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Baylen Dupree habla en defensa del episodio Tourette en los BAFTA

La polémica generada tras la gala de los premios BAFTA 2026 ha encontrado una voz autorizada en Baylen Dupree, joven activista y personalidad televisiva que, desde su experiencia con el síndrome de Tourette, ha salido en defensa de John Davidson, el veterano defensor de la condición que, de forma involuntaria, profirió un insulto racial durante la ceremonia. El episodio, que interrumpió la presentación de Michael B. Jordan y Delroy Lindo, ha reabierto el debate sobre la percepción de los trastornos neurológicos en los grandes eventos de entretenimiento y la responsabilidad de los medios al manejar estas situaciones.

Dupree, de 23 años, se ha consolidado como una de las figuras más visibles en la lucha por la normalización del Tourette en el ámbito hispanoanglófono. Su reality show en TLC, Baylen Out Loud, y su millonaria comunidad en TikTok la han convertido en un referente para miles de personas que conviven con tics vocales y motores. Diagnosticada en 2020, su contenido audioconográfico no solo muestra la crudeza diaria de la condición –desde la dificultad para realizar tareas cotidianas hasta la ansiedad por perder el control de la voz–, sino que también impulsa un mensaje de autenticidad y resiliencia que trasciende las redes sociales.

El incidente en los BAFTA ocurrió cuando Davidson, sentado entre el público, emitió un sonido inapropiado justo en el momento cumbre de la entrega. Aunque el presentador Alan Cumming ya había advertido previamente sobre la posibilidad de tics involuntarios, la emisión en directo captó el momento, forzando a la BBC a emitir una disculpa pública por no haber filtrado el lenguaje ofensivo en la grabación posterior. La reacción en redes fue inmediata y polarizada, con muchos exigiendo consecuencias para Davidson, mientras otros defendían la naturaleza no intencional de su acto.

Es en este contexto que Dupree ha intervenido con una declaración pública que busca matizar el debate. En sus redes, la joven subrayó que «los tics no son pensamientos intencionales», sino impulsos neurológicos que escapan al control voluntario, comparándolos con un estornudo. Reconoció el dolor histórico que la palabra utilizada conlleva, pero distinguió claramente entre la intención dañina y el origins neurológico de un tic. «No se trata de justificar el daño, sino de comprender su origen», afirmó, instando a la sociedad a no caer en la «cultura de la cancelación» inmediata sin antes considerar el contexto de la discapacidad.

Su postura aboga por un equilibrio delicado: compasión fundamentada en la educación, sin eximir de la responsabilidad social. Para Dupree, la clave radica en que la sociedad aprenda a diferenciar entre el odio deliberado y los síntomas de una condición médica, un conocimiento que puede mitigar el estigma y fomentar entornos más inclusivos. Esta perspectiva, moldeada por su propia vivencia –describe la vergüenza profunda de pronunciar palabras que no reflejan sus creencias–, ofrece un marco para abordar conflictos similares en el futuro, especialmente en espacios donde la imagen pública y la expresión verbal están sujetas a un escrutinio constante.

En el ámbito de la moda y el entretenimiento, donde la presencia en alfombras rojas y eventos mediáticos define carreras, la gestión de condiciones como el Tourette plantea retos únicos. La creciente visibilidad de figuras como Dupree está impulsando conversaciones sobre cómo las industrias creativas pueden adaptarse para ser verdaderamente inclusivas, desde el diseño de vestimenta que facilite la movilidad hasta la representación responsable en campañas publicitarias. Su defensa de Davidson no es solo un acto de solidaridad entre pares, sino también una llamada de atención para que el sector del espectáculo –incluida la moda– adopte protocolos que contemplen la neurodiversidad.

Para el espectador general, el mensaje de Dupree trasciende el incidente concreto: sugiere que, ante comportamientos que parecen ofensivos, es vital indagar en el contexto antes de juzgar. Esto implica educarse sobre trastornos como el Tourette, que afectan al 1% de la población mundial, y reconocer que la neurodiversidad existe en todos los ámbitos, incluidos los de alta visibilidad. En la práctica, esto puede traducirse en mayor paciencia en interacciones sociales, eliminar bromas basadas en tics y apoyar iniciativas que normalicen las diferencias neurológicas en espacios públicos.

El caso BAFTA 2026, por tanto, se convierte en un punto de inflexión para reflexionar sobre cómo equilibramos la sensibilidad ante el lenguaje ofensivo con la comprensión de condiciones médicas invisibles. La intervención de Baylen Dupree, lejos de blanquear el incidente, ofrece una hoja de ruta basada en la empatía informada. Mientras la industria del entretenimiento y la moda siguen evolucionando hacia una mayor representación, testimonios como el suyo recuerdan que la inclusión real requiere tanto educación como voluntad para mirar más allá del acto puntual y entender la historia neurológica que lo precede.

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Escrito por Redacción - El Semanal

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