moda, como industria cultural de masas, ya no es ajena a las consecuencias reputacionales de Hollywood.
Mientras Paramount explora nuevas vías narrativas con otros escritores, el futuro de G.I. Joe en la gran pantalla —y por extensión, en las perchas de las tiendas— permanece en el aire. Lo que sí parece claro es que el criterio creativo ya no se mide solo por el potencial de taquilla, sino por una ecuación más compleja que incluye la percepción pública y la alineación con valores de marca. Para el aficionado a la moda y el coleccionista, este entramado significa que las posibilidades de ver nuevas colecciones inspiradas en los personajes de Joe dependerán, en buena medida, de cómo el estudio logre desvincular la propiedad de su pasado más problemático y construir una propuesta fresca y, sobre todo, indiscutible en su integridad. La película, en este sentido, ya empezó a escribirse mucho antes del primer rodaje: en las salas de juntas donde se definen alianzas y se miden riesgos.
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